Los billis de Unicentro, la pandilla más legendaria de Bogotá

Esta publicación fue escrita en su totalidad por Felipe Mercado, quién vivió en la época y además muy de cerca, las experiencias de esta generación de jóvenes capitalinos que marcó la historia de la ciudad. Fue sacada de la página de David González (medium.com), quien a su vez la extrajo de la página de Facebook: Historias de los 80s, que ya no existe, vaya usted a saber por qué.

Acá está:


Pues sí. Pincho fue fundador con su hermano Esteban Araque de la pandilla que fue reconocida como los billis de Unicentro. La que se la pasaba unida en la discoteca Unicornio los jueves, viernes y sábados, y el resto de la semana en la entrada seis de Unicentro. Luis Gonzalo Araque Ocampo, alias Pincho, es el pandillero que yo conozco que a más ataques y atentados ha sobrevivido. Vivió en estrato seis con sus papás en la calle ochenta y dos con carrera séptima, en un piso de lujo, pero hoy reside en una fría e inhóspita celda de la cárcel Picota, en un estrato por ahí menos tres.

Foto de Esteban Araque, hermano de Pincho, el creador de Los Billis de Unicentro

Me contó desde que era un inocente niño en Manizales, hasta cuando llegó a vivir al norte de Bogotá; primero en El Chicó, uno de los barrios más lujosos de la ciudad, y luego, cuando ya sus exitosos padres no estaban tan bien económicamente, en El Contador, un barrio de un estrato inferior al Chico, pero con unas casas enormes e igual de preciosas que más de una de las de los barrios estrato seis, siete, ocho. Solo que eran un poco menos costosas por ser más al norte. Mucho narco hizo su tremendo palacio en El Contador.

Fue en ese barrio en el que Pincho y su hermano Esteban, que en paz descanse, se convirtieron en poco menos de dos años en los líderes indiscutibles de la pandilla de niños “bien”, que era como nos referíamos a la gente del norte que veíamos así por encimita que nos daba la impresión de que pertenecía a la que creíamos que era nuestra misma clase; la mejor, pues. Pero, mentiras, los ricos eran los ricos y los de clase media éramos nosotros.

La banda de Luis Gonzalo y Esteban se hizo enorme desde el principio y comenzó a operar sus ardides y maldades en la salida o entrada seis de Unicentro, casi desde principios hasta finales de los años ochenta del siglo pasado. Duró diez años exactamente la época más loca de la historia de la rumba en Bogotá. Casi diez años en los que abusamos de todo, toda una generación. No fue exactamente el mismo tiempo que duró la pandilla de intrépidos rapacines, hijos de papi, parchados en Unicentro. Pero fue casi el mismo. Todo lo que querían era la unión de las pandillas del norte, para enfrentar a los ñeros del resto de la ciudad.

Pero no. Esa fue la pandilla a la que despectivamente y con desprecio se referían en todo el norte, el oriente, el sur y el occidente y, mejor dicho en toda la ciudad, como los billis de Unicentro.

Ahora voy a narrar de nuevo la historia, porque la que Pincho me ayudó a escribir hace veinte años para mi tesis de grado se la robaron del archivo de la Fundación Universidad Central. Hoy creo que eso estuvo bien. Era una historia sobre muertos, robos y delitos que se terminaron robando. Lo que por agua vino, por agua se fue. Estaba contada de manera impersonal. Egoísta. Eran los testimonios algo inconexos de mis amigos en torno a lo que pasó con esa generación y la manera como el combo se diluyó con el asesinato de Esteban. No más.

Estimado grupo

Permítanme escribir lo siguiente, por favor, antes de que inicien la lectura de las dos entregas que hoy traigo para ustedes, de la novela Cuando mataron a Esteban.

En la madrugada del siete de Abril de 1990, Esteban Araque Ocampo fue acribillado en la zona rosa de Bogotá. Recibió cuatro impactos de bala calibre nueve milímetros, escupidas por la Mini Ingram de un man ahí todo misterioso que en realidad nadie del combo de Unicentro conocía. A pesar de que la escena del crimen está a menos de cincuenta metros de la Clínica del Country, no pudieron salvarle la vida.

Esteban se encontraba junto a su hermano Luis Gonzalo, a quien el mismo criminal también descargó otra ráfaga, una de cuyas balas le rozó la garganta y lo sacó de este mundo por un par de días. Iban cruzando el separador de la mitad de la calle ochenta y cinco, a unos metros de la carrera quince. Venían de los teléfonos de cabinas naranjadas que existieron por muchos años frente a la licorera de la esquina noroccidental del cruce. Trataban infructuosamente de comunicarle a la familia de Álvaro Gerlein, que a Álvaro lo habían declarado muerto en la clínica. Había sido asesinado el mismo criminal, hacía menos de treinta minutos.

El 29 de ese mismo mes, Esteban cumpliría veintiún años. Le faltaban apenas unos cuantos días para cumplirlos.

Narrar los hechos que algunos recuerdan acerca de estas muertes, así como lo que se logró saber en torno a la del negro Tadeo, quien también fue asesinado a bala en hechos confusos, y la de Ricardo, El Pirata, quien fue apuñalado en la zona de El Cartucho recién salido de un período de rehabilitación, constituyen el objetivo central de la novela que pongo a consideración de ustedes. Como está narrada por una persona, se trata de ofrecer una perspectiva subjetiva y singular de la época. La mía. Lo que yo viví.

Al reconstruir los hechos, no puedo despojar mi literatura de mi propia experiencia. A pesar de que yo no fui tan cercano al combo de Unicentro, nos conocíamos. Bueno… a ellos los conocía todo el mundo por muchos motivos. Yo llegué a vivir de cerca algunas experiencias de esa generación, pero a los dieciocho años, nació mi hijo Andrés Felipe y mi visión del mundo cambió. Estudié varios semestres de lingüística y literatura en la Universidad Distrital y luego cursé periodismo en la Central, sin dejar de vivir muy de cerca los estragos de la rumba, que fue lo que más terminó uniéndonos. No viví como si fueran míos aquellos crímenes, a decir verdad. No fueron tan intensos y cercanos a mí como para conocer al dedillo la historia en ese entonces, pero todos nos vimos de alguna manera, afectados por esos asesinatos, y yo me di a la tarea de indagar en torno a las historias de quienes sobrevivieron a esa generación, con el fin de sustentar una tesis de grado de periodista.

Esteban, Luisgo, Tadeo me conocían porque vivíamos en barrios aledaños y así como jugábamos fútbol frente a la casa de los Araque y fumábamos enormes baretos en jauría en el parque que queda justo al lado, en la carrera dieciocho con calle ciento treinta y nueve, también nos veíamos de vez en cuando en la salida seis de Unicentro o en la ciclo vía montados en nuestras chichis, o en la pista de cross de ciclopedia. Sobre todo en el parque de la ciento cuatro. Sobra decir que con quince, porque la quince de la cien a la ciento veintisiete fue la primera ciclovía de Colombia, si es que no de todo el mundo. Donde estaban ellos, muchas veces podía uno encontrarse a todo el resto de la gallada. A Pirata sí lo conocí desde que era un niñito, porque era el hermano menor de Amanda, la mejor amiga de mi hermana.

Luego del asesinato de Esteban, Luisgo y yo entablamos una amistad que con el tiempo se solidificó. Me ha confesado en varias oportunidades los eventos más significativos de su vida, y valiéndome de su memoria y de la mía, y de la de algunos otros amigos y amigas, como Jimena, Angelita, Toya, el negro Muñoz, el Ganso, Lucas, Josemaría, Hugo, y muchos otros más que me han compartido sus percepciones de aquellos años lejanos, trataré de reconstruir lo que casi todos vivimos y sentimos cuando pasamos por aquella década, exprimiendo nuestras vidas.


Entre dos combos

Mi familia y yo nos pasamos a vivir a una casita en Cedritos desde mil novecientos setenta y ocho, más específicamente a Capri, un pequeño barrio de no más de treinta manzanas al final de Cedritos. Para llegar a nuestra casita, era inevitable el barrizal tan desgraciado que tocaba atravesar desde la ciento cuarenta hasta la ciento cuarenta y nueve, por la que parecía la entrada a una vereda, llena de potreros, con vacas, cerdos y gallinas, en mitad del campo. Una trocha de miedo y sin luz de noche. Mis amigos me preguntaban aturdidos que si estaban llegando a Chía, a Tunja o a Zipaquirá cuando iban por primera vez a casa. Cedritos era una especie de hacienda enlagunada.

Mi padre, que en paz descanse, en una demostración de ese amor inconmensurable que tenía por nuestra querida madre y por nosotros, se endeudó con el upac por esa casa, que para entonces costaba un millón y medio de pesos. Con los años terminaron pagando con mi viejita como diez casas, por culpa de la ralea de hampones que han sido por siglos los dueños de este país.

Veníamos del barrio Restrepo, al otro extremo de la ciudad, en el sur, donde las costumbres son muy otras. En el norte de la ciudad la gente hasta hablaba diferente. Se decía que los estúpidos hijos de papi hablaban como si tuvieran una papa en la boca. Lo curioso es que todos queríamos ser hijos de papi. O al menos aparentábamos serlo. Hasta yo me contagié del virus y terminé soñando con ser otro hijo de papi. De mi papi, porque a mi papá de niño siempre le dije papi. Pero eso de hablar como si tuviera una papa metida en la boca, lo hice alguna vez solo para satirizar el esnobismo y el arribismo de la gente de nuestra clase social, de nuestro estrato.

Resulta que en Cedritos, que es un estrato inferior al barrio El Contador, aunque apenas los divide la calle ciento cuarenta, vivían muchos de los seguidores de los billis de Unicentro. No eran del parche precisamente, eso sí, pero soñaban con llegar a serlo. Porque aunque no todos eran hijos de papi entre los del combo de Unicentro, Jimena, Ángela, Esteban y Pincho sí lo fueron de sardinos, por lo menos al principio de la rumba en los ochenta, cuando todo comenzó, y no tenían por qué aparentar serlo como nosotros.

Yo crecí en un barrio donde admirábamos las locuras que hacían los billis de Unicentro. No todos quisimos ser parte de los vándalos del combo, por los riesgos a los que a veces se enfrentaban, pero sí hubiéramos querido vivir lo que ellos vivieron en su grupo cerrado. Mucha camaradería. Todos los días andaban juntos para arriba y para abajo. Siempre tenían marihuana y algo bacano que hacer. Estábamos cerca de la onda, pero no en el círculo íntimo. Ellos también eran reacios a recibir en el seno del parche a otros, a menos que tuvieran recursos no solo monetarios, sino influencias, conexiones, ganas de hacer bísnes y montar videos raros.

Éramos amigos aunque no compinches. Jugábamos banquitas. En nuestro equipo jugaban Jimmy Page, Caña, Charly, Lucho, Pastel, Waldo, Gordo, hasta Pato y Hugo En el de ellos, los del parche que en ese momento estuvieran ahí, porque siempre había parche en la casa de Pincho. Siempre. Y salía un buen equipo de la nada. Juano, Lucas, Pincho… no me cauerdo si Minibilli jugaba. Pero Pincho alineaba, dirigía, capitaneaba y hacía las veces de árbitro. Severa tiranía.

Los partidos se armaban frente a la casa de Esteban, en la calle, y siempre tenían muy buenos balones, así como tenis de las mejores marcas, nike, fila, puma, convers, adidas, reebok. Daban pata, no les gustaba perder nunca y cuando iban perdiendo por goleada, se ponían todos rabones, botaban el balón, decían groserías y entraban duro.

Nuestro equipo era más bien de corte jipi, revolucionario, de izquierda. No vamos a decir que éramos el equipo donde alineaban los mamertos marxistas leninistas del pensamiento Mao Tse Tung. Pues no. Pero era el equipo de los jipis, a pesar de que todos teníamos el pelo largo, como ellos, como los billis. Buscarnos pelea no era fácil. Preferíamos reírnos del juego.

Es sencillamente un juego. Nos enseñaron a tocarla, a hacer taquitos, a cabecear, a hacer chilenas, bicicletas, escorpiones, chalacas y hasta tunelitos, pero no nos educaron que el fútbol es un juego y nadie tiene por qué morir que tenga que ver con el resultado de un partido. Cada vez más hinchas mueren por la intolerancia que desarrollamos a la derrota. No estamos entrenados para aceptar una derrota. Aún no hemos sido capaces de captar la sabiduría infinita que nos legó el destacado filósofo del fútbol colombiano, el director técnico Francisco Maturana, cuando sentenció: perder es ganar un poco.

Digamos que yo era parte del grupo de ese barrio de estrato superior, sin estar comprometido con ellos de manera alguna. Toqué la guitarra en varias fogatas e hice una canción cuando mataron a Esteban, en homenaje a los amigos que estaban desapareciendo. Al parecer, para algunos de ellos, sobre todo para Pincho, eso bastó para tenerme en consideración. Nadie le había hecho una canción en homenaje a su hermano ni a los demás que habían desaparecido y seguían desapareciendo.

De todos modos, ninguno de mis comportamientos diferentes a cantar, pudo haberles hecho creer que de pronto yo, por decir un ejemplo, podría en determinada circunstancia poner el culo o el pellejo por algún video de ellos o por alguna cagada que hicieran, o meterme a darme en la jeta si de pura casualidad estuviera cerca en una pelea y tuvieran cierta desventaja.

Pero en cambio yo sí guardaba la esperanza de que si tal vez yo me llegara a meter en algún pleito remoto, porque yo no peleo con nadie, en el que estuviera en problemas con alguna pandilla o un pandillero o cualquier otro marico por ahí, tendría el chance oportuno de que por el simple hecho de mencionar sus nombres, mis adversarios no me dieran pata por lo que les pudiera pasar después.

En mil novecientos ochenta y tres mis padres compraron una cigarrería en Las Villas, que es un barrio de militares pegado al Boulevard Niza. Allí ya había un combo pesadito desde antes de que construyeran el centro comercial. Y que yo sepa, nunca nadie de esa pandilla se entró a tomarse alguna entrada o salida del centro comercial, a robar o a retacar, que es lo mismo que pedir plata como pordiosero. Eran barrios muy tranquilos, de gentes de clase media, más bien acomodada. Las Villas era un barrio solo para militares. Ellos siempre se han llevado una gran tajada de la torta del presupuesto nacional. La guerra es una gallina de huevitos de oro que no se puede dejar morir. Hay que alimentarla a diario.

Las Villas es otro barrio de arribistas del norte, que se creen ricos. Es ordenado y unido, en razón de la milicia. Los cuchos creían que tenían todo bajo control, pero mentiras. Donde nos tocó irnos a vivir por la adquisición de la cigarrería, los jóvenes tenían el control de todo. La plata del narcotráfico se notaba mucho en los barrios de los militares. En los bolsillos de los hijos de los militares. Ni siquiera en los suyos propios.

En ese barrio yo me envicié al basuco de manera frenética, la droga de moda a principios de los ochenta. La olla de Hugo Salavanda quedaba a ocho cuadras de mi casa. Era muy fácil llegar. A pie, en bicicleta, en patineta, en carro, en taxi, hasta en buseta podía llegar a la mismísima puerta de Zalabanda, que quedaba en el barrio chino, o de estrato menor de esa zona, que es citigarden. A módicos mil doscientos pesos cada vicha, podía consumir una diaria, de la que salían por lo menos diez pistolos.

Lo primero que hacía en esos días era abrir la cigarrería de mis padres a las seis de la mañana y atender el boleo más importante del día. A las ocho y media, nueve, le entregaba el negocio a mi mamá o a mi abuelita. Tomaba media botella de brandy domecq del estante, un paquete de marlboro rojo y cogía de una para la olla.

Compraba una papeleta y me subía al monte de sotileza a soplar solo, alucinando asustado que la policía me perseguía, que ya me tenían, que iba directo para la cárcel, que me iban a pegar, que me mataron. Aterrorizado como un animalito extraviado en el universo. Y aún no sé por qué me atrae el miedo y la adrenalina que me produce esa porquería. Tuve tantos miedos en la infancia, había que enfrentar tantos retos y desafíos, que me familiaricé con el ritual del pánico.

De todas maneras fui aceptado cuando me presentaron ante el parche. Me pareció muy bacano, pero no comprendía por qué se querían dar con tantas ganas en la jeta contra los de Unicentro. Ni siquiera me atreví a preguntar. Menos a decir esta boca es mía cuando me enteré de que ese tropel ya lo tenían casado. Iba a ser una batalla campal en el parqueadero de Unicentro. Me hubieran reventado la jeta donde diga de dónde venía yo. Cómo iba a meterme en esa pelea ajena, si yo era parte de todas maneras de los dos bandos. De los dos combos. O por lo menos me sentía solidario con la gente donde crecí. Menos adinerados.

El parche de Las Villas era también grande, pero no pasaba de sesenta, setenta miembros. Los billis de Unicentro eran más o menos lo mismo, pero cuando se unían los pantalleros de río, con los de unicornio, con los de topsy, los de la fuente azul y los de cabaret, el combo podía llegar fácilmente a agrupar hasta trescientos miembros, e incluso un poco más, contando nenas, maricas y sardinos; porque sardinos era lo que había en esas vueltas.

Eso pasó, por ejemplo, una tarde en el parque de la quince con noventa y ocho, la vez que hubo una escaramuza por un desafío que le habían aceptado a unos manes más bien malandros de por allá del centro. Era una tarde normal de disco party, pero no había nadie en Río ni en Amnesia, las discotecas del sector. Esa tarde era la grabación de un capítulo de Baila de rumba en Río, que dirigía Alfonso Lizarazo y pasaban los jueves a las seis de la tarde por televisión.

Ese día se definirían los finalistas del concurso de baile y se premiarían a parejas y solistas. Nada más. Porque el concurso que reunía a los grupos de tres o más bailarines y que además aceptaba la incursión de otros géneros bailables que estaban surgiendo, como el break dance, había sido programado para el mes siguiente.

El programa era un hito de la televisión. Todos querían ganar para aparecer en la pantalla chica. Otra de esas obsesiones de las que todavía se alimentan las masas. Ser famosos así sea un cuarto de hora. O un minuto, que era el tiempo que les daban a los concursantes para que presentaran su número. Un reality de los de hoy, pero más soyado.

Lizarazo se preguntaba por qué no entraban todos los más de trescientos jóvenes que estaban parados allí frente a Río y Amnesia, en el parque. En el ambiente se respiraba un aire denso cargado de seguridad, pero de nerviosismo y expectativa a la vez. Lo que no vio don Alfonso, porque entró por el garaje al edificio, es que todos sus seguidores estaban armados con bates, cadenas y manoplas, esperando a los manes del centro que venían dizque a revirar por un par de hijueputas que la semana anterior a esa habían robado a toda una discoteca, unas sesenta personas, con dos navajas. Esas sí son güevas bien puestas.

Los manes del centro nunca llegaron. Pero la vacuna sí sirvió para que el combo se diera cuenta que podía convocar todo un batallón de más de trescientos vagos, dispuestos a hacerse matar por el honor de ser parte del parche más grande, fuerte y notorio de la ciudad. Los del sur y los del centro, por muy malandros y matones que fueran, no eran más ni mejores.

Otros eran los logros de la pandilla de vagos de Las Villas, Niza y Campania, quienes vivían prácticamente acuartelados en el parque privado del condominio de Campania. Un área de medio campo de fútbol, encerrado por enormes casas de tres pisos, hechas de ladrillos naranjados y entre altos árboles frondosos, sembrados en un prado verdísimo. En la mitad de ese Edén, estaba el monumento más adecuado que yo haya visto jamás erigirse al culto a la personalidad: la barra. Esa barra es legendaria. Todavía está ahí incólume, de lo bien que la pusieron. Lo difícil era treparse. Estaba hecha para manes de uno noventa.

En la barra de Campania yo conocí mis límites deportivos con sangre en las raspaduras. Con ampollas, al principio, en la planta de las manos y con callos después. Esas manos eran un solo callo. También los límites de mis capacidades acrobáticas con adrenalina pura. Vi crecer la musculatura de mi cuerpo cada día. Me hice un día miembro del parche a fuerza de comer hierro tardes enteras, y gracias al coraje que nos inspira la necesidad de ser aceptados.

Nos pasábamos todas las tardes soleadas haciendo barras y fumando marihuana. Mayo y Cleto, que son hermanos, Jirafo y su mellizo, cuyo nombre no me acuerdo; estaban Ritalino, el Ñato, Gaetano, Arturito, los Arzayús, Ike, éramos docenas. Édgar Calderón, Camilo Mejía, Juancho Villegas y Juancho Echeverry, llenas de pepas algunas de esas cabezas. Como la mía. Parecíamos maracas.

El Abuelo y Juancho Villegas jugaban con un freesby. De resto, el que no hacía barras, no era tenido en cuenta. Unos hacían series de flexiones, en tanto otros, a su turno, hacían figuras dificilísimas. La alemana, que era un giro abdominal y una patada hacia el cielo que elevaba el cuerpo. Elegante. La entrada de codos, indispensable para llegar a la alemana sin patada. Que se hacía quietico. Era impresionante verla hacer y saber la dificultad que representaba. La continental, en la que se veía a la pinta prácticamente volando de lado a lado de esa barra. El tornillo, que era un giro complicadísimo que se hacía metiendo el cuerpo por entre las manos cruzadas. El paso del león, que era una entrada de codos pero haciendo un giro por la espalda y descargando el peso del cuerpo en la otro brazo flexionado y así seguirla todo un pasamanos. La entrada de pecho, que era imprescindible para llegar a medio intentar la alemana. La doble de pecho, dando vueltas hacia atrás, con la barra a la altura de la cintura. La entrada de espaldas, doble de espaldas, hasta girasoles pude ver que una vez hizo Michín. Era un gimnasio al aire libre.

El basuco se desplazó solito para por las noches del fin de semana. Ya no era tanto el miedo diario que desarrollamos a los tombos. Era una fobia enfermiza cuando pasaba la panel y estábamos embalados. Pero nunca paraba. Iba de afán.

Que yo me acuerde, solamente una vez llegaron los tombos a Campania. Eran dos cuchos campesinos más bien mierdas, en dos bicicletas de panadería. Todos pudimos haberles salido al trote cagados de la risa, pero ese día nos quedamos. Ese día estaba Genaro, el jíbaro.

– Contra la pared, marihuaneros desconsiderados. Una requisita y papeles en la mano-, nos dijo el cabo. Su uniforme traía una chapa de tela que decía Valcárcel.

Genaro había encaletado en un huequito de un andén, una bomba con tres cremalleras de mandrax, unas treinta y seis pepas, un cuarto de libra de marihuana y unas papeletas de perico. El mono Andrés Villegas, que vivía pepo, no dejaba de mirar con los ojos desorbitados mientras se bamboleaba de lado a lado, como un niño babeando frente a una vitrina de bizcochos, la bomba de drogas caleta del jíbaro.

Mientras tanto, los tombos nos raqueteaban uno por uno. El otro tombo, Salamanca, bajito, rayador y de pelo grasoso, se detuvo en el mono Villegas. Se pilló la pepera y el visaje del man con el video del huequito en el andén. La bomba. Fue hasta el huequito, la encontró y la sacó:

– ¿De quién es esto?-, preguntó el tombo entre contento y preocupado. Como nadie respondía, volvió a preguntar. No hubo respuesta. Entonces se le fue al mono y le preguntó de cerca.

– ¿De quién es esto? Si no me dice ahora mismo, me lo llevo a usted no más.

El mono le contestó con toda la honestidad de un borracho, arrastrando las palabras por el asfalto, sin babas, con la jeta toda reseca y los ojos entre el culo:

– Yo de usted me echaba esa bomba de güevas, me hago el marica y me quedo callado.

Como todos soltamos la carcajada, nos cargaron a todos para la horrible estación de policía de citigarden y allá nos tuvieron veinticuatro horas. No se me olvidarán. Dentro de la estación estaba Tarsicio, otro jíbaro, y seguimos trabándonos delante de los tombos. Como treinta burros en un patio.

Nuestros días en el parque de Campania pasaban lentos pero alegres. Vivíamos preparándonos físicamente por las tardes, como si fuéramos espartanos, para enfrentar algún día a los billis de Unicentro. Claro que yo ya sabía quiénes eran los rivales que tanto tenían en mente los ñatos, pero lo que no sabía era el momento en que tuviéramos que enfrentarlos y ahí sí quién sabe qué iba a hacer yo. Eran mis amigos del otro barrio en el que yo vivía.

Alguna vez que coincidieron, porque ya no se aguantaban las ganas de darse en la jeta, pude presenciar en platea cómo el negro Javier, que era un quiñador de los de Unicentro, amigo de todos los del parche y parcero de la rumba, aunque el man era de un barrio de menor estrato, de Villa Luz, al occidente de la ciudad, levantó a cuatro manes del parche de las Villas.

La masacre del Helvetia

Había una tremenda fiesta en el colegio Helvetia, de las que organizaban cada año y a la que asistían cientos de sardinos y sardinas de todo el sector. La razón para ir era que siempre se armaba pelea y eran muchas las niñas lindas que llegaban a mirar las peleas uno a uno. No había batallas campales por esos parches.

Yo estaba soplando con el Cala Martínez esa noche. El Cala, que en paz descanse, era mi mejor amigo del basuco. Salíamos a soplar juntos más juiciosos que un par de evangélicos. Lo mató un tal Ferney en la olla de la pepe sierra con diecinueve. Un jíbaro teso que estaba borracho y enfierrado cuando Cala llegó a la olla. No tenía ni veinte años. Solo porque le debía tres vichas y llegó a fiarle otras más.

Cala era zurdo. Le gustaba el fútbol. Era un goleador neto, de aquellos. Soñaba con ser el narrador de los partidos del santafecito lindo y estudiaba comunicación social en la Tadeo. Tenía fotos con Gareca, con Cabañas, con Funes, con Willington Ortiz, con los mejores. Hasta con Alfonso Cañón.

La noche de la pelea estábamos en todo el costado occidental del Helvetia, donde empezaba la montaña de sotileza pero que hoy es un cerro de apartamentos exquisitos y por donde ahora pasa la avenida Boyacá. Estábamos sentados, frescos en la impunidad que nos otorgaba la penumbra del monte, los dos fumándonos una vicha de Tarsicio, cuando oímos unos gritos.

Nos asustamos un toque y terminamos carioco el pistolo que nos quedaba. Nos tomamos varios tragos. Fuimos a ver. Nos comimos unos chicles fresh’n up, para el tufo y nos fumamos un marlboro sentados en la puerta de la entrada a la rumba, porque ni siquiera queríamos entrar todavía. O ni siquiera podíamos entrar, mejor dicho, porque estábamos pálidos y tiesos del embale. Disecados.

En esas, de un momento a otro, desde adentro del Helvetia, salen unos manes dándose trompadas en la jeta. Y resulta que eran Arturito, que no medía más de uno setenta, pero era verracamente agarrado de musculatura, contra el negro Javier. Como yo en ese entonces vivía en Las Villas, parchaba con la gente de la zona donde yo vivía, como ya conté, y aunque hacía barras y era cuajado, no me metía en videos de peleas de pandillas, porque de seguro me daban en la jeta.

Pero, como ya mencioné antes también, el problema era que era amigo de los de la pandilla de Unicentro, pues eran mis amigos de barrio antes de que mis padres decidieran trastearnos para Las Villas. El negro Javier no me conocía. Yo solo conocí a los del parche cerrado, Esteban, Pincho, Juano, Lucas, Minibilli, Tadeo, Ballena, Chiqui, Ike, Nené, etc.

El negro Javier le conectó tres muecos secos en la cara y lo patrasió de una. Arturito trastabilló y se fue de culo. El man gritó algo así como:

– Malparido, me las va a pagar.

Escupió sangre y se quitó la chaqueta. Se cuadró de nuevo. Fue a mandarle al negro, pero el man lo esquivó y le conectó de nuevo un solo mueco que casi lo tumba. Arturito se volvió a cuadrar, pero ya no se le veían tantas ganas de pelear. Siguió Ike, vivía en Córdoba, pasando la ciento veintisiete, campeón mundial en comer bocadillos veleños. Todo pepo de mandrax y rorer, las pepas de moda, saltó como un resorte oxidado a revirar por Arturito. Ciento diez kilos de carne. Ascendientes europeos o gringos. Buena papa. No alcanzó a abalanzarse sobre el negro Javier, que no era tan grande ni tan pesado, cuando el negro lo recibió de un solo bailao. Frederick, como se llama Ike, siguió derechito pal piso. Ya no se pudo levantar en toda la noche. Entonces fue cuando Juancho Arzayús se quitó la chaqueta y se le paró en la raya al negro.

– Venga a ver conmigo-, le dijo al negro, que alcanzó a tomar un aire y a secarse el sudor de la frente. Era un asunto medieval. Duelo de caballeros.

El negro Javier no era tan alto. Más o menos uno con ochenta y pico. Pero es que los manes de las Villas eran manes de uno noventa la mayoría. Pocos éramos los que medíamos menos de uno con ochenta. Javier era más bien moreno, no negro. Más bien como zambo. Hasta pinta.

Tenía puesta una chaqueta de cuero, abotonada hasta el cuello que en ningún momento se quitó. A Juancho Arzayús también le dio, pero Juancho sí se le paró sobrio, tan sobrio como estaba el negro. Se cuadró bien y empezaron a boxear. Jab que viene, recto que va. Uper cut a la quijada de Arzayús y el negro trastabilló. Esos dos manes empezaron fue a boxear como dos pambelés. Y sonaban los bailaos como cachetadas. Duro. Y los manes apretaban las caras con cada trompada. La multitud crecía mientras ellos seguían fajándose.

– Quiubo Juancho, dele, llave. Con toda.

De pronto, desde adentro se oyó que pararon la música y todo el mundo de la rumba se vino para la puerta a mirar la pelea. En ese momento el negro Javier se sintió vulnerable. Los únicos manes del parche de Unicentro que estaban ahí con él, que no pasaban de diez, entre los que estaba Tadeo y el negro Muñoz, se fueron alejando despacio, aprovechando el desorden y el barullo de la muchedumbre de Las Villas, Niza, Campania y hasta de Covadonga, que se acercaban en tropel a la puerta del Helvetia.

El negro, como un varón, se quedó parado dándose en la jeta con Juancho Arzayús. Podía ver por el rabillo del ojo derecho cómo esos manes que lo estaban abandonando en el fragor del combate, porque esa pelea, aunque iba ganada, estaba perdida. Con el ojo izquierdo, veía dónde ponía los puñetazos y las patadas.

Entonces, ya mamado, como queriendo acabar con el show barato, sacó de la nada un patadón seco, limpio, en toda la quijada de Juancho, que lo tiró al pavimento de cara. Era tan bravo el Juancho Arzayús, que se paró con esfuerzo y trató de seguir peleando. Se trató de doblar, porque es alto, pero no pudo seguir.

Esas patadas eran legendarias del negro Javier. Las sacaba en un pestañeo del sombrero, como un mago. Le ponía toda la planta del pie en la cara o en el pecho al contrincante, y lo lanzaba a unos cuatro o cinco metros de distancia de la fuerza y la potencia con que impactaba la patada. Lo hacía siempre, no solo cuando ya se sentía que estaba contra las cuerdas. Ese día lo hizo. La patada le llegó a la quijada a Juancho.

Por una patada de esas, que le metió al asesino de Esteban y de Álvaro, fue que este encendió a bala al negro Javier en uno de los pasillos de Unicentro a principios de mil novecientos noventa. Le metió como siete tiros. Ese fue uno de los detonantes que contribuyó a que el man terminara encendiendo también a Esteban a bala, pero en la ochenta y cinco. Pocos días después de esa tentativa de homicidio al negro Javier en Unicentro, Esteban descansaba en paz en el cementerio.

Pero, bueno, volvamos seis años atrás, donde estamos. En la rumba anual del Helvetia, a días de la navidad de mil novecientos ochenta y cuatro. La pelea no estaba todavía por acabarse. Lo que hizo fue calentarse. Apenas Juancho quedó fuera de combate, sin chistar, como un deber familiar, salió al tinglado el hermano mayor de los Arzayús, Jose, que era más bacán pero igual de deportista. Y aunque era mayor y más impulsivo, era menos preciso a la hora de conectar. Su reacción fue violenta y el negro Javier lo recibió de dos trompadas que lo dejaron grogui. Entonces alguien gritó angustiado desde adentro:

– Que llamen a Gaetano, que llamen a Gaetano.

Gaetano Sarracino era hijo de un italiano como de noventa kilos y uno noventa de estatura, que parecía un boxeador de peso pesado. Grande, musculoso y malacaroso, su presencia era imponente. Era alguien misterioso. Gaetano era igual de fenomenal físicamente. Había desarrollado una musculatura impresionante con la misma técnica de Charles Atlas y series de flexiones de todo tipo.

Gaetano fue el amigo que me enseñó a trabajar los músculos y a potenciarlos con la tensión dinámica. Era muy importante para todos nosotros desarrollar al menos unos bíceps, unos pectorales desafiantes. Desde muy joven se dedicó de lleno al fisicoculturismo. Tenía los ojos claros y era medio mono, y a pesar de ese cascarón de rudo que tenía, en su interior era un buen tipo, dulce, romántico y bondadoso. No concordaba su cuerpo con su alma. Por esa razón era víctima del Cala, quien se burlaba de él y le decía Gayeto.

El negro Javier estaba acorralado por la multitud, pero en esa época si algo se respetaba, era precisamente el honor, y si un clan se agarraba contra otro, el que saltaba a darse en la jeta con otro, era una pelea de dos. Nadie se metía, así un solo man fuera el que levantara a toda la gallada, pero uno por uno, como justo estaba sucediendo esa noche en la rumba anual del Helvetia.

Total que cuando apareció Gaetano, con solo verlo, el negro Javier se azaró inmediatamente. Era como parársele a Tyson. Se abrió al trotecito, suave. Los villanos, o ñatos, entre los que podía estar contándome yo sin ser precisamente del combito de los que salían a darse en la jeta contra los de Unicentro, lo vimos alejarse con respeto, con miedo, con la certidumbre de haber presenciado una de las peleas más honorables jamás vistas en Niza, porque el Helvetia es en Niza, o Calatrava. A la cuadra ya el negro Javier iba caminando fresco, sin siquiera mirar atrás.

Gaetano se reía porque le ganó una pelea a un quiñador de los de Unicentro, nada menos que al negro Javier, solo con mirarlo, apenas con aparecer en la escena. Pero la verdad es que el Gaetano que yo conocí no hubiera aguantado un solo round boxeando con el negro Javier. Aunque a pelea callejera quién sabe.

Gaetano fue al man que le pusieron un botellazo en la cara, el día de los quince de Polilla. La fiesta más estruendosa del barrio Las Villas. Había whisky como en ninguna otra fiesta que yo haya estado. Su papá era un influyente capitán de la aduana. Su hermana, Dula, ya me había hecho ojitos antes y por eso era que yo estaba en esa fiesta. Me pidió que la acompañara a la parte de atrás de la cocina, pero solo fue para darme un beso y arrimarnos un poquito.

Fue ahí que se armó el escándalo. Había un chino marico todo borracho y cansón, que estaba jodiendo con una botella vacía de Chivas Regal. Yo le llegué por detrás desde la puerta de la cocina y como yo ya estaba grande y fuerte a punta de barra y pesas, pues me la pasaba coma y coma hierro todos los días, lo cargué en vilo desde la sala hasta el garaje. En esas enormes casas de dos salas, seis cuartos, cinco baños, cuatro garajes, eran treinta metros de distancia lo que cargué al baboso. Lo inmovilicé, rodeándolo con mis brazos, y lo lancé con fuerza apenas me abrieron la puerta. Afuera había por lo menos cien personas que querían entrar, pero que no cabían.

Lo doloroso fue que cuando cerré la puerta para que nadie más se colara en la fiesta, el man levantó el brazo y mandó el botellazo, con tan mala suerte que le abrió la cara a Gaetano de la frente al mentón, de un solo tajo, que lo dejó como a Al Pacino en Scareface. Éramos tan perniciosos, que llevaron a Gaetano a la clínica, creo que Byron, Octavio y John, para que lo cosieran; pero como le dijeron que no podía tomar trago si lo cosían, prefirió que lo curetiaran y devolverse para la fiesta de Polilla. Es que esa fiesta no se la quería perder nadie…


Los marcianos de Unicentro

El que fue conocido como el combo de los billis de Unicentro, se fue tomando de manera inadvertida la salida seis de ese centro comercial. Esa inmensa puerta queda por detrás del establecimiento, en el segundo piso. La procesión de jóvenes por ese sector empezó hacia finales de los setenta y principios de los ochenta, cuando el resto de enanos éramos todavía unos culicagados sanos que acabábamos de pasar la etapa de la vida en la que esperábamos plaza sésamo a las cuatro de la tarde, frente al televisor. La programación entre semana acababa después de las telenovelas mexicanas de la mañana y el noticiero de Arturo Abella, al mediodía.

Por esa puerta, que es tan ancha como la del frente, se accede al inmenso parqueadero de autos. El combo se fue tomando, casi que de manera inconsciente, esa esquinita del centro comercial, las amplias escaleras exteriores y parte del parqueadero también. Porque a pesar de ser gigantesco, fue en la parte que queda al ladito de la salida seis donde se armaron muchas peleas. Cuando de pronto y sin previo aviso se escuchaba:

– ¡Tropel, tropel!

Todo el mundo en Uniplay, los que estaban ahí afuerita, hasta los trabajadores de los locales y los clientes también, salía a ver usualmente una pelea a trompadas entre dos manes, y en muy raras ocasiones entre dos nenas. Con el tiempo también terminaron armándose batallas campales. Una vez entró el primer chuzo a Unicentro, mucho tiempo después, también llegaron los bates, las manoplas, las cadenas, las patecabras, los chacos. Más de uno se vino a Unicentro de muchos barrios de todos los sectores de la ciudad, a probar que era malo y estaba dispuesto a lo que fuera para hacerse conocer. Ser malo daba réditos. La maldad del narcotráfico, habilitado por la política y todos los estamentos de la sociedad, untados como el deporte y la iglesia hasta el cogote, daba cuenta de esa realidad rampante.

En la esquina siguiente, porque Unicentro es una especie de hexágono, estaba la salida tres, donde funcionaba la taberna Aki. Otro lugar para parchar. Todavía no me explico bien cómo es que docenas de veces, menor de edad, pude bogarme allí jarradas enormes de cerveza, como a mil pesos cada una y nunca nadie me dijo nada. En la Taberna Bávara, que quedaba al lado de las escaleras eléctricas, también en el primer piso, era la misma película. Salía uno jíncho y nadie decía nada. No pasaba nada. Una vez salí embotado de tanta pola, vomité unas cuantas en el parqueadero y volví a entrar a seguirla y lo más de todo bien.

Uniplay es un local donde tampoco puedo comprender del todo cómo es que podíamos apretujarnos hasta doscientos chinos, y algunas chinas, que jugábamos solos o por parejas, unos contra otros, todos contra todos, nadie contra nadie… porque vivíamos hipnotizados por la tecnología, que nos tenía descrestados. Además nos estaba prestando una ayuda insustituible para disuadirnos de la realidad. Se nos hizo necesario fugarnos de nosotros mismos, por la mamera de tener que aguantarnos a la persona vana y aburrida que llevamos dentro cuando estamos solos y en silencio. Éramos un grupo de niños ausentes de nosotros mismos.

Obteníamos por una monedita de cobre con tres canalitos, que nos daban en la caja a cambio de veinticinco pesos oro, la ilusión de estar masacrando invasores del espacio. Nunca nos enseñaron que estar con nosotros mismos era más divertido y ameno que estar enfrentados con los tales marcianos de la pantalla chica. Éramos ludópatas en potencia. Nadie nos reveló que estar en conexión con nuestra propio yo, no era tan aburrido. Pero nos fuimos creyendo eso con tanto invento nuevo, con tantos juguetes divertidos. Ya qué parqués ni qué monopolio ni qué ajedrez. El computador es la nueva cajita de Pandora. Tiene todos los juegos que podamos imaginar.

No obstante, ahora siento que no fue un juego tonto haber jugado desde aquel entonces contra el computador. Aunque nos ganó, fue un entrenamiento necesario para enfrentar la realidad de este momento en la historia. Nuestros padres ni se daban por enterados que teníamos cazada una batalla interplanetaria; pero el juego de la vida, de nuestras vidas, hoy se juega en una pantalla. El que no está en el juego de dominar todo lo que ahora es esmart, comandar su propia táblet, su áipod, su áifon, su pecé, su yo qué sé, seguro que puede desaparecer. El que no figura en féisbuc, yimeil, mésenyer o jot meil, ya se puede estar dando por desaparecido. En ese orden de ideas, yo no existía hasta hace apenas unos días. Mi hermano me echó al agua de las redes sociales y yo todavía no sé nadar ni navegar muy bien en estas aguas. Hasta ahora han sido agüitas termales. Pero les tengo miedo a las aguas aparentemente mansas.

Aquellas mañanas resplandecientes de sol y energía, sobre todo en vacaciones, nos bañábamos en bombas, nos arreglábamos de afán, desayunábamos en pura y de una cogíamos las chichis y pa’ la calle. Ya estando afuera, no alcanzábamos a dar dos tres vuelticas, cuando es que:

– Entoes qué, para dónde es que es?
– Pues pa’ Unicentro.

Era una respuesta unánime. Entre mis amiguitos de Capri, Arturo Niño sacaba tres mil pesos, Gustavo Bohórquez ponía diez lucas, yo ponía siete gambas, Ricardo Rosero también ponía. El gordo Carlos Humberto también venía. Y, quiubo, pa’ Unicentro. Era un sitio mágico. Magnífico. Dejábamos las bicicletas de cross en la entrada vehicular, donde había un especio especial para dejarlas.

Mi papá me había regalado una Monarcross, que tenía doble tenedor y unos cauchos que simulaban tener suspensión. Como una moto. Pero esa no era la mejor cicla de cross. La mejor era la Mongoose. Esa era la marca de bicicletas que usaban los hijos de papi. Rin y José María eran unos de esos campeones que tenía el ciclocrosismo como una pasión irreductible y podíamos verlos en Ciclopedya o en la ciclovía. Eran unos verdaderos titanes de ese deporte. Hacían caleños de un metro y volaban por encima de más de veinte chinos acostados. Las Mongoose eran carísimas y yo no pude tener una nueva. Pero con el tiempo me conseguí una de segunda. También fui muy bueno. Pero no tanto.

Después de entrar en Unicentro, dábamos una vuelta, comprábamos un cono y de una para Uniplay. Pagábamos por las moneditas e inmediatamente buscábamos una mesa vacía. Nos inclinábamos con reverencia sobre el grueso vidrio negro de la mesa, en el que había incrustada una pequeña pantalla de televisión, y era prácticamente un vicio lo que teníamos encima. Una adicción de esas de pedir ayuda con urgencia. Primero obsesión y al ratico compulsión. Eso era pida y pida plata al papá o a la mamá o a la tía o a la abuela o al que fuera para jugar todos los días la misma locura, y gastarse lo de las onces sin recibir una experiencia diferente a la inevitable paliza diaria de los marcianos.

Eso de pedir plata se convirtió para algunos, antes que robar, en el plan preferido para ir a hacer en Unicentro. Yo vi a más de un conocido parado al final de las escaleras eléctricas, frente a Jeno’s pizza, mendigando sin rubor. Lo hacían hasta con dignidad. Nada de vergüenza. Apenas se iban a bajar de las escaleras los visitantes, les caían dos, tres vagos o vagas, sobre todo chinas, de lo más vistosos. Porque si algo era vistoso en nuestros días mozos, era la manera como nos vestíamos y nos peinábamos.

Las sardinas llevaban un peinado estrafalario, heredado de un genuino y auténtico marciano de la televisión gringa, que era severo delincuente. Parecía un perro, hablaba bien, manoteaba en forma y comía gatos. El alienígena en realidad era de Melmac, un planeta muy lejano. Se llamaba Alf. Ese animalito tenía un mechón muy característico e inconfundible, que le salía de un lado de la cabeza, describía un arco alto, como una ola de seis metros, y llegaba al otro lado de la cabeza. Lo llamaban el copete Alf y no hubo muchacha por aquellos años que no tuviera siempre laca en el bolso y una peinillita, con las que perfeccionaba la comba de su copete, cada vez que medio se le descuadraba. Llevaban esa ola sobre la cabeza y era una ola tiesa. Cuando uno las iba a besar, prácticamente se estrellaba contra el copete, podía estar sacándose un ojo con facilidad.

Remataban el atuendo unos botines Reebok que traían una tirita para apuntar con velcro, en la parte superior del zapato. Venían rojos, blancos y negros. Un bluyín bota tubo, tubo, tubo. Una camiseta estampada de Ocean Pacific y una pañoleta roja amarrada a cualquier parte del cuerpo. Un brazo, una pierna, la cabeza. Donde fuera. Remataban una chaqueta de Jeans and Jackets, o un saco rojo Marlboro. Y en los ojos, bastante maquillaje. En los párpados, en el borde del ojo y en las pestañas. Con ese aspecto de estrellas de rock, salían a pedir:

– Señora me regala por favor una monedita o lo que más pueda ojalá un billete de mil pesos que es que lo que pasó que fue que como que se me perdió la plata para devolverme para la casa porque no la encuentro y eso fue que la boté por eso es que necesito que si usted me pudiera colaborar por favor para la buseta ya que no tengo ni un peso para devolverme más tarde cuando me vaya a ir para la casa en el alma le agradecería y Dios se lo pague…

Con esos argumentos tan convincentes cogían por su cuenta a los inocentes visitantes de Unicentro, y estos, para quitárselos de encima, soltaban lo que tuvieran en la mano. Así fuera un cono, si era preciso, y les daban hasta para el taxi. Y así reunían en menos de media hora las lucas suficientes para seguir gastando. Dentro de un centro comercial como ese, la gente se siente como en una pequeña ciudad segura, dentro de la gran ciudad, que es insegura. Donde se puede gastar. Gastar es diferente a comprar. Analice y verá. Unicentro era una ciudadela segura en la que no se ven los ladrones ni las putas ni los chirretes ni los desechables ni los vendedores ambulantes ni los fleteros ni nada de eso. Pero, ¿limosneros? ¿Y tan bonitos?

El negocio estaba tan boyante, que a más de uno se le pegó la maña de pordiosero y de un día para otro se convirtió en una industria. Los vigilantes no dijeron nada al principio, porque como veían bien vestidos a los jovencitos que se paraban allí a pedir la colaboración de las gentes de bien que estaban de compras o de visita, creían que lo hacían de verdad por necesidad. Pero cuando vieron que con los días ese punto se convirtió en una especie de peaje permanente que montaron allí sin permiso de nadie, tuvieron que pedirles de manera cortés que no siguieran sacándoles la plata así de esa forma tan descarada a los clientes del centro comercial.

Pero estaba tan genial la vuelta de la maquinaria capitalista de la mendicidad adentro, que montaron dos, tres, cuatro, cien vietnams y Unicentro se llenó de peajes de gente que nada que ver con el combo. Éramos tan astutos en lo que hacíamos, que no llamábamos a la actividad mendigar. Le decíamos retacar. A mí me tocó retacar más de una vez, pero fue para devolverme de verdad para la casa, porque me tiré toda la plata peleando con los marcianos y seguro tenía la chichis pinchada.

Y toda esa cantidad incalculable de monedas que retacaba esa gallada de sardinos todo el día, a que no adivinan a dónde iba a parar. Pues a la caja gris de uniplay. ¿Dónde más? Esos marcianos sí que nos hicieron hacer locuras y gastar plata. Lo complicado es que a la hora del té los tales marcianos eran unos muñequitos bobos, cabezones e inofensivos, de casi todos los colores, que no se sabe bien si era que bailaban o marchaban de lado a lado de la pantalla, primero hacia la derecha, el cha cha chá, y luego hacia la izquier, dos tres cuatro.

No se sabía bien qué hacían, pero iban bajando y matando y cantaban píu, píu, píu, como si fueran los pollitos dicen pío, pío, pío, pero entre tanto, no tenían frío sino que lo dejaban a uno frío cuando se venían en gavilla disparando. Al fin llegaban hasta abajo, casi al borde inferior de la pantalla y me acorralaban. Eran segundos lo que faltaba para que me mataran. Llegaba el momento que acertaban los tiros que rociaban al tanque de guerra desde donde yo también les disparaba, pero tiro a tiro. Moría. Cada tarde moría hasta diez veces y quince veces.

Uno siempre perdía. Los marcianitos siempre ganaron. Será que si algún día llegan y nos invaden los marcianos, ¿perderán la batalla contra los seres humanos? Lo que sé es que siempre en uniplay ganaron los marcianos. Y que mientras el dueño del local se hizo más rico a cada minuto de cada día de esa década, enfrentar los soldados marcianos de todos los colores se fue consumiendo mis tardes, mi vida y mis moneditas.

También podíamos permitir que se comieran todo lo que se nos comía el vicio, el señor pacman, que era una bolita con boca, que iba a toda mierda por entre un laberinto tratando de comerse a otras bolitas. Cualquier parecido con la competencia voraz de bolas de nuestra sociedad, es pura coincidencia. O la batalla de los mosquitos, o las carreras de carros, y cuanta máquina tragamonedas salió para esos años y los años que siguieron a los principios y finales de los ochenta, porque ese local nunca dejó de actualizarse.

Por ahí me contaron, porque no volví a Unicentro, que treinta y pico de años después de que abriera, esta es la hora que Uniplay todavía sigue ofreciéndoles a sus clientes lo último en guaracha en cuanto a tecnología y juguetería tragamonedas se refiere. Tendría que ir para verificar. Pero me da guayabo esa escena.

Me atrevo a afirmar que esta historia se parece un poco a la de La Tropa Brava, la de Andrés Caicedo, la pandilla que se tomó en Cali todo el frente de Sears, que era uno de los centenares de almacenes de una gigantesca cadena universal. El Sears de aquí de Bogotá, que ahora se llama Galerías, queda en la calle cincuenta y tres, llegando casi a la carrera treinta. Seguramente tuvo su combo por aquel entonces. Sin embargo no sé si se dieron alguna vez en la jeta con el combo de los billis de Unicentro. Eso sí, no había líder de gallada que no contemplara la idea de darse en la jeta sobre todo con Esteban, porque si ganaba seguramente cogería cartel, que es lo mismo que hacerse conocido y respetado por malandrín. Pero paila. No se atrevían.

Sin montar una película tan violenta y desquiciada como la que montó La Tropa Brava, recomiendo el texto, los billis se tomaron la parte posterior del centro comercial sin tanto melodrama. Desde mediados de los ochenta, cuando ya había crecido suficiente el parchecito y pasó de ser un combito a ser un recombo, operó una suerte de oficina multipropósito donde se podía hablar de hacer goles posibles y de goles pendientes; era una olla ambulante y temporal. Otros se encargaban de cobrar deudas o del sencillo matoneo, que nunca pierde vigencia. Ni siquiera en las redes sociales. A mí ya me matonearon por este camino. Funcionaba también una suerte de subgerencia de bísnes y asuntos varios y a la vez era el centro de operaciones de la rumba. Porque la rumba siempre la conseguía alguien, todo se hacía por y para la rumba y la rumba era una especie de diosa. Todo eso funcionaba en un solo parche. Al frente de uniplay.

Eso fue por varios años y por períodos. Que se recuerde, se la montaron hasta a la administración del centro comercial y la administradora, que era una señora de la high-life, nunca ejerció el poder que tenía para que los guachimanes reaccionaran de manera violenta contra los jóvenes. La señora conocía a más de una de las mamás de los muchachos, y era de esa manera que estaba tan bien enterada que varios de esos muchachitos problemáticos, eran hijos de papi, pero no de cualquier papi. Lo que pasaba era que papi usualmente era, o un político destacado e influyente o un periodista distinguido y poderoso o un despiadado capo del narcotráfico o el dueño de medio barrio. O sencillamente papi. Pero al fin y al cabo papi.

Para la administradora, la manera de combatir el problema de los robos, el matoneo, las amenazas, los tropeles campales en el parqueadero y hasta las pequeñas extorsiones, no era con más violencia. Era con tolerancia. De avanzada, la cucha. Pero tanto los clientes del centro comercial, como la gente común y corriente, no iban a estar para tolerancias for ever.

Dentro de Unicentro, Pincho llegó a hacer locuras. Una vez en Uniplay, mientras un gordo gigante enfrentaba marcianitos, el Pincho le rapó un lazo de oro como de treinta gramos que tenía en el cuello. El man, como de dos metros y doscientos kilos, salió de una al trote detrás de Pincho, y Lucas se le agarró del cuello para tratar de retenerlo, pero quedó colgando y parecía más una bufanda, o una bandera mejor, ondeando de lado a lado por todos los pasillos por donde fue la persecución, y el gordo al trote mar detrás de Pincho como si nada.

Pincho apenas miraba para atrás y el gordo casi lo alcanzaba porque tenía un físico el verraco, y entonces Lucas se tuvo que soltar y cayó al piso. Pincho se la pilló y lo que hizo fue tirarle el lazo a Lucas cuando el gordo ya le estaba cayendo encima y el lazo rodó por el piso y todo el mundo mirando la escena y eran como las ocho de la noche de un viernes y el centro comercial estaba tetiado, pero ahí estaba la rumba en ese lazo y el puto lazó rodó y rodó hasta que llegó a los pies de una familia toda linda que iba pasando. No se podía perder ese gol, por más que pasara lo que pasara.

El gordo cayó encima de Pincho y casi lo destripa. Lucas se paró de una y se lanzó a recoger el lazo del piso. Salió al trote otra vez para Uniplay, a la salida seis, buscando que hubiera más gente del combo para enfrentar a ese gordo que era agrio, que se puso de pie y salió detrás de Lucas; pero Pincho se paró de una también y como pudo se le colgó del cuello como había hecho Lucas, pero otra vez ese gordo llevaba a Pincho como llevaba a Lucas, como una bufanda por todos los pasillos del segundo piso y se puso a gritar ese gordo marica:

– ¡Me robaron la cadena! ¡me robaron la cadena!

Pero nadie como que le creía, porque era normal ver correr a dos, tres manes por los pasillos de Unicentro, sobre todo por los de ese sector, en aquel entonces, y la gente creyó que estaban jugando a golpearse, porque ese también ha sido una juego frecuente entre cualquier parche. Como juegan los cachorros del tigre o del león. A veces se es presa y a veces depredador. Igual a la vida.

Entre los pocos que estaban ahí afuera de uniplay, estaba Esteban, pero como al hombre no le gustaba que Pincho hiciera ese tipo de cagadas, les hizo una carita a los dos cuando pasaron al trote con la que mejor dicho les hizo saber que los iba era a encender donde se detuvieran por refuerzos o le lanzaran la cadena a él o hicieran algún visaje raro. Tuvieron que seguir de chorro. A Lucas le tocó seguir al trote de largo hacia fuera del centro del comercial, mamado como estaba. Pincho seguía colgado del cuello del gordo y el gordo seguía al trote como si nada. Lucas se quedó sin aire y cuando ya el gordo lo estaba alcanzando, y se le iba a tirar encima, hizo la misma que hizo Pincho: le tiró el lazo por el piso y esperó a que el gordo le cayera encima.

Pincho descansó un toquecito colgado del cuello del gordo y eso le ayudó para cuando se soltó. El gordo cayó encima de Lucas y casi lo mata. Lo apachurró totalmente. Pincho se paró de un brinco, recogió el lazo y salió al trote de una hacia el caño de la ciento veintisiete. Saltó la tapia del parqueadero y se metió debajo del puente. El gordo, como un güevón, en vez de cazar a Lucas se fue detrás de Pincho, pero ya en el caño las cosas son de otro color a esa hora. Al gordo le dio culillo meterse en el caño y perdió el año con ese par de joyitas. No pasaban de quince o dieciséis años. Después se encontraron más abajo.

Así eran las cosas en Uniplay, y en el resto de Unicentro. Se habían tomado todo el centro comercial. Nadie se metía en una vuelta de esas, ni en ninguna otra. Ni siquiera los guachimanes. A la gente que se quejó cuando los robaron, no les hicieron caso ni tampoco cuando los coscorronearon o les montaron la de matoneo; porque es que se trataba de enfrentarse a las más de cuarenta caspas alevosas que estuvieran allí.

Los que se ofendieron demasiado, ya tuvieron que tomar la justicia por sus propias manos. Fue el caso de Offo, un man de niza nueve que no comía ni de billis ni de nada. A ese man Johncito le había robado un saco Lacoste. El saco en realidad se lo puso un día Pelusa, el hermano menor de Offo. Le quedaba grandísimo, era amarillo y estaba nuevecito. El parche de niza nueve se la pasaba donde la tía, que era la jíbara más destacada del sector. Una hembra medio sexy, a la que el boxeador panameño mano de piedra Durán le había dado un apartamento en ese conjunto, en el que se podían meter a tomar, a soplar, a trabarse, a colar pepas, de todo. Mano de piedra Durán y la Tía eran pareja, pero el man iba muy de vez en cuando.

Johncito le pidió a Pelusa con confianza el saco donde la Tía, dizque para medírselo. El sardinito, que no era malicioso, se lo entregó. Una vez se puso el saco, ya Johncito no se lo quería quitar. Y no se lo quitó, sino hasta más tarde, cuando fue y se lo ferió al Primo, que era un jíbaro de basuco todo cacorro, quien daba fuego en la bolera de Unicentro. El saco estaba recién comprado. A pesar de que a Pelusa le quedaba regrande, así se lo puso. De esa manera también se usaban los sacos Lacoste, que le quedaran a uno un poco grandes. Las mangas eran anchas, como bolsas, y en el puño traían tela de más que se doblaba hacia arriba.

Cuando Offo se enteró de la vuelta, a los tres días, le cascó a Pelusa por ponerse su ropa nueva, y se fue a buscar a Johncito hasta Unicentro. Como Offo sí era bien malo, y tenía amigos aún más malos, se enfletó entre los treinta o cuarenta billis que había ese día ahí en la salida seis, y cogió a Johncito del cuello y lo volteó como a un muñeco. Luego lo tomó de los tobillos y lo sostuvo en el aire desde el segundo piso y le dijo:

– Me devuelve el saco o lo dejo caer desde aquí, chino pirobo.

Johncito se cagó y todos los que estaban ahí con él, porque Offo apareció con el Carnicero y el Conde, dos manes del sur que eran respetados por trabajar con la policía. El Conde era un criminal reconocido que llevaba un gabán de cuero hasta los tacones de las botas, debajo del que siempre cargaba una guacharaca recortada de ocho tiros, cuyo doble cañón se asomaba sin temores. El Carnicero era un man que tenía una carnicería y era de verdad un simple carnicero. Pero con eso bastaba para destajar a cualquiera. Andaba con un par de mataganados de mango blanco, empuñados debajo del fiyak. Offo llevaba una veintidós Smith and Wesson debajo de la chamarra negra.

Sin embargo, eso no afinó a Johncito. Devolvió el saco, lógico, pero siguió timando y mintiendo, creyendo que nunca le iba a caer la mala. Fue por culpa de un torcido de Johncito que de hecho se originó el problema que derivó en la muerte de Esteban. Johncito se le torció al man que mató a Esteban y el hombre también fue y lo buscó en Unicentro, con tan mala suerte que estaban apenas Johncito y el negro Javier en la salida seis. Los crímenes como que siguen impunes. Para que vean. Por el negro Javier meterse a defender a Johncito, fue que lo baleó el mismo man que mató a Esteban y a Álvaro. El que se metía de redentor no salía crucificado; acababa tiroteado. Ese episodio más adelante se los cuento.

Pero les adelanto que los últimos disparos que hizo el criminal cuando mató a Esteban, en la calle ochenta y cinco, varios años después del video del gordo, los hizo justo en el momento en que Pincho salió corriendo detrás del man, tratando de impedir que cerrara la puerta del Toyota azul en que se fugaron de la escena del crimen, junto con los otros tres o cuatro sicarios que lo acompañaban.

A Pincho le quitaron el hermano mayor. A la familia un sostén. A la gallada, el líder, el ídolo, el man más alto y para algunas de los más pinta; se fue uno de los más probones y de los mejores quiñadores. Muchos querían darse en la jeta con Esteban nada más, solo por parársele a uno de los manes más legendarios del combo. Aunque los cascara. Porque era bien parecido y alto. Y grueso y acuerpado.

El parche se dispersó, se esfumó después de eso. A Pincho lo único que le quedará grabado hasta la muerte, es el recuerdo amargo de su hermano tirado sobre el asfalto, con una bala en la cabeza y tres en el tórax. Le queda también la cicatriz que le atraviesa todo el cuello de arriba abajo, en diagonal. Como si lo hubieran cortado con un bisturí o como si le hubieran pasado un encendedor por la garganta. Fue el balazo.

Boris tiene una cicatriz casi igualita. Le quedó de un corte que le hizo el Pato, ese sí con un bisturí, una noche en Capri express en que discutían por la cosa más insignificante del mundo. Una chicharrita. Es que el Pato no se había trabado y Boris estaba todo borracho y terapeuta.

En la memoria parecen a veces difuminarse o desvanecerse las imágenes auténticas de la realidad. Después, cuando han pasados los años y se rememoran las historias entre los viejos amigos, como que se recrean y se mezclan aleatoriamente los hechos que realmente sucedieron con aquellos escenarios subconscientes que elaboramos en nuestras mentes de lo que quisiéramos que hubiese acontecido.

La historia de ese parche muere con esos pocos homicidios y otros cuantos decesos más, predecibles aunque prematuros. Fueron varias muertes trágicas en situaciones que cada vez nos parecen más absurdas. Quisiera narrarles lo que sé de las más simbólicas y espectaculares de esas muertes, porque así como todo en esa época tenía que ser espectacular, que no pasara desapercibido, por aquello de la virulenta magia del narcotráfico, por encima de todos los demás fenómenos sociales, las muertes por accidente o por homicidio de los muchachos que yo conocí, tampoco dejaron de serlo. Espectaculares. Todo un show. Fue doloroso y amargo, pero no por eso podemos quedarnos sufriendo para siempre. Sufrir nunca ha sido la mejor opción para enfrentar el dolor.


RADIOLA MATA TEVE.

Esa tarde soleada de agosto de mil novecientos ochenta y uno, el imprescindible brillo del Tres en uno hacía resplandecer la textura de la tapa de la radiola de nuestra casa. Repito: La radiola de nuestra casa. Era severa. Parecía una especie de archivador de madera, de setenta centímetros de alto, por dos de largo, por setenta de fondo. Hagan de cuenta el cubículo perfecto para esas biblias de negocio que llaman A Zetas. Lo mismo. Diríase que era un féretro, el ataúd de un músico o alguien así, de no ser porque sonaba como un picó de corraleja.

Ese fue el electrodoméstico más relevante de la transición de mi niñez a mi adolescencia. Que aún sigo adoleciendo. El aparato que mejor me sirvió para satisfacer la necesidad que sentía de distanciarme de ese pseudo mundo insufrible que me ofertó el destino. Además ya estaba mamado de la ineludible programación de televisión locombiana. Mamado, parceritos.
Ese coroto llegó a estar muy por encima del teve blanco y negro dizque de diecisiete pulgadas, marca gato, que reposaba sobre una mesita del cuarto de mis cuchos, en todo el frente, con su respectiva carpetica. Al principio había un solo televisor. Cuando pudo al fin nuestro cuchito comprar uno a color, gato too, con betamax y toda la vaina, el descontinuado teve de cascarón gris fue trasteado al hall, y allí quedó como un adorno de museo, porque nadie quiso volver a ver el fabuloso mundo de la televisión en tonos grises.

Gracias a esa caja de plástico negro, que tenía bulbos de cristal con bombillitos por dentro y a veces olía a quemado, escapaba de mi realidad de estudiante aplicado en el colegio Cafam, al mundo secreto de los detectives privados gringos. Si no eran unos propios para darse en la jeta con los rufianes, tenían puntería de gamín para encender a bala a los rufianes. Pululaban. Los detectives y los rufianes. Era un mundo de espionaje y persecuciones. Iba a decir que sobra decir que siempre ganaron adivinen quiénes… pero menos mal no dije nada.

Estar atento a los casos que tenía que resolver el calvo Kojac, que se la pasaba con una gabardina pálida chupando bom bom bum todos los capítulos, me mantenía ahí pegadito. Presente, profesor. Camellaba bonito otro detective, italiano el man, de apellido Petroccelli; me caía bien. Otro que volteaba elegante, era un cuchito que ya estaba de hogar geriátrico, pero como que la productora era del man y entonces él era el protagonista o ni mierda y se llamaba Barnaby Jones. Tony Bareta era un raya como burrito, que se disfrazaba de abuelita para atrapar raponeros. Tenía de pareja una guacamaya blanca, que parchaba en su hombro, como si fuera un pirata urbano; Otro aficionado a los animales, era un camionero que tenía de pareja a un chimpancé, pero se me olvida el nombre… Yo no he dicho zoofilia en ningún momento, pero no veo por qué no pudo un hipotético detective privado colombiano tener de pareja una burrita. Hubiera sido sensacional esa parejita en Beverly Hills.

Bueno, Steve Mc Garret la montaba en Hawai; Mánimal se convertía en cualquier animal, desde una lombriz gástrica, hasta un brontosaurio. Steve Austin era un casanova que echaba gafa todo el día con su ojo biónico y saltaba como un sapo; además salía al trote a tirarse todo, cuando pillaba algún torcido a lo lejos. Los Magníficos eran cuatro paracos que se la pasaban matoniando por toda la yiunait, en una chimba de van negra, de la que leí por ahí en una revisteta criolla, que fue exportada desde Medallo, directo y sin papeles para Hollywood. Entre el Auto fantástico iba un man todo pintica que no hacía nada, porque el fantástico era el chéchere y siempre resolvía el caso; hasta sacaba de problemas al mancito. Magnum andaba en un Ferrari rojo chicaneando por la playa, mientras no estuviera por ahí el marido, que era el dueño del Ferrari y mejor dicho el dueño de la plata; Jammie Summers, la mujer biónica, cuyas cirugías salieron por un ojo de la cara, se la pasaba parando oreja y cuando oía algún torcido, toda chismosa, como Steve Austin, salía al trote a dañar la vuelta; en fin, toda esa prole me privó de muchas otras experiencias.

Enlatados importados de Estados Unidos era casi lo único que nos programaban. No nos quedaba otra opción que consumir series enlatadas. Con apenas dos canaletos, el siete y el nueve, no había otro hobbie menos productivo que ver a David Banner agigantarse por encima de los chiros, que hacía añicos el desagradecido, y experimentar una especie de metamorfosis, o fotosíntesis mejor, porque todo rabón, ese científico vago e hiper susceptible, se ponía verde de la ira cuando medio se emputaba. Y entonces tocaba aguantársele las pataletas, o volvía todo una mierda. Era increíble cuando le sacaban la piedra.

Atornillado me la pasé a mi sillita, para poder ver muchas otras ofertas. Me gustaban las aventuras de Mork del planeta Ork, y Mindy del planeta Tierra. Le rompí todos los carros a mi papá, y a otros pacientes, porque desde niño todo lo que soñaba era ser el duke mono de los Hazard y meterme en bombas por la ventana, para arrancar en pura hijueputa, huyendo del alguacil. No tenía que huir de nadie, pero los pichirilos de mi cucho siempre quedaron pérdida total.

Ya me acordé del camionero del mico. Se llamaba B.J. Mc Key. Soportábamos hasta con agrado, en medio de la resignación, las vicisitudes de La familia Engals. Los interminables hasta mañanas de los Walton. La peleadera por las lucas de la familia Carrington, en Dinastía. Las estupideces de Gilligan, en la Isla del Tesoro. Los dramas adoctrinados de Mash. La Barbie en cucos, con sus hermanitos negros recogidos en el Bronx, todos hijos de míster Benson. La exótica relación sentimental de míster Rourke con Tatoo, el enano, en La isla de la fantasía. Un buque lleno de hembras y perico, en El crucero del amor. El viaje de ácidos en Tierra de Gigantes. La lucineta de Perdidos en el espacio… y en fin. Aunque sí fue un Viaje a las estrellas el que experimenté, por tirármelas de Llanero solitario, ahora siento que estamos Perdidos en el espacio, en una Dimensión desconocida.
Y así. Luego de devorarme los inmejorables frijoles caseritos que nuestra madre religiosamente se fajaba, me sentaba a esperar que terminara la agobiante sarta de comerciales y poder ponchar a mi ídolo, mi parcero, el astronauta Steve Austin, quien fuera de que tenía las quimbas biónicas, también tenía un brazo y un ojo nucleares, con los que enfocaba todo lo que Óscar Goldman, su jefe, le decía que enfocara. Siempre se trataba de un enemigo tenaz para su país. El mismo país que hizo la serie, con el didáctico fin de vendérsela al colombiano que nos la puso en el cuarto de nuestros cuchos, los sábados a las dos de la tarde. El man era un astronauta que salió costando la módica suma de seis millones de dólares, debido a la sencilla razón de que no supo pilotear tremenda nave y se desculó a match tres. Yo sentía cierta solidaridad con el man porque al man también se le volvían mierda las naves, como a mi papá. Lo que nos salió muy caro a todos los contribuyentes fue la reparación de Steve, que quedó parapléjico. “Pero lo reconstruiremos –decían al principio de cada capítulo-. Poseemos la tecnología para convertirlo en un ser superdotado”. Superdotado Asprilla. Y lo peor para el tercer mundo, es que, como salió todo propio de cirugía, montando la suya, le dieron licencia para cascar, moler, matar, patear y quiñar a todo aquel o aquello que representara una amenaza para su país.
En fin…

A pesar de que de todos modos me la sodaba viendo cómo se iba desenvolviendo la madeja de las tramas en aquel mundo misterioso de los detectives privados gringos, y todo ese parche de monos mentirosos, porque actuar es mentir, cuando me empecé a mamar de toda esa parafernalia mi electrodoméstico preferido comenzó a ser la radiola. Reconozco que más de una oreja debió quedar ciega. Más de un ojo jamás había escuchado esa palabreja. Radiola. Oigan para que vean. Marca Motorola. Severa. High Fidelity. High Quality.

Todas las mañanas nuestra madrecita se levantaba a brillar todo aquello que fuera medianamente susceptible de ser pulimentado. Antes de irse a trabajar, esa señora, que es una santa, ya le había pasado con denuedo el trapo del polvo a todas las mesitas, estantes, repisas, pantallas, cuadros, adornos, muebles, y ya había también sacudido las carpetas sobre las que posaban sus inmaculadas porcelanas Capo di Monti, con bordecitos de oro golfi, que no se podían tocar. Era mejor ni mirarlas.

Las baldosas del piso permanecían inmaculadas a punta del tal carnauba que el comercial de la costosa cera mansión garantizaba en un treinta y tres por ciento potencializado, y el precio rebajado a la mitad. No solo podíamos sacarnos los barros y las espinillas cogiendo de espejo ese piso, si hubiéramos querido, sino que hasta de plato nos hubiera servido en caso de que hubiéramos tenido la necesidad. La asepsia de esa casa era un ejemplo de otra de esas ideas obtusas que nos sembraron en la mente, que nos hace creer que entre más limpio más puro. Yo sé que la higiene y el aseo nos acercan a Dios. Claro. Pero conozco un bellaco que huele a Antonio Banderas, aunque es una bandera y me llamo Antonio.

Por donde iba pisando, tras de mí, traía siempre activado el trapo del piso, que no era otra cosa que una escoba común y corriente, con un saco de lana viejo bien amarrado a la base. Tenía un nombre esa herramienta. Mami lo llamaba trapo del piso. Y pues nosotros también. Una especie de mopa casera. Yo no tenía permiso de dejar el impresentable rastro de mi existencia, en las huellas que mis sudorosos pies iban imprimiendo, en complicidad de mis medias pecuequientas. Era preferible pecar en otro lado.
Gustavo Mancera me había regalado los cuatro elepés de acetato de los álbumes rojo y azul de los Beatles, y al fin empecé a escuchar algo diferente. Algo lejano y bueno. Para mi compañero de clases yo merecía ese gesto de aprecio, pues acababa de demostrarle ser un buen bitólmano, al haberle hecho pagar a mi cucho la recientemente lanzada versión de Twenty love songs, que esos mechudos publicaron y llegó desde Abbey Road, en Londres, a través de Venezuela, a nuestra exótico altiplano.

Mancera me obsequió sus álbumes solo si le prestaba el que papá me regaló. Para mí esa compra no era nada del otro mundo. Pero ese disco, por el que papá pagó setenta y seis pesos, transformó mi mundo. Empecé a habitar este universo que vivo hoy y ahora. Por culpa de esos peludos con carita de niños bien, comencé a cambiar de hábitos. Mi pensamiento adictivo me botó a un sendero en mi cerebro, por donde cogí ciegamente detrás de mí. Y aún me sigo buscando, but I still haven’t found, what I’m looking for.

Fue en Cafam de La Floresta, que a principios de aquel agosto estábamos haciendo el mercado en familia, cuando de pronto vi aquél ele pe. Sencillito. Lindo. Tenía en la portada un cuadro dibujado por un niño, o más bien una pintura en la que aparecían los Beatles como si fueran niños. No sé. Se veían niños. O tal vez pintados por niños. En fin. Me gustó lo que vi. El ele pe de acetato estaba de primeras en el mostrador de discos. Detuve el carrito de los víveres para mirar qué canciones tenía. Estaban Yesterday, Love me do, Strawberry fields for ever, And I love her… Sabía más de marcianos que de rock. Lo único que me habían advertido de niño, es que a los que les gusta el rock, fuman marihuana. Eso era una ley universal. De resto, nada más. Yo me pregunté: ¿Y esos bacancitos que parecen niños, con caritas de yonofuí, fumarán marihuana?

—Papi, cómprame este disco…

Papá se emocionó porque en vez de que yo le pidiera alguna camiseta o unos tenis o cualquier otra maricada innecesaria, le pedí que me comprara ese pedazo de plástico redondo negro, no reciclable, como si se tratara de una de las necesidades básicas de nuestra canasta familiar. A papá le gustaba que consumiéramos cultura. Mucha cultura. Pero no creo que esperara que solo de la cultura pop anglosajona derivara nuestro único sustento. O que gracias a los Beatles, y de ahí para acá toda la psicodelia que me obsequió en libros, películas, casetes, afiches, discos, parlas, farras, ajá, yo terminara volviéndome marihuanero. Nadie vio venir ese tren.

No olvido que nunca esperaba tanto reconocimiento de nadie. Menos de Mancera. Serio. En realidad mi criterio musical había estado entrando en una especie de decadencia, bastante fluctuante por cierto, debido a que no sabía con exactitud si en realidad todavía me gustaba como Elio Roca cantaba Noelia, Noelia, Noelia, Noelia, Noelia, a, a. O si aún me emocionaba, como se emocionaba mi primo Cuqui, cuando escuchábamos a Armando Manzanero arrastrar Esta tarde vi llover, vi gente correr, y no estabas tú, entre sus dientes presos de su lengua tímida, y su piano aletargado pero leal.

Entonces empecé a pasarme las tardes infinitas ante la radiola, escuchando esa música en la que hasta ahora me estaba iniciando. Me estaba zafando del tetero del vallenato, el bolero, el chucu chucu, el tango, el pasodoble, el vals, y todos esos aires con los que nos amamantaron nuestros padres. Con el tiempo esos acordes evolucionaron en otra musiquilla un poquito más cursi, que quién sabe a qué tipo de atrevida se le antojó denominar dizque música para planchar ropa. Pero personalmente, lo acepto, me gusta planchar mi ropa. Mi camisa. Mi pantalón. Hoy planché lo que llevo puesto. Sentí un contacto extraño con Flor, nuestra primera empleada doméstica. Planchaba toda nuestra ropa. Hoy creí que el comando de la plancha hirviendo, empuñada por mi mano derecha, lo llevaba ella. Pero lo mejor de planchar lo que visto, es que me gusta hacerlo con esa musiquita que ahora es vieja, esa que es la única música que me gustaba de niño, y que aquella atrevida bien clasificó. Estoy viejo.

En Radio Tequendama, la emisora joven que mi hermana sintonizaba todo el día, programaban una gama infinita de canciones almibaradas, que empezaron a construir un entorno inaprensible en mi mente, con respecto a lo que yo estaba entrenado para creer que era amar. Nos hicieron creer que eso que cantaban estos mancitos, y algunas nenas por ahí, era exactamente lo que significaba amar. Que para saber amar, era inconcebible desdeñar los afortunados contenidos de las tragicomedias, o culebrones venezolanos y mexicanos, que pasaban por nuestra televisión, antes de importar la infraestructura suficiente para crear nuestros propios culebrones y poder presentar nuestra propia idea de eso que llaman amar. Lo que los adultos ya habían convenido en determinar lo que es eso del amor. Estar enamorado es descubrir lo bella que es la vida… cantaba Raphael. Pero nada. Para algunos es al revés, la vida es un desastre cuando no están enamorados locamente. Y sufren porque sí y también porque no.

Esa emisora tenía un programa que se llamaba El Patico discotequero, en el que pasaban música disco, un nuevo género para mí, que venía de las discotecas de Nueva York. Fue gracias a esa emisora que yo fui conociendo el mundo gaseoso de la farándula. El mundo de furor que traían esos grupos y cantantes gringos al transistor de mi hermana. Pero ese rumor de rumba del patico discotequero salía del cuarto de mi hermana por las noches nada más, cuando lo transmitían.
Mis tardes eran reglamentarias en la sala de la casa. Me apoderaba de la radiola, del sofá y de los audífonos. Estaba a menos de una semana de cumplir quince años. Ya había escuchado a Alfredo Krauss y seguía Nikita Acosta. Era una extensa y aburrida paleta musical la que acompañaba mis tardes melancólicas. Hasta Richard Clayderman me atormentaba de vez en cuando. Todo en mi mente estaba en desorden, y en mi corazón peor. Trataba de descubrir qué me quería decir John con eso de I’m not half the man I used to be. Ni siquiera estaba tratando de sacarle la letra. Solo quería vivir una nueva vida auditiva, dentro de un Yellow submarine, tal vez, con un papelito de Lucy in the Sky with Diamonds, en un Magical Mistery Tour, Across the universe.

De repente entró mi hermana en la sala. Traía a un tal Chipolo de la mano. Detrás venían Toya y Amanda. Después fue que supe que Chipolo era, como Mario Cruz, una leyenda del baile en las discotecas de moda del norte de Tabogo. Era famoso en el minimundo de esa farrándula. Lo vi alto. Delgado. Bien parecido y más bien estilizado. Traía un pantalón cremoso con prenses desde la cintura hasta la rodilla, que hacían creer que la tela caía como una bolsa hasta la canilla. Con comodidad. La línea parecía demasiado amplia, pero era elegante y perfecta. Terminaba en una bota angosta. Llamábamos baggies a esos pantalones. Por su aspecto de bolsa recibieron ese nombre. Como la bolsa del pan. La de papel. Los usaban más que todo las mujeres.
La moda siempre ha sido importada y por esa razón a ese tipo de diseño le correspondió ese nombre. Baggie. ¿Qué tal? Me imagino la gente adicta a la moda diciéndole bolsa a un jean. “No te queda muy bien esa bolsa, Pili”. Qué oso, diría Patty. En cambio Baggie… Baggie era distinto. Baggie era perfecto. Resultó ser un término muy fácil de aprender y de adoptar. Como todo lo gringo en esa época. Todo lo que fuera en inglés siempre sonaba mejor. Más práctico. ¿O.K?

De dónde son tus zapatos, preguntaban unas chinas a otra en un comercial de teve. Los traje de Miami, respondía. Pero ahí mismo aclaraba: Mentiras, mentiras. Son Jazz. Esos tales Jazz a la fija eran unos chagualos todos ordinarios y de mala calidad, que fabricaban aquí en Colombia. Industria nacional. Todo lo gringo era mejor, más bueno. Era hermoso. Como los gringos. Todos lindos y bellos. Algo que todos soñábamos, ya que por más que nos esforzamos no logramos llegar a ser gringos, era tener juguetes, cosas, sobre todo corotos y ropa traídos del país del águila. O del viejo continente. Con cocodrilitos en el pecho, o el logo de la marca del cigarrillo de mayor venta en el mundo, o un jugador de polo al que nunca he podido saber si es que ya le dio o es que hasta ahora le va a dar al tejo, porque ese tejo jamás lo he visto por ahí.

El pantalón de Chipolo para mí era hecho a su medida aquí en el altiplano cundiboyacense. Por alguna razón no se veía del todo femenino. Algo lo hacía ver viril. Tal vez el corte tajante de los bolsillos. Era un pantalón ancho de la bota para arriba y le quedaba bien puesto. No lo lucía. Él se exhibía en ese pantalón. Un pantalón exagerado.

Traía anudado al cuello un suéter Shetland de lana azul, que hacía resaltar el original corte de pelo que tenía. Durante muchos años, quienes fuimos esnobistas en los ochentas, llevaríamos a pesar de los bruscos cambios de la moda impredecible, semejante peinado. Por ahí ha sobrevivido el estilito. Se lo he visto a más de un convencido de la estética exuberante y definitiva de ese prototipo. Tengo en mis recuerdos la vaga imagen de que ese corte fue un modelo importado, porque, si no estoy mal, a ese peinado como tan elaborado lo llamaban el corte paisa. Bien bajito a los lados, para que quede en el recuerdo, y geométricamente podado hasta la altura de la sien. A veces rasurado.
Remataba look tan rimbombante, una pelota encima de nuestras testas. Los que nacimos de pelo crespo, chuto, medio chuto o quieto, que a decir verdad la gran mayoría, parecía más que llevábamos puesta todo el tiempo una especie de corona engreída, confeccionada de esponjillas bom bril, que nos hacía ver gadafalarios. ¿Me copian? Una suerte de cresta agresiva se proyectaba desde el frontal hasta el occipital, en el origen de la nuca, y finalizaba en una larga colita atrás, a veces cursi, a veces re que te cursi, a veces en el centro o a la izquierda o a la derecha, que muchas veces vi teñidas de diversas y coloridas tinturas mixtas.

Me atrevería a afirmar que ni siquiera fue importada de Medellín esa moda. Peinado tan exitoso solo pudo ser producto de la suma de dos vertientes extranjeras de la moda. Por un lado, se me antoja que la propuesta amenazante de cresta que lucíamos, fue heredada del último mohicano de Norteamérica, o de los anárquicos punk británicos; y por el otro lado, estoy seguro de que el pelo largo atrás es resultado de la nostalgia de los ideales hippies asociados al peace and love. Un tocado ideal para la paz y para la guerra.

Pero yo no miraba a Chipolo a la cabeza. Ni a los ojos. Ni a la camiseta azul que traía puesta. Tampoco estaba concentrado en la chimba de pantalón. Eran sus zapatos los que mis ojos codiciaban. Blancos y cotizados, parecían auténticas baletas de bailarina, pero con cordones. La suela ni se veía. Brillaban. Yo no podía parar de mirarle esos pisos. Tenían un tacón pequeño. El brillo que emitían no era por betún alguno aplicado, sino por la textura sintética del material.
Cuando me saludó, me miró como si hubiera visto un moco verdoso en su baggie color caqui. Yo estaba recostado en el sofá. Oh I believe, in Yesterday, cantábamos Paul, John y yo. Trataba de entenderle la letra al que para muchos es un villancico celta, cuando irrumpió mi hermana en la sala con el tal Chipolo.

— Le presento a Chipolo—, me dijo bruscamente, con ese aire imperioso y autoritario con el que nació llorando.
Estaba nerviosa por mí. Yo no era ese tipo de sardino del mundo al que ella pertenecía. Un universo en el que la mayoría vivía imbuida en el planeta de la moda. Yo vivía en otra atmósfera que tendía hacia la izquierda más que a la derecha. Tenía puestos mis bluyines Caribú, un par de botas Grulla y una camisetica de Coltejer. Todo producto de la pujante industria paisa. Mi hermana, a tan temprana edad, ya conocía todas las marcas de las cosas finas y costosas y todas las cosas finas y costosas de marca venían de Europa o de Estados Unidos.

—Hola, mucho gusto. Felipe—, le dije al tal Chipolo.
Mi hermana levantó el brazo del tocadiscos, paró la música de los escarabajos ingleses, en un mal momento para mí, y me dijo que Chipolo tenía algo que decirme. El man se desanudó el saco del cuello, miró alrededor escudriñando cada uno de los detalles sin polvo de la casa. Todo parsimonioso. Me pidió que me pusiera de pie. Lanzó el saco al sofá. Me midió con la mirada y le dijo a mi hermana casi gritando que yo era más enano de lo bajito que ella le había dicho que yo era. A Patty se le desencajó la mandíbula. Yo no entendía qué querían. No me habían dicho ni mu. Cuando mi hermana subió por allá al cuarto de ella, el man me preguntó:
—¿Sabe bailar?—
Cada vez que íbamos entrando en confianza, lo sentía menos petulante de lo que me pareció con la primera impresión que tuve. Me resultaba insolente más su aspecto de dandy criollo, a mi manera de sentir, que su auténtica naturaleza de artista. Pero tenía la fiel estampa de Fred Astaire. Su voz me hizo sentir que era más amigable y comprensivo de lo que ni él mismo creería que podría llegar a ser.
— Pues el bunde tolimense, el sanjuanero del Huila, la contradanza del Pacífico, la cumbia del Caribe, el Kazachok ruso…

Ya iba yo a seguir mencionándole todos los aires colombianos y hasta extranjeros a los que mi hermana me sometió como pareja suya desde que éramos niños, pero Chipolo se quedó mudo un segundo, como si lo hubieran insultado en mandarín, y luego soltó la carcajada. Yo también me reí, pero no supe de qué y me puse rojo como un tomate.

— No me refiero a esos bailes, chino. No sea tan pelle. Disco, disco… ¿Sabe bailar disco? —
La pregunta quedó flotando en el ambiente porque de disco no sabía ni jota. Mi hermana apareció en ese instante sórdido con el elepé de Kool and the Gang. Unos negritos que tocaban una musiquita como cool. Ella había empezado a asistir a unas rumbas por las tardes, a las que acudía sin falta después de salir del colegio. Se llamaban disco partys y guardaban cierta semejanza con las que hoy se conocen como chiquitecas. En un ambiente inadecuado, yo alcancé a reunirme, no más de diez veces, tal vez, a compartir con hordas de menores de edad una música y un baile que trastornaron por unas semanas mi apacible existencia. El disco.

Ya me había dado cuenta que mi hermana tampoco fallaba frente al televisor los jueves a las seis de la tarde, para ver si se ponchaba a sí misma en Baila de rumba, el programa de concurso presentado por Alfonso Lizarazo, que se grababa en Río. Una de las discotecas a las que ella acudía fervorosamente. Los mejores exponentes de los bailes de moda de la época pasaron por ese programa. A mí empezó a gustarme la competencia del baile porque me proyecté en esa situación tan gloriosa. La de ganar el concurso de los billis. Uno bailando y todo el mundo mirándolo a uno.

Mi hermana ya soñaba con ser una de las supernotas del Show de Jimmy Salcedo. Unas bailarinas que para entonces nos parecía que salían con muy poca ropa en el musical de televisión que más éxito tenía en aquella época. Ya había pasado por el elenco de Fanny Mickey en La gata caliente, con apenas quince años, y ese logro era la envidia de sus amiguitas del barrio. Empezó bailando en la Casa del gordo, que era un restaurante show del gordo Benjumea, grande y de muebles rústicos. Allí inició su carrera como a los trece, para cuando me la quité de encima con el video ese de estar preparándonos a todo tiro que para un concurso, que para el otro, que el bazar de nosedónde, que las empanadas bailables del colegio de sisemás… Cuando pensé que ya me había descaspado a mi hermana con su interminable video ese del baile, apareció la bendita música disco, justo en la radiola de mi casa y espantó a mis escarabajitos por un par de semanas.
Ella estudiaba el bachillerato en el colegio IDAP, que era el colegio de la Universidad Nacional. Donde yo estudiaba había danzas, pero yo me había inclinado más por la música instrumental que por otra educación estética. Con mi hermanita ya tenía suficientes danzas. Y ahora quería montarla de disco.
— Vea, chino, lo que pasa es que el próximo mes viene el concurso de grupos de baile en la discoteca Río y pues graban para Baila de rumba a los finalistas y queremos salir los cuatro con una coreografía que yo me sé, y pues si quiere, podemos meterlo en el baile-, me soltó al fin Chipolo la papa caliente.

Como al son que me toquen bailo, ellos sabían que conmigo contaban. Aprenderse todos los pasos de una rutina, hacerlos bien, con compás y gracia, es algo que no hace cualquiera. Por eso la turba se reunía en las discotecas a mirar a los que sí sabían hacerlo. A Mario, a Chipolo, a la Paisa, al negro Javier. El baile es algo inexplicable. Viene de adentro. Sale del alma. Desde lo más profundo del espíritu. Y bailar es para mí ese trance incomparable en el que entramos a liberar ese animal que llevamos dentro. Nos movemos mágicamente, transportados a nuestros orígenes ancestrales, justo como homínidos anónimos en la fogata de la eternidad, al son del tambor, del cuero, de la cañita. Cada una de nuestras células tiene derecho al movimiento que la música nos inspira. Párate y danza que la vida se te acaba… Ay, hombeee, ¡güepa jé!


Último gol

Pincho vive en La Picota. Una penitenciaría que queda al sur de Bogotá. Hoy vine a visitarlo. Aquí está desde el veintiuno de Mayo de dos mil nueve, cuando lo atraparon en el Boulevard Niza sustrayendo de una oficina un celular de los últimos de ese entonces, un V3 Motorola blanco, y un bolso de cuero rosado con poco más de trescientos mil pesos.

Había salido a trabajar común y corriente ese día. Estaba en el tercer piso del centro comercial, paseando por la zona de la administración, que es una zona pulpa para la actividad a la que él se dedica, cuando de pronto frente a sus narices vio cómo una señora bajita salía brava de una pequeña oficina, blandiendo en la mano una rama de papeles y murmurando vulgaridades. De la furia que llevaba, casi deja giratoria la puerta.

¿Sin seguro?; ¿habrá alguien adentro?; ¿tendrá sensor de movimiento?; ¿habrá algo que valga la pena? Ese es el tipo de preguntas que en una micra de segundo se formulan en la mente de Pincho automáticamente. Se dispara una suerte de switch instintivo, del que depende su subsistencia. Las que son malas noticias para ti, pueden ser buenas noticias para mí, le dijo a su dueño un ave cautiva en una jaula de oro, muy lejos de su nido. Su agudo olfato de sabueso con pedigrí, más incisivo que el de cualquier gozque callejero, le indicó que se devolviera. Le metió rever y, cómo no, ahí estaba el botín.

Procedió al hurto. Diez segundos. Tomó el celular de la mesa, el bolso de la silla y cuando ya creía que estaba coronando, lo poncha un sujeto alto de camisa blanca como nervioso, flaco y ligero que iba pasando desprevenidamente en ese preciso instante por delante de la oficina. Venía detrás de él. No lo advirtió. Acabaría de salir de una oficina ahí pegadita a la del gol.

Se ha quedado mirando el bolso rosado el tipo flaco mientras va pasando frente, como si lo reconociera, y en el momento en que Pincho se lo está mandando a la axila, por dentro de la chaqueta, flaco y Pincho se miran a la cara y justo termina el flaco de pasar por delante de la vitrina. Se da cuenta de una de lo que está pasando y ahí mismo empieza a acelerar el paso. Pincho se le va detrás de una, como diciéndole con la adrenalina:

– Quiubo, sapo, ¿dónde y con quién es que se va a ir de sapo?

Entonces el hombrecito se mete de afán en otra oficina que quedaba ahí adelante, pálido y temblando. Pincho, que sabe meter miedo, se detiene con parsimonia en todo el frente de la oficina donde se metió el flaco y se queda mirándolo por unos segundos fijamente a través del vidrio. No se atreve el flaco a levantar la cabeza y mirarlo a los ojos. A pesar de que había más gente ahí, ni se mosqueaba. Cuando se atrevió, ya Pincho se había esfumado.

Pincho es tan de buenas en sus vueltas, que en una primera retención que le hicieron los vigilantes, con requisa y toda la vaina, estando ya en el primer piso, porque el sapo se fue de sapo, no lo pillaron. Se había alcanzado a descargar del bolso rosado en el baño y como tiene aspecto de ser un man bien, que siempre está bien vestido, no le vieron nada de raro que tuviera esa suma de dinero y ese celular encima. Se comunicaron a través de sus radios todos los guachimanes, montando show en el operativo, pero ahí mismo lo soltaron a treinta metros del baño.

Sin embargo, cuando ya estaba alcanzando la salida que queda al oriente, por la carrera cincuenta y cuatro con ciento veintiocho, justo en la entrada principal de Campania, fijo pensando en una hamburguesa del corral, una coca cola fría, una botella de whisky más tardecito, unas vichas de basuco y una bolsa de dog chow para Luna, lo sujeta con fuerza del brazo un guachimán que no se sabe de dónde salió, y:

– Venga para acá, caballero.
Lo tenían pillado, detectado, ponchado, radiado y televisado. Encontraron el bolso tirado en el baño de hombres entre una caneca llena de papel tualé. Lo detuvieron justo unos pasos antes de que pisara la salida del centro comercial.

Ya estando dentro de las bodegas donde meten a los pillos que atrapan bajándose algo, con el fin de cascarlos mientras llega la policía, se enganchó con uno de los guachimanes del centro comercial y cuando el man le metió el primer bailao, Pincho le puso los dientes, porque no tenía qué otra cosa más ponerle. No le iba a poner el ojo, o la mejilla cristianamente.

Lo tenían agarrado de los brazos con llaves de judo entre dos guardias y pensaron que lo iban a quiñar breve. Se lo pusieron papaya al más cuajado, y cuando ese guachimán manda con todo el hombro una trompada, Pincho ya la tenía medida y la estaba esperando. El hombre aprendió a recibir los golpes con el swing del puñetazo en el filo de los dientes. Con eso le digo todo. ¿Será que ha tenido que pelear algunas veces el joven?

Apenas se escuchó un grito sordo y un ¡ay, jueputa! Le abrió todos los nudillos de la mano izquierda con esos dientazos. Era zurdo el pobre guachimán. En el centro comercial todo el mundo creyó que eran los gritos de Pincho. Pero no pudieron intervenir para averiguarlo. A veces la gente sin saber nada se mete a defenderlo, presa del teatro que sabe ejecutar muy bien el señor actor, mi amigo Pincho. Esta vez no fue así.
Hay algo curioso en el teatro de los victimarios que se tornan víctimas. Paradójico, mejor. Cada vez que en Bogotá atrapan a algún guache que acaba de robarse algo en la calle, pasan dos cosas: Primero, cuando el ladrón para su desgracia no lleva ni navaja ni pistola ni cuchillo ni machete y la víctima en medio del desconcierto se decide a gritar mientras la están robando, o apenas sale disparado el ladrón:

– ¡Me robaron, me robaron!-, salen instintivamente dos, tres, cuatro, cinco, diez voluntarios de lo más valientes y fogosos a revirar por quien gritó. La ecuación determina que entre más voluntarios, menos valientes. Apenas lo pescan en carrera de cien metros, como galgos detrás del falso conejo de palo, lo encienden entre todos a pata en el piso con auténticas ganas de lincharlo y cobrarle de paso todos los robos de los que han sido víctimas hasta sus parientes en quinto grado, y en los que lógicamente no capturaron al conejo. Fácilmente pueden cobrarse cien deudas entre diez pingüinos a un solo moroso en medio minuto; que, valga decir, no necesariamente tiene por qué representar a todo el gremio de bribones como para molerlo a pata por una cadenita o un celular.

En ese momento viene la otra reacción: se asoma una cucha altruista por un ventanal de un tercer piso, con una mascarilla de pepinos espantosa, en bata, empiyamada y con rulos en la cabeza, y comienza a gritar más duro que la misma víctima del robo, que los valientes que se encarnizan, y que el mismo ladrón, que empieza a llorar a grito herido y a moco tendido pidiendo auxilio:

– Me están matando, me están matando.

Y la cucha:

– No le peguen, no le peguen más. Por favor. Llamen a la policía y si quieren y encarcélenlo, métanlo preso, pero no le peguen. Por favor. Vean que él roba es por pura necesidad. ¿cierto, mijo?

Pincho alcanzó a actuarse una corta escena de su cosecha de acción, terror y suspenso antes de que lo metieran en la bodega. Eso fue en el mismo medio minuto que dura esa vuelta. Parece inherente a todos nosotros los seres humanos tratar de aparecer inocentes cuando nos atrapan en alguna maldad, en un engaño, porque todos hemos engañado, y, como lo haría cualquier cachorrito que se ha comido el zapato nuevo, nos presentamos como víctimas. Descaradamente. Sin embargo, lo metieron sin compasión al área restringida y pasó lo de la mano del guachimán.

“Al rato llegaron los tombos –me empieza a contar Pincho en la celda, con cierto desgano-, y nos llevaron primero a Medicina Legal, porque los dos estábamos cascados. El guachimán y yo. Yo le había metido su cabezazo cuando me dijo que a él nunca le habían tocado la cara. De todos modos allá lo convenzo de que no me ponga el denuncio, porque el tombo había pelado una patecabra y le había dicho que me pusiera el denuncio de que yo le había abierto la mano con esa navaja y no como había sido, con los dientes en el momento del puñetazo. Ellos eran los que me estaban agrediendo de primeras. Cuando llegamos a Toberín, el guachimán me dice: Uy, allá está mi supervisor, qué pena, si me dice que lo embale, paila. Me toca embalarlo. Yo tengo hijos y yo con la comida de mis hijos no peleo. Hágale, le dije yo. Si puede hacerme el favor, pues le recomiendo.

“Al otro día me sacan a la indagatoria y me dicen que si yo acepto los cargos. Yo me decido por decir que aceptaba los cargos con la esperanza de que el guachimán no me hubiera puesto el denuncio. La fiscal me dijo: si me acepta cargos, yo lo dejo ir. Entonces yo le dije sí, yo le acepto los cargos. Yo sé que soy responsable de mis actos, de mis hechos. Entonces démosle inicio a la indagatoria, dijo la juez. ¿Usted sabe por qué viene?, me preguntó. Y yo, sí. Yo sé por qué estoy aquí. ¿O sea que me acepta los cargos? Y yo, sí. Le acepto los cargos. Cuando empiezan a leerme los cargos por los que yo iba, casi me muero. Por hurto agravado y calificado, con lesiones agravadas. Llamado de doce a dieciocho años de condena. Esa no es una condena excarcelable. Entonces yo le hacía ojos a la juez diciéndole con la mirada que por favor se apiadara de mí. La fiscal le dijo que me concediera el principio de oportunidad. Me pude librar ese día. Me dejaron ir”.
La entrada a esta cárcel miserable fue más por el incidente del vigilante que en razón del robo; porque la tipa dueña del bolso rosado y el celular, por no perder las cosas, no puso la demanda. ¿Cuál mujer, me pregunto, no se rehúsa a perder un bolso de cuero rosado? En este país es mejor no demandar el robo para no perder en el proceso los objetos que muchas veces recupera la policía. Más se pierde en la demanda. Por eso es que nadie demanda los robos callejeros, los raponazos, el vil atraco, el escapeo, el cosquilleo; y, claro, las estadísticas peregrinas de la policía hablan de diez robos cada media hora, cuando fueron al menos cien, señor agente.

Fue por eso que Pincho cayó a esta cana. La Picota. Patio uno, pasillo dos, celda treinta y seis. Dos años después de gozar de libertad del incidente del bolso y el celular, Pincho es atrapado de una manera casi infantil. Por paniquiarse. Tenía que presentarse ante las autoridades penitenciarias y pagar una indemnización por los hechos y quedaría listo. Pero no lo hizo.

Pincho decía siempre otro nombre cuando lo paraba la policía. Un nombre y un número de cédula falsos. O no falsos, sencillamente de otra persona. Esos datos que dio ese día, pertenecen a un rata re sapo que odia y del que tenía que vengarse de alguna manera, porque lo traicionó. Un tal Javier. Pero el mundo es tan pequeño, que el rata es liso como un jabón y se rodó hasta aquí por robo. Hoy vive en el patio de al lado y ya limaron asperezas. Ha sido un largo e intenso dolor de güevas.

Pero el día que entra en la cárcel, La Fiscalía determina en las oficinas de la Afis su auténtica identidad, es decir la de Luis Gonzalo Araque. Es a la hora de tocar el piano, que es como se refieren aquí al proceso de la prueba dactiloscópica, en la que imprimen con tinta negra la huella dactilar de cada dedo en un papel. Ahí le cayó el proceso por lo de la mano del guachimán, y después un proceso que tenía pendiente por haberse bajado varios años atrás una caja fuerte en la casa de los ardillas. Ya identificado, es que determinan tomarle la foto con el escapulario. Me refiero a la reseña carcelaria que la Fiscalía General de la Nación les realiza a todos los que cometen un delito y tienen que pagar una condena. Aquí la denominan el escapulario. Se trata de esa tabla negra con el nombre y la cédula en letras blancas que ponen a cargar a la altura del pecho o les cuelgan del cuello a los reseñados, para que les tomen la foto que los identifica como criminales que viven dentro de un penal. Me imagino que lo hacen para alimentar el banco de datos, o el eminente archivo de delincuentes de la Nación, que tiene que ser extenso, interminable y últimamente cada vez más abultado de personajes distinguidos.

Ya en las cárceles no quieren reseñar más gente porque es que no hay dónde meterla. En el pasillo que tengo al frente, que es inhóspito como la u pe jota, duermen unos cincuenta. Los cuatro que duermen en esta celda son unos privilegiados. Una ley muy reciente permite la salida de nueve mil internos, con el fin de descongestionar las cárceles del país. Pero es para poder meter a los veinte mil que están delinquiendo sin freno, cuando los atrapen. Si es que los atrapan. Y Pincho nada que sale. Ya me habían dicho que iba a salir, que en navidad, que pronto, que ya casi, pero nada… Esa cárcel es una sola torcedura con el video de las salidas. Todo lo que quieren es plata. Es por lo único que funcionan. No hay peores colombianos en las cárceles de este país, que los que las dirigen.

A veces esas fotos de delincuentes con el escapulario al cuello aparecen en la prensa. Las publican los dueños de los periódicos para burlarse de los malvados importantes que se dejan atrapar. O para mitificarlos sin querer. Una de las fotos que le sacaron a Pablo Emilio Escobar Gaviria con su escapulario, apareció en El Espectador. En ella el capo paisa tiene una mirada torcida y una sonrisa tan ladina, que de seguro expresa lo que pensaba de una cárcel en Colombia. “Si todo lo tengo aquí, y me quieren guardar, qué o quién me impide tener mi propia cárcel”. Y la hizo. Y la habitó. Y le hizo su propio túnel de escape. Y como si fuera una película de mafiosos filmada por él mismo, se fugó por el túnel de la cárcel de su propiedad. Mientras a unos los atrapan, otros se escapan. Es la ley de la vida.
“A mí me cogen dos años después del video del Boulevard Niza –sigue su relato Pincho-. Yo ya estaba viviendo en la diecisiete abajito de la Caracas, en toda la olla. La perrita empezó a joder porque quería salir a orinar y yo me estaba fumando mis tales. A pesar del pánico en que yo andaba, la saqué. En esa vuelta a la manzana, ya había pasado por un negocio en el que como quince días antes me había metido porque estaba muy matado. Me alcé un bolso con tres millones de pesos de ese local, en donde venden solo refrigeradores. Yo sentía eso que uno siente cuando lleva unos ojos mirándolo en la nuca. Cuando llego a la esquina, me volteo y veo dos mujeres y un man en la otra esquina y pillo que el man me está señalando. Entonces yo me devuelvo a mirarlo feo de puro conchudo. Debí haber seguido mi camino para mi pieza con mi perrita. Pero no. Me les devuelvo. Cuando me estoy devolviendo, veo que a una cuadra arranca una moto y es de los tombos. Era imposible que los hubieran llamado. Venían de casualidad. Yo dije, uy, me los van a echar para mandarme a la u pe jota. Eso pensé yo todo paniquiado y salí a correr. Cuando ya me iba a internar al sector, que se llama La Favorita, me cogen y me llevan y pasó lo que pasó. Entré en esta cana”.

Pincho cayó a esta celda un jueves. Aquí casi no hay luz. El bombillo debe ser de cuarenta bujías. Me falta aire. Por poner los dientes a un mueco de un guachimán, Pincho se tuvo que quedar aquí los casi cinco años que lleva hasta hoy. Y también gracias a un amigo burro que se fue de sapo y ahora no es tan amigo que digamos.

He conocido muchos amigos y personas que son los animales de un zoológico extraño. No digo que sean unos animales, a pesar de que todos lo somos, sino que tienen algún rasgo particular en su fisonomía parecido al de algún animal, y les cae la chapa. Pero también pueden calarle los alias por su manera de andar, o de hablar, o de mirar, o por la forma de su boca, de sus ojos, de su nariz, de su quijada, de sus dientes, o yo no sé, a veces por una cualidad o un defecto, o una cicatriz, o una característica de su forma de ser, su estatura, su obesidad o sus flaquezas… Esa particularidad puede estar hasta en la forma de las cejas. Entonces las personas adquirimos el apodo que llevamos, gracias a ese rasgo que nos han identificado y que ahora nos hace inconfundibles.

En la medida que con los años nos vamos conociendo, vamos encontrando qué apodo le queda a cada cual. Con la fauna social encontramos cierta parentela siempre. Por eso conocí al Ganso viejo hace muchos años, y al Ganso joven, con quien subíamos al monte. Conocí a Jirafo haciendo barras en Campania. Varias veces vi a Ballena con Esteban. Pollo jugaba pool en la bolera de Unicentro. Las Ardillas, Becerro, Carecabra y Carechivo fueron durante años mis vecinitos de Capri. Perro parchaba en Cedritos. Sé de un amigo de todos a quien le dicen Gato, aunque no lo conozco. Sapín vivía en las Margaritas, era primo o sobrino de los gemelos de Alquimia y que Dios lo tenga en su gloria. Al Búho, a su primo el Cuervo, aves nocturnas de buen agüero, y a mí, Ave María, nos cogió la noche más de una vez. Chulo le decía Diomedes Díaz al negro Muñoz, pero nosotros le decíamos así a Oswaldo.

Lo singular de un bosque como en el que crecimos, es que a Burro no le gustaba que le dijeran Burro, ni a Carechivo que le dijeran Carechivo, ni a Becerro que le dijeran Becerro, ni a Sapín que le dijeran Sapín, ni a Carecabra que le dijeran Carecabra. Entre más le indigestara al paciente la chapa, más efectiva era. Lo que no sabían era que Burro podía convertirse en sapo de un día para otro, y que de sapo a príncipe hay un beso, aunque de Burro a sapo haya un paso. Pato es una abeja y Perro nunca dejará de ser perro. Becerro fue fiel parcerito, mientras Carechivo triunfa en Brasil. La ciudad es una jungla de la que nadie se salva. Un río revuelto infestado de pirañas, en el que el más grande se come al más chico, mi pez.

Gracias a la luz tenue del foco perezoso de la celda, Pincho halla un lápiz, un tajalápiz, un borrador y unas cuantas hojas blancas que me extiende para anotar ciertos datos. Necesito descripciones, perfiles e historias. La gente de fésibuc es exigente e impaciente. Como no he podido entrar la grabadora, todo el rollo ha sido grabado en esta ajada memoria de mi cabeza. Aquí a esta cana no se puede entrar nada más que el pollo farsante de quince lucas que venden a la entrada. Y diez luquitas de güevas. Todo lo demás es un problema. Una mosquita toda sonsa quiere parchar en mi frente. Entró desde la libertad de la calle sin ser requisada. Yo la dejo fresca. Se me parcha. Me huele. Se refriega las paticas, prende el motor y se marcha. Van a ser las doce. Llega la hora del wimpy, como le dicen al almuerzo de la cárcel. Esa mosca tiene hambre.


El parche del Pirata

Cómo es que un rasgo nos distingue y a partir de eso tan sencillo a alguien se le ocurre un día acuñarnos una chapa con chispa y ahí mismo nos cae el apodo y paila. Queda para siempre. No se lo quitan nunca al que le cayó. Hay dos apodos muy característicos entre el combo. Precisamente el de Pincho, nuestro testigo, y el de Pirata, que en paz descanse. Ambos responden a una mecánica de la que no hemos podido desvincularnos del todo los que fuimos jóvenes en aquella generación. La mecánica de la violencia.

Uno de los más recordados miembros del combo de Unicentro fue Ricardo. Le decían Pirata desde antes de llegar a ser un pequeño billi. Tenía una cicatriz en el ojo derecho, que lo hacía inconfundible. Lo que hace especiales a estos dos alias, es porque se originaron en algo que siempre fue una constante para los miembros de esa cofradía. Los atentados. La violencia de nuestro país da para tanto, que hasta para poner apodos alcanza. Los dos devienen de dos tragedias.

Empecemos por Pirata. Su vida fue una paradoja triste. Como la historia de su apodo agresivo. Entre las actividades de los piratas del Caribe y las de los billis no había mucha diferencia. Pirata era un apodo especial. Su alias era icónico. Ser billi era ser una especie de pirata. Casi no hay fotos de él. A él en especial no le gustaba salir en las fotos. En féisbuc nadie ha compartido ni una. En las que sale el combo que se la pasaba en la casa de Esteban, tomadas en su mayoría por Pincho, no aparece por ahí. Es porque si ese era un combo del que no muchos quieren ser recordados, Pirata era uno de esos miembros que menos se quería la gente acordar. Del que pocos del grupo cerrado recuerdan todo, además. Se fue aislando. Él mismo se desplazó. Cometió varios errores que lo lanzaron directamente a vivir en la calle y luego en las ollas.

De Pirata no quiere hablar casi nadie. Fue un man que desde muy temprana edad padeció una serie de abusos y quedó estigmatizado. Su hermana mayor, Amelia, era amiga íntima de Patty, mi hermana mayor, y de Toya también. Amelia era trozudita y de ojos cafés. Simpática. Tienen otra hermana. Menor que él. Se llama Angelita, como la hermana menor de Pincho. Como consecuencia de un accidente se origina el apodo que llevaría Ricardo hasta su muerte. Y más allá de la muerte, como le digo. Porque nadie recuerda hoy como Ricardo al Pirata. Lo recordamos como El Pirata. Y ahora lo recordaremos más, porque es precisamente con ese fin que estamos contando esto. Para que no se nos olvide lo que fuimos, lo que hicimos y lo que podemos hacer para cambiar.

“Ellos vivían dos cuadras abajo de la carrilera, que en ese entonces ni siquiera era la avenida novena –empieza Pincho a recordar con buena letra y buena ortografía-. En una casa esquinera, amarilla y grande. Como todas las casas de Santa Bárbara. Senda casota. Costosa. El papá era un mágico, como todos sabían. Y no tenía solamente esa casa, sino severa finca en Fusa. En la tierra del jardinerito”.

Pincho le mete un mordisco al pollo y me mira. Piensa mientras mastica lo que me va decir y yo tengo empuñado el lápiz, expectante del video. Entonces en ese silencio, me siento un tonto y pues también le mando mano a una presa y quiubo: chomp, chomp, chomp. “Por la misma cuadra de la Fundación Santafé, que hasta ahora la estaban terminando de construir, quedaba esa casa. Vivían muy cómodamente. En la ciento dieciocho o ciento diecisiete. Esa fue la época en que yo vine a conocer al Pirata. Fuimos muy buenos amigos. Parchábamos juntos y no había secretos entre los dos. Siempre armábamos paseo. Un día nos fuimos para Melgar. Arrancamos de una y sin pensarlo. Íbamos con Luis Fer, el piloto de Avianca que se mató en su moto gsx 750, azul con blanco, bajando en pura por la Pepe Sierra. Era un chino al principio. Yo conocí a Luisfer ese día que nos fuimos para Melgar. Iba un parche de Las Margaritas. Iba Ramón, los dos hermanitos Cuervo. Por esos días nenas no llevábamos a los paseos porque éramos muy sardinos y a esa edad y en esa época era muy difícil que las dejaran salir. A veces nos las encontrábamos allá en Melgar, porque muchas veces allá fue la rumba”.

Ahora Pincho toma un sorbo de jugo. Se para y saca una carpeta, de la que escoge algunas hojas blancas más. “Vea. Por si necesita más –me dice mientras yo extiendo la mano para recibirlas-. Íbamos con poquita plata y el paseo no duró nada. Entonces cuando nos estábamos devolviendo para Bogotá en la flota, El Pirata nos dijo, bajémonos acá que mi papá tiene una finca aquí en Fusa. Nosotros no le creímos el cuento”. Pincho toma el jugo del wimpy y me ofrece en otro vasito. Termina de masticar otro bocado y continúa:

“Pirata nos dijo bajémonos aquí. Pero nosotros no le creímos. No le comimos. El man sí se bajó. Que caminen, nos repetía. No les estoy hablando mierda. Vamos. Caminen. Y nosotros nada. Entonces cuando el chofer de la flota arrancó todo rabón por la mamadera de gallo nuestra, y como Pirata dio muestras de que se quedaba, entonces ahí sí, pare, pare, pare… entonces nos bajamos de una”.
Deja el vaso de jugo sobre el único estante que hay en la celda, se ríe y me mira. “Desde que llegué, porque yo les caí a Melgar, Luisfer empezó como a montármela. Esos manes ya estaban borrachos. Yo tenía los cordones de los zapatos desamarrados y el hombre no sabía que yo era el hermano de Esteban, que aunque en esa época no había cogido mucho cartel, pues ya se sabía que era Araque y no se dejaba. En una en que me le mamé del saboteo, le lance una patada de amague, no a cascarle, sino para advertirle que si seguía jodiendo íbamos a terminar dándonos en la jeta; pero no conté con los cordones y lo que hice fue ponerle dos latigazos en la mejilla y esos cordones le quedaron marcados. El chino se puso pálido y afinó de una. Le dijeron póngase mosca que este man es el hermano de fulano. Eso quédense sanos, les dije de una, que yo no gano de apellido. A pesar de que yo era resardinito, tenía once años, ya peleaba bien y también así ya solucionábamos los problemas entre nosotros. Es que por esos años todo el mundo era a montársela a todo el mundo. Y si usted se la dejaba montar una vez, se la montaban para siempre”.

Pincho coge otra presa y yo también. Nos las devoramos y tomamos más jugo. No nos importa hablar con la boca llena. Hemos compartido muchas cosas juntos como para ponernos con las buenas maneras de la ochenta y dos en la Picota. “En ese paseo tuvimos una pelea grande –continúa-. Ese fue un tropel contra todo el pueblo. Íbamos bajando frescos hacia la finca cuando es que severo rancho. Pero severo rancho. Cómo no. Pero no había nadie. El chino nos había dicho que allá había mayordomo, que capataz y que eso mejor dicho era a todo timbal la vuelta, y lo que hicimos antes de llegar fue comprar con lo que nos quedaba de billete el chorro. Pero la cagamos porque nos pusimos a comprar un petaco de cerveza y ahí se nos fue toda la plata. De todos modos en ese momento empezamos a creerle al Pirata porque le prestaron la canasta y los envases de cerveza”.

Acaba de pasar un preso por el frente de la celda ofreciendo más jugo, y yo le copio. Me tomo el poquito que me queda y el man me llena el vaso. “Cuando nos pasó la pea –continuó Pincho-, con esa sed y ese filo tan agrios, vamos a ver… y ni un animal en esa finca. Ni siquiera un huevo. No había nada qué comerse. Lo único que había era guayaba. Pero guayaba a la lata. Palos de guayaba por aquí, por allá, más allá. Mejor dicho eso era un guayabal. Cómo sería que hacían jalea de guayaba y bocadillos de manera artesanal. El papá de Pirata tenía un socito, pero la finca era del papá de Pirata. Era severa esa finca. La piscina tenía trampolín. Tenían el visaje de la guayaba como para montar el video de que no se lavaba plata. Esa era la pantalla de la actividad de la finca. Y coma guayaba. Y olía a guayaba. Todo olía a guayaba. Pero cuando el hambre se puso seria, pues ya la guayaba le iba dando churrias por ahí a más de uno, entonces cada uno salió por su lado a capturar lo que fuera. Lo que encontrara. Entonces hemos salido a buscar en la finca de Pirata por todos lados y como no había nada, tocó meternos en las fincas vecinas a ver qué había. Gracias a Dios tuvimos suerte y volvimos con tres gallinas. Nos hicimos un sancocho horrendamente suculento. Eso fue breve con la ayuda de una sirvienta. Ya nos habíamos comido el sancocho de gallina y todo bien. Estábamos reposando la siesta cuando es que se nos armó un problema el doble hijueputa con todos los vecinos. Eso nos llegó medio pueblo con ganas de lincharnos y cobrarse todo lo que nos habíamos encontrado. Porque no fueron solo las gallinas lo único que nos encontramos por ahí”.

Pincho toma otra presa y yo también. Con papita salada. Yo también. Tengo la mano izquierda grasosa y con la derecha todavía empuño el lápiz pero nada que escribo algo. “Menos mal llegó el socito del papá del Pirata, que era tremendo mágico también y nos ligó. Ese cucho tenía mucha plata. Nos hizo la segunda. Pagó las gallinas y fuimos a Fusa a hacer un mercado que nos alcanzó como para ocho días. Salimos de los Cuervito porque cuando tocó ir a evolucionar, no llegaron con nada. Al menos Luisfer llegó con un racimo poderoso de plátanos verdes. Así quedamos menos pero más relajados. Por todo nos calentamos en esa villa. Pero el cucho pagó todo lo que nos cobraron los vecinos. Después fue que nos tocó qué brinco tan agrio con el papá de Pirata. Por ese entonces ya el papá no le pegaba al chino, porque ya Pirata se había vuelto una gonorrea. Su historia es desgarradora porque de niño sufrió muchos abusos del papá. Le cascaba en forma. Yo creo que fue por eso que Pirata era tan aguerrido y tropelero. Guardaba cierto resentimiento que no se le pudo curar. A ese man sí le gustaba el pleito. Se encendía con cualquiera por muy grande que fuera y por nadita. Cualquier maricadita. Era un fosforito. Ese chiquitico se le prendía al enemigo del cuello si podía, y empezaba a boliar puño y pata que daba miedo. No comía de nada. Era agresivo y frentero. El cucho lo dañó con el trato que le daba. Ese chino peleaba mucho. Mandaba severas ráfagas de puñetazos y tenía una fuerza de loco impresionante. A pesar de que no medía ni uno cincuenta y cinco. Pero eso sí, lo que mejor tenía, es que era severo amiguito. Buen amigo. Era leal y sincero”.

Aquí Pincho toma otra vez juguito y mira con nostalgia a través de los barrotes del corredor. “Nuestras relaciones empezaron a dañarse porque una sardinita de Las Margaritas, muy linda ella, Sandrita Serna, jugó con los tres. Con Pirata, conmigo y con Patacón. Era una diablita. Ella era la novia del Pirata en un principio pero nos enloqueció a los tres”.

Yo miro a Pincho con asombro. Él ya reposa el almuerzo sobre su cama, con la mirada extraviada en un punto en el pasado. Se acordó de un amor del pasado que no quería volver a recordar. Ella fue una de las razones por las que la relación de amor entre esa pareja y la de amistad entre ellos tres empezara a deteriorarse poco a poco hasta casi extinguirse. Como Pirata quería abrir una sucursal del parche, luego de que el combo recibiera mal su adicción irrefrenable al basuco, pegó para Cedritos y empezó a reclutar miembros para su propia bandolita. Digo bandolita porque uno de los que le copió fue Juan José y otros chaparritos, como él. Juanjo era un morenito de Capri, donde yo viví desde los doce, quien se convirtió en un pícaro bastante malo, y que tampoco medía más de uno con cincuenta y cinco. Lamentablemente acabó su vida muy parecido a como terminó la de Pirata, a quien lo atravesaron de una puñalada en la ele, al frente del cartucho, la calle más desprestigiada del país. Yo conocí a Juanjo desde que era un niño. Tocaba piano y jugaba fútbol de maravilla. Siempre estaba alegre y era muy jocoso.

“Como Pirata era muy bajito –sigue Pincho-, más de uno no le comía de nada. Por eso fue que Pirata tuvo el problema con Javier Sicard, que como que no le comió en una rumba o algo así. Yo a usted no le como de nada, le dijo”. Yo conocí a Javier Sicard. Fue mi amiguito también. Vivió toda su infancia y su adolescencia en el barrio. Cuando llegué a Cedritos, como de doce años, ellos ya vivían en el barrio. Yo quería cuadrarme con su hermana Adriana, que me llevaba media década de vida y por lo menos una cabeza de estatura. Vivían sobre la veinticinco con ciento cuarenta y cuatro.

“Lo habían menospreciado en una rumba en Cedritos –sigue Pincho-. Porque Piratica solo, pues era nadie. Con nosotros era que se hacía grande. Se crecía ese chiquitín. Y tenía el poder de prendernos empujados con facilidad. Nos salió a decir esa vez que lo habían espantado como ochenta y pico, y que cuando lo sacaron al trote le habían dicho que fulano y zutano eran unas gono doble triple hijos de la gran triple doble y yo no sé cuántas cosas más, y que cómo era eso; cómo es que nos íbamos a dejar de decir eso de estos pirobos que la montan en ese barrio de ñeritos, porque todo el que está un estrato por debajo del de uno, es un ñerito, y mejor dicho caminen y los encendemos que yo quedé de frentiarlos hoy mismo… Ya mejor dicho había cuadrado la pelea la ñuflita esa”.

Pincho me mira y revive el evento con emoción. Me hace reír la escena y no puedo contener la risa. Pincho tiene su labia y su capacidad para enredar con la lengua. En la medida que me cuenta, yo me sumerjo en ese mundo loco que me está pintando, que yo también viví, pues sabía que eso pasaba, que algo así se podía presentar hasta en la misma puerta del vecino, o en la de uno.

“Entonces empezamos a organizarnos en Uniplay para llegar a Cedritos –continúa contándome con esa gracia particular que lo ha hecho uno de nuestros amigos más respetados, debido entre otras virtudes a su extraordinaria memoria-. Como éramos sesenta o setenta, tocaba coger varias busetas. Lo malo era que la ruta Unicentro Cedritos, que era la única que nos llevaba hasta allá, pasaba cada media hora. Qué raye. Primero se van tales y tales por si hay algún visaje y toca frentiar. En la otra buseta se van tales y pascuales, para apoyar. En la tercera buseta ya se trepan sutanejo y perencejo y el resto del parche llegamos así sea colgando. Y así fue. Llegamos en esas busetas hasta la ciento cuarenta con veinticinco, racimos y racimos de tropleros colgando de esas buseticas, que parecían tarritos de galletas saltinas. ¡Qué recocha!”

Al fin llegó toda la pandilla, después como de dos horas que duró toda esa operación. La cita fue en Panetone, la panadería que quedaba en toda la ciento cuarenta con veinticinco, al lado de Yorpollo. Era un punto muy importante en esa época. Ahí también se dieron cita muchas veces los bailadores de break dance, que hacían unas acrobacias increíbles. Se paraban literalmente de cabeza a bailar, haciendo girar su cuerpo, como trompos imparables. Entre los bailadores se podían ver precisamente a Javier, al Chamo, al mono Henry y muchos otros más. El Chamo es un man que tiene polio, pero eso nunca le impidió estar en mitad de la escena de la rumba. Fuera de que bailaba break dance en muletas como un monstruo, boliaba muleta que daba pánico hasta ser del mismo parche del man en las peleas, no fuera que en esas le quitara una oreja o la nariz a uno de un solo muletazo.

“Cuando llegamos éramos todo el parche –continúa el relato Pincho-, pero ya se había corrido la voz por ese barrio de que mucho combo de Unicentro se estaba reuniendo como muy sospechosamente ahí en Panetone. La pandilla de la veinticinco, como se hacían llamar los de Cedritos, entre los que estaba Perro y otros manes que para algunos eran otros vagos más, se reunía en la esquina de la ciento cuarenta y cinco, diagonal a la casa de Sicard. A muchos del combo les tocó coger buseta por la diecinueve, porque las que pasaron por Cedritos, iban tetiadas de nosotros. Tuvieron que subirse caminando hasta la veinticinco.

“Claro, cuando decidimos enfletarnos hacia la casa de Sicard, que era un monito con una cicatriz en la mejilla, cerca de la boca, tapamos toda la calle del combo tan áspero que éramos. La veinticinco quedó taponada hasta que se acabó el video y nos devolvimos. Qué poco de gente. Iban Tadeo, el Chamo, iba mi hermano, el negro Javier, íbamos todos. Todos. Sicard estudiaba con nosotros en el Gimnasio del Norte y nos caía mal. No le enamoramos al chino. Es que ese Pirata era muy volador. Nos embaló en una peleíta personal que tenía pendiente, pero la volvió pelea de todo el combo. Como era tan Pelión, a veces le daban y salía a buscar el respaldo de nosotros. Ese día donde Sicard salieron los hermanos a parar el brinco y nosotros tampoco le cogimos a piedra la casa a esa familia, que era una casa grande y bonita. Parecía más de Contador que de Cedritos. Nos tocó devolvernos todos aburridos porque no hubo nada. Así era el Pirata. Qué bulla y nada. Casi todos nos devolvimos caminando y haciendo pilatunas en el camino. No teníamos necesidad de robar. No fumábamos basuco, por ende no robábamos. Pero hacíamos cagadas mal de niños bien. No quiero ni mencionarlas en este momento. Más adelante, Fepo”.

Yo asiento con la cabeza. Luego de terminar de comer, botamos los recipientes de icopor y salimos a dar una vueltica al patio. En el centro del patio hay una carpa que protege un televisor de plasma gigante, en el que no más de diez presos ven el noticiero del mediodía. A continuación van a transmitir un partido de fútbol. Hay por lo menos trescientas personas en un espacio un poco más grande que una cancha de baloncesto. No nos podemos mover con mucha libertad, sin estar rozando a otros presidiarios. El hombre continúa con el rollo:

“En otra oportunidad, nos hizo enfrentarnos contra los de Villa del Prado. Uno de los manes de ese barrio, Bencho, fue culebra de mi hermano durante un buen rato. Y el mejor amigo de Bencho, que no me acuerdo su nombre, era mi liebre. Donde nos viéramos nos íbamos encendiendo sin mediar palabra. El man fue novio de Mónica, la que fue mi mujer. Otra vez el Pirata salió con un video igual al de Sicard. Que lo menospreciaron y que le mandaron decir con él que ese combito de Unicentro era una galladita de maricos que tal por cual. Por ese incidente ya nos cogimos bronca contra los de Villa del Prado, y los manes no nos habían hecho absolutamente nada. Nunca nos habíamos dado en la jeta ni la primera vez.

“La reunión era en el tercer puente. Como pasó cuando la pelea contra los de Cedritos, decidimos que en el puente nos veíamos para caerles en gallada después al parque, donde ellos se parchaban. Lo que no estaba en nuestros planes es que empezó a caer un aguacero el hijueputa y eso hizo que arrancáramos como locos a correr por las callecitas de ese barrio, que son como angosticas. Imagínese a setenta sardinos corriendo y gritando todos al tiempo Aaaaggggg. Uno se asusta. Al otro día salió en la prensa el titular: Vándalos se toman Villa del Prado. Fueron como cinco cuadras montando esa musa de terror al trote, y cuando llegamos al parque, todos emparamados como quedamos, no había nadie. El aguacero pasó de una. Si nos hubiéramos quedado quieticos debajo del puente, no nos hubiéramos emparamado y de todos modos hubiéramos llegado puntuales al tropel. No pasa nada. Y estamos así todos ensayados de bronca y aburridos, buscando así sea alguna pintica de Villa del Prado pagando por ahí para encenderlo a pata, cuando es que salen de tres carros particulares que estaban ahí estacionados la de tombos. Pero la de tombos. Nos estaba esperando hasta el capitán de la estación de la ciento setenta. Estaban con esos manes dizque de la pandilla de Villa del Prado con los que Pirata había cuadrado la pelea. Qué pirobos.

“En esa redada cayeron casi todos. Un resto. Como iban de primeras, el Pirata, el Tadeo, mi hermano y todos los más probones, fueron los que primero cayeron. Se los llevaron en fila india hasta allá abajo donde queda esa estación. Por carabineros. Ese día yo sí me escapé. Apenas pillé la trampa, desparché de una. Calaron al menos cincuenta. Yo me salvé. De resto, marcaron calavera. Llegamos incompletos a Unicentro de vuelta. Daba tristeza. Por esa cagada tan fea empezamos a llevar en la mala al Pirata. Esteban se rayó para siempre. Cómo nos hace esa maricada. Nos prende empujados, nos lleva a lavarnos y luego a esos manes les hace pagar un canazo de veinticuatro horas. Noooooo. Qué visaje. La cascada que le teníamos planeada a los manes de Villa del Prado, que les teníamos unas ganas… quedó pendiente”.

Comenzamos a caminar por el patio sin dirección ni sentido. Aquí se le dice patinar. Entonces estamos Patinando por el patio uno de la Picota. Pincho me mira siempre por encima del hombro cuando camino a su lado. Es porque Pincho es alto. “En otro video con esos manes –continúa con una sonrisa en los labios-, estábamos en una fiesta de esas que armaban en el Club de Empleados Oficiales. Esteban apenas los ve, me dice: si ve quién está allá, ¿no? Ese es Bencho. Vaya y prenda el tropel. Entonces yo me lo voy con Lucas a la mesa donde estaba el tal Bencho y los otros manes de su combo, y les digo: ¿me regalan un trago? Y los manes: no. Entonces agarro la botella y le digo: ¿va a pelear entonces por él? Nosotros éramos cuatro manes con nuestras nenas, en nuestra mesa. Cuando nos damos cuenta empiezan a pararse los de ese combo y eran como cuarenta. Nosotros éramos más, pero estábamos dispersados por todo el salón, que era grandísimo. Ese día perdimos esa pelea a pesar de que éramos más. Nos dimos durísimo. Qué pelea tan ruda. Mejor dicho ganamos. Pero digo perdimos en el sentido que le dieron a Esteban. Le dieron muy duro. Le pusieron con toda la fuerza por lo menos tres asientazos en la espalda, con esas sillas plegables de metal que había antes en las piscinas de tierra caliente. Lo derribaron. No podía ni caminar. Tocó alzarlo y llevarlo cargado. Ahí se encachorró con ese tal Bencho. Fue una batalla campal de botellas volando por el aire. De lado a lado. Sesenta contra cuarenta. Hubo sangre al cien. Pero en ese entonces para que llegara una ambulancia tenía que haber muerto. Y se demoraba unas tres horitas en llegar. Siempre que había herido, coja taxi y para la clínica más cercana”.

Mientras estamos patinando, un man que visita a otro preso resulta ser conocido de Pincho. Se saludan con efusividad. Se miran y se asombran de los cambios que nos depara la vida con los años. Se despiden al minutico. “A nosotros –sigue Pincho-, no se nos arrugaba para nada. Con quien fuera. Hasta con los del sur y los del centro. Así nos dieran, íbamos para delante. La siguiente se gana siempre. Un día salieron mi hermano, Pirata, Patacón y creo que Lucas, a una rumba en Santa Coloma. Estaban todo bien, cuando es que: nos vamos, dijeron Pirata y Patacón. Esteban dijo pues yo también me voy, qué me voy a quedar haciendo aquí. Entonces salieron y cuando ya estaban afuera, le muestran un anillo que se habían tumbado en la rumba. Esteban se les puso rabón porque a Esteban el robo no le gustaba para nada. Ni que robaran y mucho menos que lo involucraran a él, porque después qué se va a saber, pues que fue Esteban, y Esteban no se robaba nunca nada.

“Cuando ya iban hacia Glub glub, la eterna cigarrería de la ciento treinta y cinco con diecinueve, les llegaron dos carros. Que rateros, que ladrones, que devuelvan el anillo. Y se bajaron como ocho manes. Y ya les iban a devolver el anillo, pero por groseros esos manes, Esteban dijo pues ya ni mierda, no lo vamos a devolver y pa’ las que sea. Entonces se empezaron a dar. Botellas, palos y rocas, porque esos manes eran más. No se pudo a puño limpio. Los manes a tirar gavilla, entonces los nuestros, como le digo, botellas, palos y rocas.

“El Patacón se montó de un palo y está repartiendo palo a diestra y siniestra cuando es que se pilla que un man se le viene con una botella a ponérsela en la cabeza. Entonces Patacón salió a correr porque le comió al man. De lo contrario hubiera quedado como un patacón pisao. Esteban ve ese visaje y sale a correr detrás del man de la botella. Cuando Patacón ve que el man ya lo va a alcanzar, tira el palo para atrás con toda la fuerza, a la cabeza del man, fu, pero el man se agacha y Patacón no ve para dónde coge el palo y ese palo sigue derechito para la boca de mi hermano. Pum. Se ganó el palazo. Tra. Le tumbó la persiana. Y ese man con lo pinta y con lo vanidoso que era, se podrá imaginar. Quería matar al Patacón. Le bajó todos los cuatro dientes del frente. Cada vez que mi hermano se emputaba, a ese Patacón le tocaba salir volando como pepa de guama, porque la cogía contra el man. Nunca lo encendió porque era un amiguito y no era alto ni muy pelionero. Le sobraban las ganas de cobrarse sus dientes, que eran perfectos. Quién iba a creer que mi hermano era mueco. Pero lo peor es que como cada ratico había pelea, pues cada nada le rompían el puente. A Esteban pudieron haberle puesto un apodo por eso. ¿Pilla? ¿Pero quién se atrevía a ponerle apodos a Esteban? Nadie.

“La chapa de Pirata viene de su propio papá, que lo dejó como un pirata. Ellos eran de Florencia, Caquetá. Eran muy humildes. Venían de abajo. Me imagino que el papá empezaría de raspachín de coca hasta que le dio para venirse a la ciudad. A un buen sector de Bogotá. Donde vivían, por allá en medio de la selva, me imagino, cocinaban con gasolina. Amelia no estaba el día que a Ricardo le tocó cocinar y sin culpa le echó la gasolina hirviendo a su hermanita menor en las piernas y se las quemó. Le quedaron terribles. Por eso la niña siempre usaba pantalón o medias de lana. Cuando llegó el papá por la noche, le puso una plancha caliente en el ojo y le dejó la cicatriz. A pesar de que le pagó resto de cirugías para reconstruirle la cara cuando ya era un duro, al hombre le quedó su manchita”.

Yo me quedo perplejo con la narración de Pincho, para quien contarlo no resulta tan dramático como para mí escucharlo. Ahora creo que todos tenemos esa manchita en el alma, que nos revela ese pirata que cada uno de nosotros lleva por dentro.


Te hablo desde la prisión

La Picota queda en la periferia del sur de Bogotá, llegando al paisaje triste de las lomas, donde viven muchos de los colombianos más pobres que habitan esta ciudad. Los que se apretujan en las canteras no tienen en realidad la culpa de que haya muy pocas oportunidades para ellos de salir de allí. A sus montañas los ricos las llamaban los cerros orientales. Con orgullo. Poco a poco los fueron tapando con la pared de vidrios y ladrillos que nos construyeron en frente, por toda la séptima, para que no podamos detectar en el derroche de sus magníficas mansiones, la incalculable riqueza que están amasando y hacen crecer cada día. Ahora lo llaman el muro oriental porque ya qué cerros ni qué cerros. Al oriente solo se ven edificios naranjados y el reflejo brillante de los vidrios blindados de sus ventanas.

Los pobres les dicen lomas a sus peladeros sin asco. Cerros reverdecidos y exclusivos para los ricos. Lomas sin nombre, sin oriente y sin orden para los pobres. Polvorientas, descuidadas y peligrosas; al oriente, al occidente, al sur, al norte, engordan sus callecitas empinadas y caóticas con las docenas de familias desnutridas de desplazados que huyen por la violencia y otros monstruos que crecen en todas las regiones del país. Arriban a Bogotá todos los días. Qué olla.

Si las miramos bien, esas lomas están hechas como de retazos, hagamos de cuenta una colcha de esas de retazos, que no sé por qué asocio con la pobreza. De las que tienen todos los colores habidos y por haber, y han sido confeccionadas por años con todo tipo de telas. Pero de proporciones nacionales, porque esas lomas han sido colonizadas sin permiso, invadidas desde hace décadas con lágrimas y sangre por las pobres gentecitas humildes que han llegado de los más recónditos lugares de la geografía nacional de nuestro país, por un pedazo de tierra donde construir su pequeña choza de latas y cartón, de donde nadie los saque ni les cobre nunca nada. Ni arriendo ni valorización ni administración ni luz ni agua ni gas ni televisión digital ni teléfono ni internet ni uai fai, ni nada de eso. Sin direcciones donde no lleguen recibos.

Arribaron por hordas de tierras calientes. Sin ropas adecuadas para el frío insoportable de la nevera. Porque los sacaron a punta de fuego de sus viviendas de madera o de bahareque, cuando ya sus tierras estaban vendidas o negociadas. Para que se marcharan, los malditos enviados por los honorables arrasaron con todos sus cultivos, animales y sus parcelas fértiles. Guerrilleros, paramilitares, bacrim… Qué importancia tiene ahora quiénes fueron responsables. Los tres tienen la culpa. Los cuatro, los cinco, los cien, los mil… Hasta los gobernantes y todos nosotros. Todos tenemos la culpa de todo lo que nos pasa. Todos de todo. ¿Cómo pudieron los homicidas de Mapiripán pasar sin ser advertidos? De noche se puede ver gratis la hermosa montaña iluminada de los pobres. Parece el pesebre de Dios.

¿Y de qué van a vivir todas esas familias que llegan a la gran ciudad y no tiene qué comer? Pues adivinen… ¿Pistas? Esta es la segunda vez que Pincho ingresa a esta misma cárcel por el mismo delito: robar. Robar, porque en condiciones precarias, justas o no, no encuentras más qué hacer. Robar o morir. En las calles de Bogotá ya el video no es: pienso, luego existo. El video para muchos es robo, luego existo; me puteo, luego existo; Jibareo, luego existo; hasta ser vendedor ambulante se puede convertir en delito, dependiendo por donde elija el vendedor deambular ofreciendo chicles, mani, caramelo… En medio del mar de hambre en que se ahoga medio Tabogo, se hacen injustas tanta miseria y tanta riqueza juntas. No es más obsceno un gamín rogando para que lo dejen limpiar el parabrisas de un be eme blindado con escoltas en un semáforo, que el honorable senador de la república que va dentro de ese be eme, untado hasta el pelo, como Don King, de pura mermelada…

La mayoría de los presos que están pagando condena en esta cárcel, es por hurto. Desde el más cascarero, que robó un pollo asado para darles de comer a sus hijos, hasta el ex alcalde Sammy, quien está aquí con su distinguido hermano Ivancho, nietos de presidente y toda la vaina, porque están diciendo que con sus socitos se alzaron con unas migajas que dejaron los hijos del senador costeño, los que tenían jet para ir a charlar con el ex alcalde en Miami, sobre el carrusel de los jugosos contratos del distrito capital. No más.

Aquí vive Pincho en un estado mental imperturbable.

“¿Que por qué me pusieron el apodo de Pincho? –me mira serio el hombre y me da la impresión que en principio tampoco le gustaba que le dijeran así-. Eso de las fechas a mí se me pone difícil recordar a veces, porque por culpa de las drogas a uno le va quedando una sola neurona, de la que solo sirve media apenas. A ver si recuerdo…”

Seguimos patinando por el patio unas tres vuelticas, y después vamos hacia las escaleras, para subir hasta el tercer piso. Por todas partes vemos presos. Nos vamos cruzando con ellos por una serie de pasillos oscuros. Ellos también van patinando. Nos miramos las mismas caras desoladas. Se congregan todos los murmullos sordos y suenan ecos.

“A ver, a ver… Eso fue para…” El hombre se ríe por que no se acuerda. Las paredes están descascaradas y sucias. Hay escaleras que no conducen a ninguna parte. Mueren en un muro. Sin función alguna. Veo siete escalones que llevan a una puerta clausurada. Parece que La Picota estuviera en obra negra. O que fuera el juguete costoso de una mente perversa, desquiciada y caprichosa que quiere desorientar y enloquecer a los presos. Con escasos conocimientos de arquitectura. Y de dirección de penales también, entre otras ignorancias.

“Los Enanitos verdes venían para noviembre del ochenta y siete o el ochenta y ocho –me cuenta con la voz ronca-. Ya habían cerrado Unicornio, Topsy, Cabaret y muchas discotecas –aclara la voz-, por las leyes que pusieron para los sardinos. Estábamos en la zona rosa, porque para esa época, mil novecientos ochenta y ocho, la zona rosa ya estaba de moda, ya se había establecido allá el parche. No volvimos a Unicentro. Ese día estuvimos en el primer bar que abrió en esa zona. Se llamaba Grafiti. Allá uno iba y podía escribir y rayar lo que quisiera en las paredes del bar, lo que quisiera, porque el grafiti se entendía en ese entonces como dejar mensajes de amistad y de enamorados o despechados o chistes y juegos de palabras en las paredes. Nosotros escribíamos maricadas; el grafiti no lo que es hoy en día, que contiene tremendos dibujos, caricaturas y conceptos de arte. Más tardecito nos echamos unos whiskis en Sello Negro, otro bar ahí cerquita. Estábamos Ike, Ballena y yo. Yo tenía un billete de cien dólares pleno, firme. De los buenos. Pero como uno siempre arrastra la fama… Yo a ustedes no les cambio ese billete, dijo el man que atendía la caja del bar. Yo qué les voy a creer. Ese billete es ñeco. En esa época Cachito tenía Music Factory y el man sí me cambiaba el billete. Entonces cogimos para allá y en toda la esquina se estaba armando un tropel. Cuando yo volteo a mirar así, veo que le están cascando a mi hermano entre tres, cuatro de Ciudad Jardín”.

Ciudad Jardín es un barrio al sur de la Bogotá, donde había un grupo de torciditos. En este momento pasa delante de nosotros un preso pequeñito con un afro tupido y descuidado diciendo: “a dos lucas gordas; dos lucas gordas; dos lucas gordas…” Pincho me dice que está ofreciendo papeletas de basuco a dos mil pesos. Cualquier interno puede estar endeudándose con todas las vichas que pueda fumarse. Hay como seis jíbaros dentro del Patio Uno. Pero si no paga el fin de semana que llega la visita, o sencillamente no llega la visita, vaya a averiguar cuántas costillas sanas le quedan después de la intervención.

“Entonces cuando yo salí para donde Cachito a cambiar el billete, veo que mi hermano se está encendiendo como con tres manes. Salimos corriendo los tres a respaldarlo, pero los tres que eran ellos, se convirtieron en más de cinco en un segundo y nos prendimos contra todos esos manes. Estábamos ya para cascarnos, cuando nos sacaron unos cuchillos. Alex el paisa sacó una patecabra y uno de esos manes se la hace tragar. Préstemela, préstemela, le dije yo. Y el paisa, no, no, no, que vea cómo me rompieron el pantalón. Entonces volteo a mirar así pa’ un lado y lo que veo es que había un arrume como de siete envases de medias de aguardiente tiradas ahí en el piso, seguro de algún desecho de los que las recogía y pasaba gritando boteeeella, papeeeel, para venderlas y entonces miro y no está el dueño y me monto de todas y me las voy metiendo de afán en el pantalón, entre la pretina.

Como esos manes sacaron cuchillos, nosotros nos defendimos a botellazos. Siempre que nos sacaban cuchillos, nosotros pues mirábamos a ver cómo era con palos, botellas y piedras. Entonces empiezo a boliar botella y un mancito que salió al trote parecía que tuviera un imán de botellas en la cabeza. Bum, bum, bum. Todas las que le tiré, todas le pegaron en la cabeza. Salimos corriendo a perseguirlos, porque esos manes la picaron en pura. Los sacamos a correr. Como avanzamos como cincuenta metros, uno de ellos se alcanzó a meter en el Hotel Los Urapanes. Entonces me puse a forcejear con el celador en la puerta de la entrada de ese hotel. Mientras tanto, mi hermano tenía a un man en el piso y le dio qué palazo y Microbilli después le metió un ladrillazo. El man quedó inconsciente ahí tirado y empezó a brotarle un hilito de sangre por el oído. Mi hermano se azaró y me gritó vámonos, vámonos ya. Las nenas empezaron a llorar y a gritar todas histéricas. Apenas yo le doy la espalda, no alcanzo a dar un paso cuando es que abren la puerta y me metieron una puñalada en la espalda, a la altura del hígado. No supe quién fue. Una puñalada trapera por la espalda. Esa puñalada me coge hígado, diafragma y pulmón. Estuve ocho días en la clínica. Me hicieron una laparatomía, que es una operación en la que lo abren a uno desde la ingle hasta el esternón. Me metieron un tubo a la altura de la axila. Me hicieron una especie de crucecita y por ahí me mandaron una manguera hasta el pulmón para poder respirar.

“Nosotros nos habíamos hecho amigos de los del Quiroga, de los de Santa Isabel. Miller era de Santa Isabel. Mi hermano llevaba varios días azarándome porque me habían cogido de pincho. Como yo soy flaco y estaba más flaco todavía porque era un peladito, el Miller saca y dice:

-Le dicen Pincho porque es apenas el palito y la papa ensartada en la punta, sí o qué.

“Todos se cagaron de la risa y así me quedé. Pero son poquitos los que me dicen Pincho y a mí no me importa. Llevo el alias con orgullo porque para mí es como hacerle un homenaje a mi hermano. Eran escasos los que podían decir esa palabrita. Los que me conocen saben que yo peleo es con patadas a la altura de la cabeza. A pata. Así noquié a más de una docena. Una cuarenta y cinco es una patada con la huella de la talla de mi zapato en la cara. El que me decía Pincho se llevaba una cuarenta y cinco en esa cara”.

Robo, luego existo

Robar es de lejos la mejor alternativa que tienen millares de persones para sobrevivir en este mundo. Desde los más altos gerentes de las compañías más grandes del mundo, en Wall Street, como la Enron, o la gente de Interbolsa, aquí no más en la zona rosa, hasta el desechable más chirrete y cascarero de la calle del Bronx. Viven de robar. Unos roban mucho y viven bien y otros roban poco y no viven tan bien.

Me acabo de sentir aturdido por un momento. Me pasó por la mente la idea de que se desplegara un motín en este patio. Eso puede pasar. ¿Podría terminar aquí mi vida? Me imaginé tirando piedra en la Nacional. Unos manes estaban gritando.

– No están peleando. Hoy vienen unos pastores a rezar y están contentos. Están rezando. Por eso gritan. Porque cantan a Dios-, se ríe Pincho de mis ocurrencias y me tranquiliza.

Contando el tiempo que ha vivido en esta, y el que ha pagado en otras cárceles donde ya ha pasado algunas temporadas por los mismos motivos, resulta que Pincho ha permanecido casi la sexta parte de los cuarenta y tres de años de su vida tras las rejas. Como seis o siete años. Esta vez que lo visito me dice con un gesto adusto que lleva apenas cuatro semanas allí.

– ¿Cómo así?-, le pregunto incrédulo, porque sé que han sido cuatro largos años y pasa por mi mente en menos de una fracción de segundo la idea loca de que aquí encerrado ya por desgracia mi amigo está perdiendo la razón. Pero aunque la mayoría del tiempo está serio, se le dibuja sin que hubiera querido aquel gesto malicioso que lo caracteriza, justo en el extremo izquierdo de la boca, y me dice como si estuviera recordándome algo importante que ya me hubiera advertido antes:

– En la cana, Fepo…, el tiempo se cuenta por semanas.
– ¿De qué está hablando, parce?-, le digo buscando algo de lógica en su mirada esquiva. ¿No era por meses?-, entonces me asegura:
– No, por semanas… Llevo cuatro semanas…
– ¿Cuatro semanas?
– Claro… cuatro semanas… pero cuatro semanas santas-, y soltamos las carcajadas.

Dentro de unas semanas cumple cinco años prisionero y ya vivir en uno de las cárceles más congestionadas y cuestionadas de este país me da la impresión de que no le ocasionara mayor molestia o resentimiento. Lo toma con calma y con un buen sentido del humor. De lo contrario enloquecería de verdad. Se ha adaptado, como siempre lo ha hecho, a las condiciones que él mismo se ha encargado de otorgarle a su propia vida. Como pasa con todos y cada uno de los vagabundos que aún sobrevivimos de aquella camada del demonio.

Pincho ha aprendido a las malas a mantenerse equilibrado en unas circunstancias muy difíciles, que han hecho de él una especie de derviche, un asceta de un mundo perdido. Viste un halo invisible que lo hace inmune a esta costra inmunda que se nos ha ido pegando con las décadas, de estar habitando siempre la ciudad oscura, la ciudad de la furia, de las sombras, la de las calles en tinieblas y peligrosas del centro, que es en donde más oferta hay de locura, donde mejor se pueden buscar y consumir basuco; que de hecho solo se consigue allí, entre la evidente suciedad del lumpen de las calles. Muchas de las calles del centro de la ciudad albergan la maldad plácidamente. Sin los escrúpulos de la vida normal que se respira en las calles decentes.

Pincho aún conserva cierto aire de distinción y dignidad. Es porque es alto y siempre ha sido bien parecido a pesar de toda la marihuana y todo el basuco que se ha fumado en los últimos treinta años. Contando todo el que me convidó a mí y a todos los compinches del largo período que compartimos juntos, fueron kilos de basuco, ríos de trago, montañas de comida. De todas maneras lo veo algo encogido y no tan alto como antes. No entiendo qué pasa. Le pregunto si es que sigue midiendo los mismos uno noventa de siempre.

Me mira y retira la mirada como arrastrando los ojos hacia un objetivo impreciso. Se ríe ronco con una risa lejana o distante que va llegando poco a poco desde sus pulmones, pasa por la tráquea, hasta que llega hasta su boca y de pronto se apaga lentamente entre los dientes. Sentí la celda vacía y fría por un segundo.

“La cárcel encoge a los hombres, Fepo; mírelos… Sus almas, sus espíritus, parece que hubieran esfumado dentro de ellos mismos. Parecen recogidos, entorchados desde dentro. El rigor de un corazón loco y afligido, bombiando sangre sin parar hacia el cerebro, es lo que los tiene secos. Aquí se piensa mucho y se vive poco. Afuera se vive mucho y se piensa poco. Hay días que me lleno de ganas de salir para empezar de nuevo a hacer otras cosas nuevas. Tiene que haber una oportunidad diferente para mí allá afuera. Todos los días trituro esa idea. Resucitar la pizzería del centro que teníamos con mi amigo el calvo Santo, por ejemplo-, se queda mirando a través de los barrotes del corredor un instante con esos ojos tristes y apagados.

“Pero otros días razono con mayor claridad –me afirma. Me mira y de repente le brillan de nuevo los ojos-. Me doy cuenta que cuando salga lo que tengo que hacer es seguir haciendo lo que he venido haciendo toda la vida, y eso es robar.

Pone otra actitud en medio segundo y me habla en un susurro decidido. “No sé hacer otra cosa mejor. Pero esta vez lo voy a hacer bien, a lo bien. Voy a ahorrar, me queda breve reunir para comprarle una casa a mi mamá. Si me lo propongo, yo en dos, tres meses, por mucho, trabajando duro y ahorrando todo, me compro una casa severa para mi familia. Si me pongo juicioso, yo soy capaz de hacer un millón antes del mediodía, y otro millón antes de medianoche.

“Solo que cuando salga estoy seguro de que todo se me olvida y siempre salgo a hacer las mismas cagadas, a cometer los mismos errores. Sí, hermano. Corono y de rumba, corono y de rumba, corono y de rumba y así todos los días. La celda nos achica, nos hace pensar locuras, creernos ideas geniales y crearnos videos en esa mente creici que nunca se sabe si se realizarán. Tal vez no se realizarán. No, mentiras, sí se nos realizarán. Quiero cambiar. Ya cambié. No voy a salir a hacer lo mismo esta vez. Lo tengo claro, pero a veces dudo aquí adentro. Nos transforma mucho a diario el Patio Uno. Aquí uno se siente grande aunque sabe que es un simple enano. Estando afuera uno empieza a sentirse insignificante aunque sepa que es un gigante”.

Pincho ha cambiado relativamente poco. No ha cambiado su manera de mirar… o su manera de hablar. Pero su actitud me parece que es un poco más aplomada. Ahora habla con mayor sabiduría en torno a las lecciones que nos da la vida. Tampoco es que dé la impresión de que la espada de la culpa y el remordimiento lo alcanzaran. Pero sí siente culpa y ganas de ser perdonado, aunque su expresión dura y ruda no trasluce emoción alguna. No es angustia por su mala suerte. Pero sí tiene cierto arrepentimiento por las vidas de quienes tuvieron que perder sus cosas para que él pudiera seguir el camino eterno de la rumba.

Esa rumba también fue mía. O, mejor, yo fui de esa rumba. Pertenecí a ella y a ella en gran parte se debe la carga tan grande que he tenido que soportar. El impulso que tomó el vagoncito en el que me monté, aún no frena. Yo confieso que comí, tomé, olí y fumé del oro que patrocinó esas rumbas. Oro que se volvió plata en efectivo, que luego se transformó en humo y después en mierda, vómito y sudor.

Ese oro salió en la mayoría de ocasiones de manera diestra e imprevista del cuello de alguna víctima de ocasión, a la que le decía: “quieto, chino, no vaya a gritar. Esto es un atraco”, y le pelaba la patecabra; o simplemente lo hacía suyo, es decir, nuestro, de un sencillísimo y ágil raponazo, acompañado de un claro: “ábrase de una, gordo, o le abro la panza”, que le decía al gordo en toda la oreja para que oyera solo él.

Después, cuando nos encontrábamos de nuevo en un parche que teníamos para eso, que era Cali vea, para no dar tanto detalle, nos lanzaba sobre la mesa del restaurante los tremendos lazos con los
dijes para que sopesáramos en nuestras manos los quilates que tenían sus güevas. Después de comer, a soplar. Pincho es un sujeto que ha experimentado tantos percances y privilegios en su vida en tan variados y diferentes escenarios que prácticamente no existe un medio que no conozca y en el que no pueda mimetizarse. Tampoco deja de desenvolverse con facilidad, con fortuna, en la actividad que siempre se ha desempeñado y que para él es una especie de don: el hurto.

Su capacidad de adaptación a los suburbios, submundos y bajos fondos como a las altas esferas ya es legendaria, y su vocación por el robo es prácticamente mítica. Ha cometido innumerables robos, de inimaginables maneras, con un sinfín de estrategias y en muy raras y diversas situaciones y lugares. Ya veremos que lo que para muchos allá afuera, y también aquí adentro, es una manera de sobrevivir en un mundo no futuro, sin oportunidades, sin afecto, sin nada, para él robar es otra cosa. No es lo mismo que robar para un ladrón cualquiera. Para Pincho robar es como recuperar algo perdido. Fuera de que es una ciencia en sí misma, todo un arte, él asume el hurto como una actitud ante la vida. “Todo me pertenece. Por eso lo tomo. Así sea suyo, hermano lobo”. Punto.

El hombre ha tenido realmente roce con nuestra sociedad. Convivió, por ejemplo, desde con drogadictos y alcohólicos en recuperación, en todos los centros de rehabilitación que pudo internarse, que vienen en diferentes presentaciones, castas y pelambres, hasta con guerrilleros, paracos, traquetos, capos, y homicidas en la cárcel La Modelo, cuando lo procesaron por terrorismo por allá en el ochenta y nueve. Imagínense no más, por terrorismo. No alcanzaba a tener veinte años. Fue por salir a probar una canana con Hugo gagas y los ponchó el policía que cuidaba la Embajada de Guatemala, que quedaba justo al lado de la casa de Esteban. En la era del terror, eso era terrorismo. Disparar una canana de un tiro. Qué cagada. Ahí sí de Guatemala pa’ Guatepior.


En la intimidad de la celda

Pincho siempre ha sido el líder. Esta condena ha tenido que compartir la celda con tres criminales. Como ostenta el rango más alto de su pequeña familia, no solo por ser el más antiguo sino por ser el más fuerte, alto, mañoso y malo, se arroga el derecho de dormir en el único camastro que hay. El único lecho cómodo y ancho. Está empotrado en la pared, casi a un metro de altura. Debe tener como tres colchones. A pesar de que es quien manda en este recinto, trata a sus tres compañeros con gran deferencia, como si se tratara de tres hermanos y él fuera el papá. Es el mayor de los cuatro. Los Araque siempre asumieron una actitud paternalista ante todos los que estuvieran a su lado. Si era amigo de mi amigo, era mi amigo. Una actitud que terminó llevando a la tumba a Esteban y más de una vez metió a Pincho en problemas. “¿Dónde están mis panas?”

Sin embargo, a pesar de ese comportamiento tan condescendiente con los demás, ni Esteban dejó hijos ni Pincho los tiene en mente. De todos modos sé de dos jóvenes que se llaman Esteban, el hijo de Miller de Santa Chaba y el del negro Muñoz, quienes llevan ese nombre en homenaje al hombre. La única hija de Pincho es Luna, la negrita barbuda a la que no se le ven los ojos de lo peludas que tiene las cejas. Jime la cuida. Era de Mónica, pero ella la abandonó. Ya tiene doce años. Una de sus hijas es Fiona, la del calvo Santi. A veces Jime la lleva a casa y yo le doy unos caladitos que le encantan.

Los otros presos que comparten la celda, duermen en condiciones precarias: uno tiene encima de Pincho una especie de cama, casi pegada al techo, donde duerme en lo que pretende ser un camarote, pero que más parece el estante alto de un guardarropa. Otro duerme debajo, en un lecho improvisado en el duro piso de cemento, casi imperceptible, insospechado; y el otro duerme al lado de la puerta, cuando la cierran, claro está; en un espacio absolutamente imposible e inadvertido.

Habitan la celda número treinta y seis del patio uno, que es uno de los patios más deprimentes que hay en toda la Picota. Donde vienen a pagar sus condenas muchos de los delincuentes más peligrosos del bajo mundo. Los tienen aquí porque entre ellos se respetan y tienden a no hacerse daño. En otros patios los presos indefensos pagan millones por estar más seguros y un poco más cómodos. Pincho no necesita pagar por seguridad ni por comodidad. No tiene ese gasto. Aquí se meten a veces los perros, pero hasta los perros les tienen miedo a los del patio uno. Aquí el respeto se gana porque se pelea. Cada centímetro tiene un precio para quienes la sociedad ha convenido en denominar indigentes, cascareros, chirretes; lo más bajo de la suciedad; aquellos que no tienen amigos ni parientes ni nadie. Se fueron fumando poco a poco la familia, las amistades, los socios. Con los años se los desaparecieron otros más malos por deudas de robos o de vicio, o porque a ellos mismos fue a quienes de uno en uno se les fueron desapareciendo por ser tan pichurrias.

Aquí en este patio están reunidos los pillos a los que nadie visita, porque usualmente se la pasaron traicionando a todos los que conocían, y timaron, trampearon y estafaron a todo el mundo. A todos los que conocieron o les presentaron. Hasta a sus propias madres, como hicimos casi todos los bárbaros de nuestra degeneración en algún momento de nuestras vidas. Nadie los quiere y, para quienes los conocen, resulta un alivio que se encuentren aquí en donde están. Pero es porque no han entrado aquí para ver con sus propios ojos cómo es esto. No es tan grave. Pero es que es la cana.

Por fortuna Pincho no es de ese conjunto. A pesar de los cargos falsos por los que paga la condena, una de las razones principales por las que se encuentra en este patio, al hombre sí lo queremos y lo visitamos de vez en cuando su señora madre, sus hermanas y varios de los amigos que le quedamos en este mundo. Sus hermanas y su viejita nunca le fallaron. Muchos de esos supuestos amigos del pasado, que se sirvieron de la amistad, la generosidad y la solidaridad de Esteban y Pincho, hoy están supremamente bien, en la cúspide de la pirámide social, pero no pondrían un pie en la Picota ni por el putas. Son un recuerdo. No envían un centavo ni por equivocación. “Todos en la cama o todos en el suelo”.

Es muy cruel quien considere que alguien pueda merecerse estar aquí en el patio uno, donde Pincho no vamos a decir que se esté pudriendo, pero sí es testigo de cómo se pudren a diario los trescientos malandrines con los que comparte el patio. Esta celda en la que me encuentro de visita hoy, que no mide más de dos por dos, concentra una energía depresiva, pero como yo soy todo depresivo, no me raya. No se sabe cuántas angustias encierran sus paredes. Creo que era un convento o un monasterio en el pasado. Casi lo mismo. Hoy hay hombres guardados para que no sigan siendo malos; en el pasado los guardaban para que no se volvieran malos. Afuera la maldad es clara ¿Qué será eso de la maldad? No la tengo tan clara. ¿Por qué será que quienes determinan lo que es malo y lo que es bueno, usualmente son sujetos a quienes luego se les comprueba que eran la peor escoria de la sociedad? Lo más cochino que ha parido este mundo. Produce asco saberlo. Qué porquería…

Pincho mantiene la celda ordenada y limpia. Impecable. Sin pecado. Obliga a los tres tránsfugas que viven y duermen con él a mantenerla como una tacita de té. La condición de la pared, del piso, del techo, de la puerta y de todo el ambiente como de manicomio que aquí se respira no es el más adecuado, pero a pesar de todo me siento bien. Huele a limpio. Hace poco leí en un periódico que el hacinamiento en la Picota, la más paila, es del orden del cuatrocientos por ciento. En la celda de mi pana se evidencia ese dato en este instante. Una celda donde escasamente cabe una persona, meten hasta cuatro prisioneros. Menos mal los manes se tienen que salir cuando llega la visita, o sea yo el día de hoy. Decía el artículo que en un estudio de mediados de dos mil once, había doscientos ochenta y nueve casos de sida y ciento treinta y tres de tuberculosis en las horrorosas cárceles de Colombia. Eso sin contar los brotes constantes de varicela, paperas y meningitis. Ahoritica no más a la entrada me tocó comprar un tapabocas. Otros mil pesos ahí perdidos. No me dijeron por qué lo tenía que usar. Yo me lo quité apenas entré a la celda, porque qué mamera una visita con tapabocas. Además cómo me comía el pollo farsante con las papas saladas.

Eso no es nada. Ahora que miro a un sujeto todo despeinado y profundamente abstraído pasar lentamente frente a la celda balbuceando algunas tristezas, pienso en el aumento de las enfermedades psicóticas. Esa es una de las razones por las que tanto admiro a Pincho. Le resbala todo lo malo que le puede pasar, como al teflón. Nada lo enferma, nada lo acaba, nada lo achica. Lo que no lo destruye lo hace más fuerte. Ni lo feo de la miseria lo asusta, ni lo lindo de la riqueza lo deslumbra.

Esta pesadilla controlada que se vive aquí, que no es un sueño, en realidad, se vive en las horas del día. No puedo imaginar las horas eternas y aciagas de las noches con esta puerta de hierro cerrada y tres maleantes respirando el mismo aire del parcerito. Qué sentirá Pincho, me pregunto, cuando se acuesta a tratar de dormir y todo ha cambiado. Ha llegado a otro planeta. Qué pensará al recordar cuando era un muchacho de los que se dicen que son bien y vivía en uno de los mejores barrios de Bogotá y todo lo tenía. Nada le hacía falta. Y qué pensará de hoy, ahora que sigue siendo una de las leyendas vivas de la pandilla más grande y famosa de niños bien de los años ochenta en el norte de la capital. Parece que a nadie le importara. Todos hablan del mito y el mito en silencio.

Pues sí. Pincho fue fundador con su hermano Esteban Araque de la pandilla que fue reconocida como los billis de Unicentro. En un principio ya existían los verdaderos billis de por allá del reino unido, los billis de Unicentro también, y además los manes, nenas y sardinos de otras pandillas. Pero cuando ellos llegaron al combo de rumberitos y tropeleros de Unicentro, comenzaron a hacerse respetar y también querer de todo el parche. Además su casa fue la sede oficial de la gallada por años. Para entonces eran todavía unos niños que no pasaban de once y doce años. Pero con el tiempo, los dos hermanos Araque crecieron hasta los uno noventa de estatura y ejercieron mucha influencia entre los demás miembros, sobre todo cuando había que tomar decisiones, debido en gran medida no sólo a que desde pequeños eran frenteros y a la hora del tropel, que era la hora decisiva de esta existencia, la hora de la verdad, salían a darse en la jeta con toda, sino porque era en su casa que se daban cita los miembros del grupo cerrado casi todos los días, sólo para parchar y planear todos los videos.

Eso de poder parchar en la casa de alguien en esa época, era algo que se podía hacer solo en casos en que los papás se habían separado y nadie estaba al frente de la casa, o porque los dos trabajaban y llegaban tarde a casa. A pesar de que en mi casa, por ejemplo, mis cuchitos trabajaban los dos hasta tarde, yo no me atrevía a entrar a nadie. Primero porque mi mamá no nos daba permiso, y segundo porque con solo mirar las baldosas, mi vieja se pillaba de una si habíamos invitado a alguien, apenas iba entrando en la casa por la noche. Y eso era cantaleta fija.

Pincho y Esteban se la pasaban cada uno con su parchecito propio, en la casa donde vivían en Contador. Sus padres se habían separado y mientras la mamá tuvo que partir, el padre tenía otro amor y casi ni iba, aunque se hacía cargo de todos los gastos. Para cualquier joven eso es un sueño. Fueron libres de hacer las reuniones que quisieron por un buen período de tiempo. Entonces todo el parche cerrado prácticamente vivía en esa casa. Los amigos de Pincho eran Juano, Pirata, Lucas, Minibilli y Patacón. Mientras que los de Esteban eran Ballena, Ike, Nené y Aquaman. En pasadas entregas había escrito un par de esos apodos con una milésima de trampa. Pero como esos manes hasta ahora no me han dicho que de pronto estén en desacuerdo por féisbuc, prefiero decir la verdad.

La pandilla se la pasaba montándola unida en la discoteca Unicornio los jueves, viernes y sábados, y el resto de la semana en la entrada seis de Unicentro. Los domingos eran de ciclovía y se tomaban la ciento seis con quince. Parqueaba José María Urdaneta su Dodge polara amarilla, con la calcomanía de Mr. Tottas, en todo el frente de American Cheese Cake y no dejaban pasar a nadie por ahí. De norte a sur y de sur a norte, la ciclovía se bloqueaba en ese punto. Jose siempre ha tenido severos equipos de sonido y en ese sector de la ciclovía la rumba a todo volumen estaba asegurada. En esa ciclovía empezaron los robos de bicicletas cuando se iniciaron en el basuco algunos de los miembros del combo. Pocos, es verdad. Pero empezaron en la ciclovía los robos de chichis. Sin embargo, no podemos desviarnos en este momento del lugar en dónde estamos, de con quién estamos y por qué estamos aquí.

Luis Gonzalo Araque, alias Pincho, es el pandillero que yo conozco que a más ataques y atentados ha sobrevivido. Vivió en estrato seis con sus papás en la calle ochenta y dos con carrera séptima, en un piso de lujo, pero hoy reside en una fría e inhóspita celda de la cárcel Picota, en un estrato por ahí menos tres. Qué sentirá Pincho, me pregunto de nuevo, cuando se acuesta a dormir en esta celda, de lo lejos que han quedado esos recuerdos en la memoria. ¿Quién estará interesado hoy en el relato de su historia? ¿En la historia desconocida del día del homicidio de su hermano Esteban? Esa madrugada maldita en que Henry, al que nadie en realidad había ofendido tanto como para que hiciera eso, que ni siquiera conocían bien o habían visto antes, asesinó a Esteban Araque sin previo aviso y a quemarropa.

El mismo man mató esa madrugada a Álvaro Gerlein también. Un par de balas cegaron su vida. Y a Pincho casi se lo lleva de ñapa. Una de las balas de la ráfaga que le alcanzó a disparar Henry, pasó rozándole la garganta y lo tocó. Lo hirió. Casi lo mata. Por poco le extirpa la manzana de Adán. Que esta noche él tenga que dormir apeñuscado con tres pícaros en este recinto descascarado y húmedo que es más pequeño que mi baño, me arruga el alma. Pero así sentenció la justicia de este país de cafres. En su excelentísima sabiduría señaló el camino que tenía que recorrer Pincho a partir del día que lo atraparon en su último robo en el Boulevard, hasta cuando le den la libertad. Si quiero verlo y hablar y recordar los buenos, los malos o sencillamente los momentos de nuestras vidas convergentes, tengo que conseguir los quince mil pesos para almorzar el pollo farsante, dos mil para guardar la billetera, el cinturón y el celular a la entrada, porque no dejan entrar nada. Fuera de eso otros cinco mil para el transporte y unos diez mil para dejarle a Pincho para que tenga para alguna cosita que se le ofrezca. De resto, es poder madrugar a recorrer la ciudad el sábado de norte a sur y después de sur a norte, en un articulado de esos rojos en los que tiene uno que meterse a las buenas o a las malas, porque ya no existe otra alternativa. Arriesgar el celular y la retrovirginidad… Ahhh… y mil pesos más para el tapabocas, que no sirve para nada.

Luego de caminar como dos kilómetros, desde donde lo deja a uno el bus articulado, se llega a una fila larga de visitantes, en la que desde ya lo están analizando a uno por medio de las cámaras que hay pegadas al techo por todas partes. Ahí venden el llopo. Luego de que se pasa una puerta alta y ancha, en la que se muestra la cédula y una foto grande, llega uno a una especie de taquillas donde toca otra vez hacer una cola bastante larga y mostrar la cédula y otra vez la foto. Allí un guardia más desconfiado de lo normal, lo mira a uno fijamente a los ojos. Parece que se está colando mucho impostor últimamente a las cárceles. El hombre compara la foto del documento y la foto grande con la cara de la persona que tiene al frente. Esa foto me costó cinco mil la primera vez que vine a visitarlo. Repasa, repasa y repasa el guardia. Y siga.

Después toca hacer fila de nuevo y entrar en una especie de portal al más allá, en el que me tomaron unos rayos equis. A esta altura yo creía que me iban a pillar la platica extra que le llevo a Pincho caleta en las güevas. ¿Será que me dejan aquí guardado hoy si me encuentran los diez mil pesitos que llevo entre los calzoncillos? Luego toca caminar como tres cuadras más dentro del mismo penal. Al fin llego donde hay como diez guardias. Uno de ellos me puso dos sellos en uno de los antebrazos. Enseguida me hicieron pasar rápido a un recinto sombrío y congelado donde hay una silla gigantesca que parece una silla eléctrica, lúgubre y tenebrosa. Si uno lleva algo de metal, pita. Hace tiempo ya, un sábado gris y frío que vine a visitarlo. Mis zapatos, que eran deportivos, de cuero y caucho, tenían una pieza de metal. ¿Pueden creerlo? Un cambrión o algo así en mis tenis. Algo inexplicable. No me dejaron entrar. Cuando pitó la silla, todos los que estaban cerca de mí voltearon a mirarme como si yo llevara un AK 47 entre el zapato. Lo que sucede con ese cambrión de metal, es que cualquiera aquí adentro es capaz de fabricarse una daga china, con la que pueden llegar a matarse por ahí hasta veinte entre sí.

Después me hicieron pasar a un patio amplio y soleado en el que lo hacen sentar a uno en unas sillas de plástico con la base perforada de huequitos. Luego pasan dos guardias con un par de perros labradores todos lindos que van husmeando con la nariz hasta tu culo, para saber si de pronto llevas algún tipo de droga por allá debajo. Por último, me hicieron pasar a un pequeño recinto en el que un guardia me hizo quitar los zapatos y las medias. A otros manes los hicieron empelotar del todo. Todo depende del aspecto del paciente y de la manera como está vestido.

Hoy en día mi aspecto no evidencia de manera tan dramática que digamos, las tres décadas de adicción al trago, la marihuana, el perico, las pepas y el basuco que me sumieron en un sueño. Estoy despertando y me veo vestido con una ropita que me han regalado que me hace ver como si fuera una persona de una familia bien. Pero eso es solo por hoy. Hoy estoy aquí y ahora, y trato de no escaparme mentalmente de esta celda mientras permanezca mi cuerpo flaco aquí, tratando de escuchar todo lo que Pincho tiene que decirme, y yo a él lo que esté dispuesto a escucharme.

El Gol de la derrota

El gol donde los ardillas, fanáticos del fútbol, fue estruendoso. Los ardillas son tres hermanos bajitos, muy simpáticos ellos, con dientes grandes y blancos como los de los Araque. Son muy parecidos los ardillas, parecen trillizos. Los tres juegan fútbol muy bien y estudiaron carreras afines a la ingeniería. Sin duda son brillantes y divertidos. Los ardillas son entre los mejores amigos del barrio de los más queridos de verdad, porque, bacanes los hermanos, buscando aceptación, como buscamos todos, hacían rumbas tenaces cada nada, más de diez años atrás. Los apodaron así de bien por las ardillas de caricatura que salen en una película de cine de aquella época. La misma cara, la misma energía. No sé si todavía seguirán haciendo tantas rumbas rudas como las de hace años, pero desde el día que Pincho los vacunó, creo que dejaron de hacerlas tan seguido.

La noche del gol, los padres de las ardillas, sanitos, andaban por Europa visitando el viejo mundo; mientras tanto, Pincho, amigo del queso por aquellos días, envenenado, les daba por la cabeza aquí en el nuevo mundo. Apagaban las luces y cada quien montaba la que quería. Nenas de todos los colores, aromas y sabores, eso sí a granel en esas rumbas. La música plana del díyei se tomaba sin permiso toda la manzana y el olor a kriptonita, la marihuana que hasta al viejosupermán debilita, por esos días en boga, cosecha y bonanza, bajaba sin permiso hasta el parque y borraba el aroma paradisíaco de los jazmines del jardín infantil que queda ahí al ladito.

La música electrónica era la onda de moda. La guarida de las ardillas era el roto in. Linda casa. Full nevera. Varias camas. En la frecuencia del éxtasis se colaban pepas equis en cantidades industriales y el consumo de whisky o vodka era apenas para algunos pocos. Perico how ever escama de pescado a la orden del día, para otros cuantos. Y, eso sí, todos con su botellita personal de agua en la mano, mascando chicle, y chis pum, chis pum, chis pum, chis pum, chis pum… toda la noche y el día siguiente además. Estaba comenzado un milenio. Nueva era. Nueva rumba. ¿Nueva rumba? Qué va… La rumba es la misma, aquí o en Cafarnaún. O Ibiza.

A veces aburre en esas rumbas que resulta que ahora todos son músicos porque son díyeis, y ni siquiera saben diferenciar un re de un do. Entonces al viejo Pincho del aburrimiento se le metió en la mente el virus del basuco, que se manifiesta en imágenes de cigarrillos negros que expiden un humo grasoso, intangible, oscuro y fugaz, pero denso y concentrado, y algo le dijo al Burro. El man no le oyó. Mucho volumen en las rumbas de los ardillas.

El virus se fue tomando el cerebro entero de Pincho antes de que le alcanzara a repetir al Burro lo que le había dicho. Y es bombardeado enseguida con los recuerdos nítidos del humo ascendiendo lentamente por la nariz y entrando por los ojos. Es un asunto visual. El basuco es un asunto visual. Al segundo llega el fuego de ese químico tóxico inflamando los pulmones, encendiendo la sangre, quemando el cerebro, incinerando el alma. Así es que el virus de ese vicio le empieza a ganar la guerra de las imágenes a nuestra mente. Basta con darle permiso a la primera imagen para que se haga caldo de cultivo nuestro cerebro frito, y enseguida se desata una cadena de recuerdos y emociones, que se presentan como secuencias de cine mudo, todo más rápido. De afán. Esa película reduce nuestras voluntades a la deidad del mal. No importa donde estemos o lo que estemos haciendo. Si ese humo gris oscuro, como una tarde lluviosa, ese fugaz magarro ennegrecido, imaginario hasta este momento, se aloja en nuestra mente, estamos perdidos.

La memoria se le sofoca a Pincho con el tropel de sensaciones que llegan al mismo tiempo, y que van irrigando su cuerpo de una sangre ya envenenada. Eso aumenta su ritmo cardiaco. La combustión del polvillo mágico mezclado con el tabaco llega al torrente sanguíneo y se va tomando también todo el cuerpo. Cada célula. Cada uno de los poros. Ahora empieza a sudar copiosamente desde antes de haberse metido el primer pistolo. Apenas con imaginarlo. Luego le dan ganas de cagar. Pero se tiene que aguantar. Ahí es cuando se ha decidido a hacerlo. El gol. Y también soplar. Se eriza. Luego ese sudor frío es el que le mete decisión. Llega una sensación de querer es poder, y poder es hacer lo que sea. Pero también llega ese miedo sólido y esa soledad fría, esa impotencia macabra ante la sustancia. Es necesario robar. Porque entonces ¿de dónde?

Mientras se encamina hacia el tucho en su mente prodigiosa de imágenes, camina por las otras ollas del centro, las de la loma, o por la pepe sierra, o debajo del puente de la ciento treinta y cuatro o cualquier otra olla. Sopesa la hora, la distancia, los riesgos, el precio de las vichas, el transporte, hasta la calidad de la mercancía. Hay docenas de ollas en cada barrio de Bogotá, su mente vuela. En cuál olla será. Todavía no se sabe. La obsesión por la sustancia de su predilección lo enceguece. Lo puede hacer llegar a la compulsión, incluso antes de haber hecho el gol. Pero no, si analizamos bien, no lo enceguece, lo ilumina, lo enciende, lo hace clarividente y puede ver con nitidez de dónde va a salir el cash para arrancar como un carro loco a conseguir donde sea la caspa del diablo. El basuco. Lo que nos gusta. Lo que fumamos por décadas. Pero no puede ver nada más que eso: el humo atravesado como un muerto en su corteza cerebral.

La película se le va masterizando en esa torre con imágenes de una noche fría, con neblina, sola la ciudad, caminando por las mismas calles y avenidas, lavaditas por el aguacero que cayó por la tarde. Solo. Todos los andenes ya recorridos mil veces en las mismas circunstancias. Mirando hacia los lados, mirando para atrás. Asustado. Si vuelve a llover, se busca un alerito por ahí desolado, ojalá una casa gigante abandonada y es perfecto si se desata el aguacero. Los tombos no salen a mojarse. Pero con el ruido del motor de cada moto que se escucha, que se siente que se acerca, aunque sea la moto de los pedidos, toca ponerse ¡pilas!, ¡pilas!, pueden ser los tombos. Y paila. La u pe jota es una gono…

No hay un norte, o un destino. Desorientado. Indeciso de las rutas. Sin nada más que vicio en los bolsillos, vicio en los pulmones, vicio en el corazón. Toda la película ya se la imaginó y ya sabe en qué termina y todo. En el mismo desastre. Amurado, solo, sin un peso, triste, arrepentido, con sed, congelado, acongojado, enloquecido. Todos siempre terminamos así después de un embale. De todas formas:

– Burro, cántemelas que voy para el segundo piso a ver qué encuentro por ahí pagando, lo feriamos donde sea, puede ser en el paradero de buses, y cogemos un taxi de una para la olla de la pepe sierra a soplarnos unas vichas.

El Burro, bien soplón que ha sido, en los dos sentidos de la palabra, y quien a pesar de ser una abeja tiene aspecto de ser más bien lenteja, con sus ojillos achinados y ese corte de pelo aindiado, que como que es la mamá la que se lo corta con una totuma, le dijo:

– Hágale de una, que yo las canto.

Pincho subió en bombas y encontró que la puerta de un cuarto estaba cerrada con seguro. Él ya conoce la conducta humana en torno a la seguridad y en un chis pum, chis pum del díyei allá abajo, ¡trá!, abrió la puerta de un solo patadón en toda la chapa, acá arriba. Dentro del cuarto, que era el principal, es decir el de mamá y papá ardillas, las puertas de los clósets también estaban cerradas con seguro. Adivinen qué. En otro chis pum, chis pum del díyei, ¡trá! Las abrió de una patada ninja. Y ahí estaba el botín. Una de esas cajas grises portátiles que usan en los negocios como cajas fuertes. Grande. Pesada. Potente Gol.

Pincho bajó primero sin el botín, pero con el inconfundible brillo del éxito de la cacería animal en los ojos. Dejó, como el leopardo, la presa recién degollada en una rama del árbol, y un ratico que requiere para respirar, tabular a las hienas y calmarse, es suficiente para devolverse por ella. Se dio un borondito por la rumba, un traguito aquí, un ploncito allá, un pasecito acullá. Todos en la rumba estaban frescos, como si nada pasara, saltando y gritando eufóricos al mismo tiempo. Parecen unos autómatas salidos del video de zombies de Michael Jackson. A mí me perturba de algún modo esa rumba. No la entiendo. Hacen los mismos movimientos que haría un clan de primates barriga llena corazón contentos. Sudan como caballos con las pepitas equis. Esa noche había mitsubishis y foryous.

En mi época se trataba de entablar una conversación con una nena que uno sacara a bailar, sobre todo chucu chucu. Si la nena estaba buena y se dejaba apretar un poquito, era porque se estaba cocinando algo sabroso en esa pista de baile. En ese caso no había nada mejor que pusieran esos elepés del cuarteto imperial que duraban cuarenta y cinco minutos por cada lado del disco, con los que se quedaba uno aferrado a esa nena con sabor y sudor, cachete con cachete, y de vez en cuando, claro, unas vuelticas con giros y trenzando los brazos y haciendo pasos raros como para que no se marearan ni ella ni el hermano ni la mamá ni el papá ni el novio y ¡mesa que más aplauda!

Si a uno le gustaba y a ella también, porque el chucu chucu es un aire que nunca pasó de moda, se podría generar una relación así fuera de una sola noche. Pero siempre era una aventura interesante. En estas rumbas de ahora no se viene a socializar sino a sexualizar. Esas pepitas te ponen todo sensible al tacto y al sexo. Y como que las palabras sobran. Esa música y su baile, que se escucha y se baila hoy, me dan la impresión que impiden nuestra aventura. No contempla en ningún paso la posibilidad de comunicarse verbalmente con la pareja. Es que ni siquiera concibe el concepto de pareja porque cada quien baila consigo mismo. Y el concepto de paso también es difuso para esa música. Cada quien se mueve como quiere o como puede y punto. Cuando uno bailaba con una nena chucu chucu, lo más importante era cuadrar el paso. Que ella le siguiera el paso a uno. Fuera de eso el volumen en la rumba tecno como que tiene que ser a todo timbal o si no, no hay caso. Así, quién habla con quién. Ni consigo mismo se podría.

¿Será que las nuevas generaciones de rumberos, si así se les puede llamar, no necesitan comunicarse verbalmente? ¿Será que se comunican de alguna manera? ¿Habrá evolucionado tanto el homo sapiens como especie en estas vertiginosas décadas de rumba que retornó a sus orígenes, cuando las señas, los gestos, los sonidos guturales y otros mecanismos primitivos eran las únicas herramientas que necesitaba para manifestar lo que sentía o pensaba? Sin féisbuc.

El Burro estaba ahí donde Pincho le ordenó que se quedara, muy juicioso, en toda la entrada de la sala, más serio que un tramposo, cantándoselas mientras remedaba el baile del tal género musical, monótono, soso y ególatra, pero pegajoso y dinámico, que en realidad daba señales claras de no dominar del todo. Es harto. Cada quien baila feliz consigo mismo en esa rumba. Lo único bacano de esa onda es que el chis pum te eleva un resto, las pepitas excitan y todo el mundo está feliz.

Burro bailaba ahora justo frente a los amigos, pero solo con el fin de hacerle pantalla a Pincho para la fuga. Pincho volvió a su punto al lado de la escalera, se quedó mirando a todos con los brazos cruzados, en la posición que se ponía siempre que estaba analizando cómo son vueltas; se dio cuenta que todo estaba bien, que nadie había escuchado los tramacazos allá arriba, volumen al cien, y se devolvió por el botín. Sacó la caja gris cubierta con una chaqueta. Salió caminando de la casa de las ardillas muy tieso y muy majo, como rin rin renacuajo. Rápido pero sin prisa. Como si nada.

Pincho camina como los camellos. Da largas zancadas por su naturaleza, y pues llega rápido para donde se dirige; más cuando iba por vichas. Lo dejaba a uno regado en el camino a la olla y también después, soplando por toda la ciudad. El dueño de la tienda El Fonce, en el edificio que queda diagonal a la casa de las ardillas, don Lucho, alcanzó a ver algo raro. Pero no más. Y sabiendo de la actividad laboral informal a la que se dedica Pincho, las musas que hizo, la hora que era, no se imaginó que llevaba tanto dolor encima y todo ese tiempo perdido bajo el brazo.

Se encontró con el Burro enfrente de la que era la casa de German Monster, a los diez minutos de hecha la vuelta. En ese potrero, que todavía no han vendido, donde hay una caseta de celacho que ya no huele a caseta de celacho, Pincho arrojó con fuerza varias veces la caja fuerte gris contra el pavimento de la carretera, lanzándola de manera que se estrellaran contra el piso las esquinas, pero nada. Nada que se rompía. Hasta que por fin se reventó. Salieron a volar billetes, papeles y joyas por todas partes. Como era de noche, aunque no demasiado tarde, y no es que sea muy poca la iluminación de esa cuadra, no se veía un culo. Sin embargo recogieron todo lo que pudieron. Había…


Qué había en la caja fuerte…

Pues bien, había esmeraldas, joyas en oro y plata, papeles de propiedades o algo así y billetes quién sabe de qué país, porque Pincho en medio de la borrachera en que estaba, aunque no se le notara tanto, no encontraba la forma de averiguarlo. Parecían Sucres, Soles, Bolívares, vaya usted a saber en medio de la noche y esa pea química. Pensaba que si no eran dólares o euros eso no valía nada. En las ollas ya ni dólares reciben, por temor a que se los metan falsos. Esos billetes no servían pa’ un culo a esa hora. Lo gracioso es que justo cuando reventaron la caja, Pincho levanta la cabeza y ya habían aparecido en ese momento dos pintas más. Salieron de la nada. También estaban en la rumba.

El uno era Terry Wilder, que es un morenito muy pacífico y amistoso, quien yo creo que es el man con más apodos en este mundo. Al hombrecito le hemos puesto chapas como arroz. Me acuerdo de Mocoface, porque a pesar de tener éxito con las nenas, a sus amigos el hombre nos parecía que no era tan agraciado; pero vea, para las mujeres sí tiene gracia. Otro era Margarito, porque ese man sí que era buena papa. Recibía un apodo al día y se reía con una sonrisa tan serena, que uno pensaría que se trataba de un estoico. Qué lecciones de amor nos dio el Terry. También le decíamos Wildest, o Wilder, porque para ser tan inofensivo hay que ser el más salvaje. Y Terry, porque es terrible el parcerito, aunque no parece. Fue el primero que se tiró de una al piso y coronó unas esmeraldas. El burro ganó de fardo y se quería ir abriendo de una. También recogió aretes o algo así.

El otro que se apareció como por arte de magia fue Elvis Presley. Un amigo que es igualito a Elvis y por eso le pusimos esa chapa, pero no canta ni los pollitos. El man hubiera sabido que en la yunait pagan por parecerse a Elvis, ya se hubiera ido para allá. Pero no. El man no sabía. Y pasó algo bacano en el cuento, porque Elvis es un man impredecible en situaciones de riesgo. Con todo el carácter que se gasta, que le impide medir las palabras, le fue diciendo sin temor alguno:

– Eso no se hace Burro malparido. ¿A usted le gustaría que Ardilla le hiciera eso a su mamá? ¿Robarle los anillitos mientras usted lo está invitando una rumba en su casa?

Y el Burro, que aprendió a ser ganancioso y a dar lora porque vendía tenis chiviados en San Andresito, no se quedó callado. Burro fue quien me enseñó que a mí me hicieron la Quincy. Una trampa que nos hacen a los incautos por caprichosos. Así que pilas. No se dejen engañar del destino. Traten de no ser incautos ni caprichosos. Hace muchos años, una vez en San Andresito, me enamoré de unos Puma cafés con la línea verde, pero eran cuarenta y dos y me quedaban bailando. El man me dijo que no había más. Pero yo le insistí. Me dijo ya vuelvo, voy a conseguirle los cuarenta en el local de un amigo que queda allí a la vuelta. Al ratico llegó con un par idéntico, pero ese me pareció que me quedaba mejor. Me enredó y me despachó. ¿Saben qué hizo? Le había metido una plantilla y papel periódico en la punta el desgraciado. Yo los veía raros pero me quedaban bien. Los sentía bien. Al otro día parecía un payaso. Me tocó vendérselos a un amigo que era patón. Esa jugada se llama la Quincy. Pilas. Entonces el Burro le fue respondiendo a Elvis y ya se iban a dar en la jeta:

– Entoes qué, ¿va a revirar por lo que no es suyo? No sea tan sapo-, que tal y que tal. Pero Elvis le dijo a Terry:

– Vámonos, hermano, vámonos ya que eso no demoran los tombos en salir a buscarnos.

Estaban ahí para reclamar su parte del ponqué por el silencio. Pero a Elvis no le gustó el video cuando lo vio. Pincho pagó la condena por ese delito en esta última entrada a la Picota, cuando lo cometieron entre al menos tres. La demanda se la pusieron a él y el proceso le salió mientras estaba encanado. Vaya uno a saber si Terry invitó a Elvis una rumbita con lo de las esmeraldas. A pesar de que le fue medio bien al Burro en la vuelta, el chino se desmayó cuando se le pasó la borrachera y, claro, todo el mundo encima, entonces confesó todo de una sola rebuznada a la mamá, y de ahí para abajo, a Dios y al resto del universo del Burro. Se cagó. Mató el tigre y se asustó con el cuero, cuando es para el tigre que el rebuzno de un burro resulta toda una pieza musical. No lo descubrieron en el momento que empezó a sacar billetes en medio de la locura donde los ardillas. Fue al otro día que se dieron cuenta cuando encontraron el desastre. Se devolvió a la rumba para entregarse.

En medio del llanto del arrepentimiento, guió con señas a la familia ardilla, luego que llegó de Europa precipitada por las malas nuevas, hasta el potrero donde habían tirado todo lo que no eran joyas o dinero. Contaba uno de los ardillas después, que había muchos más valores en algunos de esos documentos, emparamados como estaban, sobre el pasto húmedo, que lo que se llevaron del botín; aunque de todas formas la familia ardilla como que era la única que sabía la manera de hacerse cargo de ese capital. El escándalo llegó a los estrados judiciales y todo el barrio se enteró de la osadía, porque que nunca Pincho se había sacado una cajita fuerte de la casa de un amigo.

En este tipo de casos todo el mundo juzga. Nadie se pone los mocasines de Pincho. Además son realmente pocos los que comprenden que lo que padecemos nosotros los adictos a las drogas y al alcohol es una enfermedad de la que no somos responsables. Sí, así como lo están leyendo. Los drogos no somos responsables. Aunque no lo crean. Responsable la sociedad. Parece mentira que un sinvergüenza como yo, con toda esa carga a la espalda, acuda a un argumento tan bonito para desconocer la responsabilidad que me atañe por la rumba que me di. Pero no es así. Si estoy relatando el rollo es porque me cabe responsabilidad. La enfermedad del alma que arrastramos con nosotros a todas partes contempla entre otras disciplinas la cleptomanía. Eso es todo. Somos más enfermos por la obsesión de querer tener las mismas cosas de los demás, que unos vagos que no vemos otra alternativa diferente a robar. Somos buenos en lo que sea y muchas veces los mejores. Podemos trabajar, pero la droga nos cercena hasta la autoestima para conseguir o mantenernos en un trabajo. Es el carrito en el que se monta uno para robar.

La drogadicción es el síntoma de una extraña enfermedad que llevamos sembrada muy adentro. Somos alérgicos a las drogas y al alcohol. Pero es la idea en nuestra mente, lo que se convierte en una obsesión. Una sola copa, una gota, el olor a trago, un ploncito de humo, de cualquier humo, un pasecito de perico, una grajea, y ahí quedamos anclados. Empezamos a morir lentamente, porque ya no podemos parar de meter y la compulsión nos lleva a la muerte. Nos rascamos con el trago y las drogas la llaga que nunca hemos sabido por qué tenemos. Esa herida abierta que nos da tanta piquiña. Siento que tengo un algo muy podrido bajo la piel de la cara que está que la revienta. Un dolor. La tragedia que se esconde detrás de la máscara de mi rostro.

La farmacodependencia y el alcoholismo fueron reconocidas como enfermedades por la Organización Mundial de la Salud hace años. Tenemos enfermo el músculo gris que llevamos dentro de la cabeza. La adicción a lo que sea, que es como los drogos hacemos flexiones de cerebro, así como hacíamos flexiones de pecho, la adquirimos por la necesidad de un voltaje ficticio, innecesario en realidad, que nos electrocuta el espíritu y también la mente. Ahora resulta que fuera de drogos somos co dependientes porque vivimos demasiado apegados a nuestros seres queridos. Nuestros parientes o aquellos a quienes amamos son nuestras sustancias adictivas, nuestro vicio. He empezado a temerle a todo. Hasta el computador me parece un vicio. Y no quería engancharme a toda esa oferta de información que hay en la red. La situación ya se ha convertido en patética y patológica. Ahora parece que se está demostrando que es contagiosa.

Que todos los días queramos salir a buscar sustancias que se vuelven tóxicas en nuestras manos, que usamos para escapar de la realidad momentáneamente, es el resultado de algo que tenemos descompuesto en nuestro generador-receptor de emociones, pero no entendemos en qué consiste el daño. Es como un vacío. Encontramos en eso que nos lanza fuera de nosotros mismos, la solución para llenar ese hueco. Nos olvidamos del hueco por un rato. Pero el hueco está allí, y eso no llena el hueco en realidad. Metemos drogas o licor pero no para llenarlo. Es más bien para no sentir el vacío del hueco. Del hoyo, del agujero negro. Que duele. Como cuando uno tiene hambre. Le falta algo. Comida, diría yo. Pero, ¿qué clase de comida? Alimentos para el alma. ¿Y dónde los venden? ¿Todo se compra? ¿Tienen precio todo? ¿Hasta las palabras? Porque no hay una sola inyección, que yo sepa, de alguna penicilina o alguna ampicilina o algún mejoral o algo así como un tratamiento homeopático o con electroschocks o con hipnosis o alguna medicina legal que erradique la drogadicción como si se tratara de una bacteria o de una infección. Nadie nos obligó a probar las drogas, es cierto, y nadie nos somete a buscarlas. Claro que no. Pero nadie tampoco sabe de qué se trata la locura hasta que se entera, si es que se entera, de que locura es cometer el mismo error esperando resultados diferentes.

Entramos en locura de la manera más inocente. Buscando aceptación, por ejemplo. Como yo. Esa fue la ilógica razón que tuve para entrar en la locura de hacer barras todos los días y ganar un poco de musculatura y cierto reconocimiento entre los grandes de Campania y Las Villas. Ser grande para no dejarse matonear. Buscando aprobación también, estudié para aprender a escribir y poder venir a tratar de convencer a alguien de alguna cosa, de cualquier cosa; utilizando nada más que palabras virtuales. Aparentemente ordenadas al azar. Salen sin mi permiso hacia sus cerebros, que interpretan lo que quieren y se hacen sus propios videos con lo que les cuento. Y se la sodan. He ahí la locura. Buscando aceptación también, me siento a moldear una historia para poder traerles, con cierto temor de ser rechazado, estas entregas semanales. Buscando reconocimiento aprendí además a tocar guitarra con el sueño lejano de ser una estrella del rock criollo. Pero paila. Hasta ahora estoy vislumbrando el grado de locura que me impulsó a ser quien soy. Y tengo miedo, porque todavía necesito un poco de aceptación para seguir adelante. Eso es locura.

De todos modos ahora sé que de lo que sí podemos hacernos responsables los drogos, es de nuestra propia recuperación; pero pareciera que ya casi nadie quiere hacerse responsable de alguna cosa. Mucho menos de recuperar una causa que considera perdida, como lo es dejar las adicciones. Si Dios me concede la gracia, hoy quiero estar en el grupo de narcóticos o alcohólicos anónimos. Nos damos cuenta al fin que es con la ayuda de otros que se va superando el problema.


Gol de pistola

Pincho había hecho goles por el barrio que todo el mundo conocía. Cada vez se volvían más osados y peligrosos. Entraba en el área de penalti y en la cara del portero, gol. Una vez por ejemplo, en complicidad de Carechivo, le tumbó a Johnny Lázaro una pistola Browning de nueve milímetros que no estaba muy nueva. Estaba como achacada, me contó. Cajeteada fue la palabreja que utilizó para decirme que se habían dado garra con ese guayo dando plomo ventiado. Pero, eso sí, servía perfectamente para lo que había sido fabricada: para dar bala. Johnny era nada más y nada menos que el abogado consentido de la reina de la coca. Oigan bien, el abogado consentido. Pero también era un viejo amigo que vivía en Capri, de una generosidad incomparable. Johnny Cash le decía yo, porque siempre andaba con billete. Era enorme, como de cien o ciento diez kilos de peso y más de uno ochenta de estatura. Tenía una casa preciosa, hecha a su exigente gusto con sauna, gimnasio, jacuzzi, baño turco, teatro, sistema cerrado de televisión y en fin… Tres pisos, altillo, tres frentes, todos con puertas, ventanales y balcones que daban a los hermosos parques de Capri, plenos de vegetación, y a unos cuarenta metros de la casa de los ardillas. Por eso me acordé de ese gol. Le pregunto a Pincho aquí en la celda treinta y seis:

– ¿Cómo fue el gol de la pistola de Johnny?

“Ese día Carechivo me dijo que lo acompañara donde un traqueto del barrio que estaba reganado y andaba gastando en dólares lo que quisiera al que quisiera –me cuenta Pincho recostado de nuevo desde el camastro-. Camine, me dijo, y me fue llevando. Usted se acuerda cómo era de entrador ese chino”.

Carechivo era un sardino muy vivaz y astuto que jugaba bien fútbol, quería tocar guitarra y tener un grupo de rock, pero lo que más quería era ser rico. Creo que lo está consiguiendo hoy en día. Tiene los ojos azules, grandes y expresivos. Era medio mono y muy singular. Tenía tantas cejas que se ganó esa chapa porque cuando lo miraba a uno, parecía de verdad que lo estuviera mirando a uno un chivito. Pincho me había contado en otra oportunidad la vez que se aparecieron juntos en Unicentro Carechivo y Carecabra. ¿Se imaginan la trepada?

“Ese cucho fijo nos patrocina los chorros y hasta unos pases de perico, si quiere, me dijo Carechivo. Así me fue llevando. Era justo detrás de la casa de los papás del chino. Cuando menos me di cuenta, ya estaba en la entrada y el man nos pilló las caras a través de la cámara de seguridad de la puerta y nos abrió desde de la sala con un control remoto. Hace como veinte años, eso era un lujo. Era repinchada esa casa en ese entonces”.

La casa de Carechivo era, como la de Johnny, una de las más bonitas del barrio. También tenía tres frentes y dos de ellos daban a los parques. Solo eran tres casas iguales a esa. Con una arquitectura muy original, creo que fue el papá del Chivo, que es arquitecto, quien las había diseñado y construido. En una de ellas vivió por décadas el Camello Soto, un defensa de la Selección Colombia de Willington Ortiz, que jugaba para el Santafé y que era altísimo y muy buena gente. Qué tipo tan relajado y calidoso. Todo el barrio lo quería. La de Johnny era diferente a esas dos, pero más severa.

“Entonces entramos y ya estábamos dándonos los pases y tomando una botella de Medellín transparente –continúa Pincho-, cuando es que el Carechivo se subió para el segundo piso en un descuido del cucho y bajó de una. No se demoró ni mierda. Me salió cuando pudo con que: Uyyy, arriba hay un maletín lleno de dólares. Apenas me dio la papaya Johnny, subí en bombas y cogí ese maletín y le metí una raqueteada áspera, pero nada. Yo no vi ni un dólar por ninguna parte. Como que no abrí el bolsillo que era. Siempre que uno hace un gol, por mínimo o grande que sea, siente nervios. Todo pasa muy rápido y hay que hacer las cosas de afán y bien hechas. Robarle a un traqueto usted sabe que no es cualquier güevonada. Entonces abro un cajón de un armario todo cotizado que estaba ahí, y ¡tan! Una nueve milímetros. Cajeteada y sin proveedor, pero había algo. El Johnny quedó jincho al cabo de tres botellas y nosotros nos fuimos con el fierro”.

Johnny me buscó como a los tres días del robo para ver si yo era capaz de acompañarlo con el fin de ir a buscar a Pincho y a Carechivo. Yo le dije que los dos eran amigos míos y que sí, que yo ya sabía y todo el barrio también que habían sido ellos los que se robaron la pistola, pero yo no tenía que ver nada en el asunto, y tampoco iba a permitir que el man fuera a joderlos con mi ayuda. Ese sería el único brinco en el que yo no quería ni tenía por qué meterme. Porque yo sabía quién era Johnny, y con el último que quisiera meterme en un güiro en este mundo ese era mi amigo Johnny Lázaro, el abogado de la reina de la coca. Casi nada. Aunque dolía un toquecito, porque si bien Johnny siempre se había portado como lo que era: un verdadero príncipe, la solución definitivamente no era joderlos. No sé si asustarlos podría ser para Johnny una alternativa. Solo que a Pincho lo único que lo asustaba en esta vida era fumar basuco.

– Entonces, ¿cuál es la mejor solución según usted?-, me preguntó Johnny medio rabón conmigo porque yo no quería hacerle la segunda ni decirle dónde vivían esos dos. Tampoco podía creer que ni siquiera supiera dónde vivía Carechivo, que era a menos de treinta metros de su propio jardín. Me quedé pensando un minutico. Íbamos en el be eme dobleú último modelo del hombre. Tenía un fierro nuevo en la guantera. Dábamos vueltas y vueltas por los recovecos del laberinto que es Capri. Yo estaba cagado, como siempre. Afortunadamente estaba lloviendo y no había ni un alma por ahí. Al rato de dar como seis vueltas al barrio, se me ocurrió decirle:

“Vamos para El Gentleman. Si lo abrimos un rato y nos tomamos un trago, de pronto aparecen y nos dicen dónde lo empeñaron. De pronto la pistola la tiene doña Mirta. Yo la conozco. Ella le pudo haber soltado billete y unas vichas por ese tipo de coroto a Pincho, porque a Carechivo no le gusta el contu”.

El Gentleman era un bar recotizado de Johnny Lázaro, con una barra de categoría, tragos finísimos de todas las marcas, sillas del carajo y dos pisos de elegancia que el hombre solamente mandaba abrir en fechas muy especiales, como por ejemplo cuando cumplía años mi hermano Pochis, los veintisiete de diciembre. Lo tenía nada más para invitarnos a toda la gallada de Capri, los patos gotereros de siempre, a todo lo que se nos diera la gana en fechas especiales. Hasta picadas con maíz pira, chicharrones y pataconcitos salían de una pequeña cocineta que el bar tenía atrás. Y ponqués de cumpleaños también. Un día comimos hasta fríjoles con garra y un domingo nos invitó cocido boyacense.

Johnny había comprado los dos mejores locales del centro comercial Capri express para adecuar el bar. Cuando se lo dejaron listo, que satisfizo al fin sus innumerables exigencias estéticas, lo cerró. Permanecía cerrado. Era para abrirlo en muy pocas ocasiones. No más. Jamás se vendió un trago. Las veces que Johnny se aparecía por Capri express, en menos de veinte minutos ya estaban llamando a lista los por lo menos treinta gotereros que se reunían a cacarear sedientos de la sed etílica que genera un patrocinador de la rumba y la alegría de la talla de Johnny Lázaro. Lo que no sabíamos es que somos impotentes ante el alcohol. Con ver la botella basta para sentir el líquido en el garguero. Con el olor ya podemos estar entrando en locura y no nos damos cuenta.

Aparecía el be eme azul de Johnny por la callecita del express, y en un santiamén aparecía el viejo Cacho, un barman morochito lo más de bacán. Limpiaba el polvo de rapidez, bajaba las sillas, cuadraba las mesas, prendía la rockola y ahí sí abría, y a beber y a gozar sin límites. Ya prendidos los dos, pues esa tarde no se apareció nadie por el bar, seguramente por la lluvia, yo lo convencí al fin de que no iba a ganar nada en absoluto jodiendo a alguien y que mejor fuéramos de una donde doña Mirta:

“Por el contrario, Johnny. Se puede llegar a meter en un lío el verraco porque todo el mundo ya sabe el video del robo del fierro. Si los quiebra o los enciende, todo este mismo pequeño mundo de este pequeño barrio se va a enterar de que, ¿quién fue?, pues usted, viejo Johnny. Eso no le conviene a usted ni a su linda familia, en su prestigiosa condición de abogado de usted sabe muy bien quién”.

Además era probable que a Pincho y otros manes como el Carechivo les tiraran a dañar la vida, porque últimamente habían hecho unas cagadas de antología por ahí, y se estaban metiendo en muchos problemas. Carechivo no tanto, pero Pincho sí. La debía por allí y por allá. Johnny es muy poderoso y todo el barrio lo sabía. Era tal vez el señor más poderoso del barrio, de los que se dejaba ver de vez en cuando a la hora de compartir el éxito y la riqueza. Espléndido el abogado. Fuera de esa gravidez social y ese prestigio de capo, también es grande y voluminoso. Bastante pesado, ancho y fuerte. Además pude comprobar, para mi asombro, que era supremamente ágil y peligroso. Un día se le cayó la pistola en El Fonce, una tienda al frente de su casa, y la cogió en el aire antes que tocara el piso. Siempre andaba enfierrado. Pero ejercía un poder muy extraño. Era amistoso y generaba mucha confianza entre todas aquellas personas a quienes nos demostraba su aprecio. Es boyaco el hombre, a mucho honor. Sabiendo yo cómo eran las vueltas de la época, yo prefería huir de ese tipo de líos.

Le insistí a Johnny que yo podía llevarlo, si aceptaba, hasta donde doña Mirta, la mejor jíbara de la ciudad. La jíbara oficial de la farrándula de esta fría capital. Quedarse un buen rato en su tienda-olla, en todo el corazón de Teusaquillo, uno de los antiguos barrios aristocráticos más hermosos que tiene Bogotá, era la mejor oportunidad que hay para apreciar el deslumbrante desfile de estrellas de la televisión colombiana, que a cualquier hora del día o de la noche pasaban por allá porque necesitaban para actuar del diesel que doña Mirta les vendía a precio de gasolina extra. Carísimo. Al parecer, muchos de ellos creen que los hace funcionar bien ante las cámaras el perico o el basuco.

– “Si Pincho dejó el fierro allá, viejo Johnny, doña Mirta me lo devuelve porque me lo devuelve, eso sí, a cambio del billete por el que el man lo haya dejado. Ella sabe cómo son las vueltas. Usted le da la plata y ella se lo retorna. Sabiendo que es suyo, que usted es mi amigo, que lo sacó de su propia casa y todo lo que pasó, que además usted es abogado de quien es el abogado, le aseguro que la cucha lo devuelve. Si quiere camine de una, nos tomamos un traguito en el camino y de paso, si ella acepta, lo presento. Vende un perico finísimo. Caro pero severo”.

Yo lo hacía con el único fin de sacarle unas vichas de basuco al abogado cuando ya estuviéramos allá. Porque Pincho no iba a coger para el centro con un fierro robado. Eso yo lo sé. Esa cucha no tenía el fierro. Esa pistola no podía estar muy lejos de Capri. Bueno… Johnny siempre tenía perico encima, imaginen por qué. Fuera de eso en cantidades alarmantes. Pero esta vez no tenía de milagro, y apenas le mencioné eso de que la farrándula se la pasaba por allá y que doña Mirta vende caribe un perico finísimo, el man se descompuso. Se transformó. El semblante un poco pálido, los ojos llegando desde la otra dimensión, me miró fijo a los ojos, se cagó de la risa y me dijo:

– Espéreme aquí. Maneja usted. Ya salgo.

Me puse al volante de una. Me mojé un toque en ese cambio de pupitre. Un be eme es un ovni, pero nuevo… los viejos se destartalan si no se cuidan. Huelen bien. Suenan como un trueno. Andan como un relámpago. Me dio miedo recordar que ya le había vuelto mierda un be eme a un man, azul como el de Johnny, pero por lo menos doce o trece años atrás. Nos volqueteamos en la quince con cien, donde quedaba aquel monumento a los héroes de Corea, y ahí quedó pérdida total. El dueño era un cucho todo cucarrón y ricacho que vivía enamorado de un amigo que era oficial militar. Le prestaba el be eme a mi amigo, y no sé ni me importa por qué mi amigo el oficial del ejército de Colombia tenía un amigo cucarrón que le daba las llaves de su be eme dobleú último modelo. Él no se atrevía a someter al alemán a lo máximo que diera su motor. Como si fuera un nazi a mis pies, yo sí lo cogí por mi cuenta como hacía con el Volkswagen escarabajo rojo de mi padre, alemán también. Lo llevé paso a paso hasta el límite de sus posibilidades. Como estábamos jinchos, salimos volando por encima del monumento. El cucarrón se cagó de la risa cuando llegó a la escena del siniestro. Eso era precisamente lo que necesitaba para que le cambiaran su nave por el modelo que ni siquiera había salido al mercado. A Pericles, un amigo que le gusta hacer barras y dejó el alcohol hace como un año, le pasó lo mismo. Se estampó todo borracho en el be eme del papá y casi se mata con el Danielito, que en paz descanse. Eso fue en la ciento treinta y cuatro con autopista. Dani tenía que morir en un accidente vehicular. Se mató un par de años después, cuando tropezó bajándose de una buseta y se pegó en la cabeza contra el andén. Dios lo guarde.

Muchos nos accidentamos durísimo. Yo creo que casi todos. Tarde o temprano terminamos destrozando el carro de la mamá o del papá o del amigo. El Guajiro volvió mierda el mazda de la mamá del Pato. El negro Muñoz desbarató un trooper del papá. El Enano casi se mata como con otros tres en un sentra recién comprado. Twiky se mató en su propia moto y Yandra, su novia, se había matado en un accidente que tuvo con él, también en moto. Luisfer en su sietecincuenta, llegando a la diecinueve con pepe sierra, se estampó a todo mierda contra un árbol. A Aldo, un man de Niza, un camión lo borró con todo y su simca morado en la ciento veintisiete. Son muchos casos. Luego volveremos sobre eso.

El tablero blanco del be eme decía que la máxima velocidad que alcanzaba era de doscientos cuarenta kilómetros por hora. Pero eso es pura paja. No nos pasó absolutamente nada de puro milagro. Ni siquiera un rasguño en un meñique. Como era oficial del ejército mi amigo, todo se solucionó breve. Son seguros los be emes. Para hacer una buena tortilla de huevos, hay que romper una buena cantidad de huevos. Eso escuché en una película de ciencia ficción. Yo hice una buena tortilla con todos los carros que me prestaron, sobre todo con los de mi viejo.

Cuando salió del palacete que no se cansaba de embellecer, Johnny estaba decidido a ir por ese fierro hasta Teusaquillo y ya tenía un semblante relajado. Traía una botella de old parr dieciocho años en una mano y un paraguas negro en la otra. Sonreía de oreja a oreja. Ya se había echado una fulca. Estaba fresco. Al man no le gustaba del todo que yo manejara su be eme porque yo sí hacía rugir esa máquina. Llevaba la agujita de las revoluciones hasta el rojo. Pero me dejaba y se reía del miedo. Se agarraba duro, se ponía el cinturón y así yo le ayudaba a matar las lombrices. En ese be eme levanté un poco más de doscientos una noche, yendo también para donde doña Mirta, pero solo. Es falso, como les digo, que los be emes de esa época, más o menos noventa y tres, noventa y cuatro, alcanzaban los doscientos cuarenta. Yo lo llevé a poco más de doscientos. Casi le saco la lengua. Echaban humo las llantas y los rines cuando llegué a la olla. De vuelta hacia la rumba, en el gentleman, que ardía de locura esa noche, me vine despacito, por ahí a ciento cincuenta.

Al llegar donde Mirta aquella tarde de invierno con Johnny, que estábamos buscando la browning que se bajó Pincho, el aguacero estaba peor en el centro. La cucha, que se mantiene vigente en ese bísnes porque es súper rayada y pila, me hizo caras de que solamente hablaría conmigo porque no conocía a ese señor.

– Siga, Felipe-, dijo. No le gustó el aspecto de Johnny Lázaro. Expele mucho poder así no más por encimita.

Me contó que no tenía ninguna pistola, y que si de pura arepa llegábamos a encontrarnos a Pincho o al German Monster pagando, o mejor dicho dando papaya por ahí en la calle, que le dijera a ese man que le metiera de a dos pepazos a cada uno en esas patas a nombre de ella, porque hacía ya una semana se le habían robado una bomba entera con noventa y seis vichas de diez mil pesos cada una. Casi un millón de pesos en mercancía tipo exportación. Con razón yo no les vi ni la sombra a ese par de vampiros en esa semana. Pasaron disecados de viernes a viernes. Quién sabe en dónde. En el monte, a lo mejor. Así siguen siendo las rumbas de algunos. Empiezan el viernes y terminan el viernes, cuando ya otros se están preparando para empezar el mismo viaje. La rumba ha sido el motor loco de esta aventura sin nombre, desde los ochenta para acá. Han sido tan astutos los que se mantienen en la rumba, que ahora se mantienen de la rumba.

Compré dos de perico para Johnny y una de basuco para mí. El único rostro conocido que entró en ese momento a la tienda de doña Mirta fue el del que hacía de mariquita en sábados felices. De vuelta me estaba derritiendo del desespero por fumarme un pistolo en ese trancón, bajo ese aguacero con granizo. La compulsión absoluta. Pero dentro del be eme dobleú no se podía soplar ni medio basuco, por obvias razones. No ven que era el be eme del abogado de la reina de la coca y ese veneno huele mucho. Demasiado. Además de dejar el carro impregnado por días, deja un olor desagradable, penetrante y dulzón. Aberrante.

Fuera de eso, para desesperarme otro toque, a Johnny le dio por poner unas rancheras de Chente a todo timbal, que para entonces no me gustaban ni poquito porque no las comprendía, y hable y hable y hable mierda y huela perico. Y huela, huela y huela, y hable mierda. Son dos cosas diferentes. Como dos horas en el trancón. Casi se acaba el perico. Severa nariz. Ya cuando la noche cayó y el agua paró su sonsonete, nos enlagunamos de nuevo todo el club de borrachos en El Gentleman, los treinta gotereros de siempre, y ese par de joyas nunca apareció. La pistola sí que menos. Pero lo que pasó después, nadie me lo va creer…


El camino de Esa chica

Cuando nuestros padres deciden cambiar de barrio, por allá en el ochenta y dos, Las Villas era un barrio de muchachos como yo, con muchas inquietudes insolubles y demasiadas necesidades implantadas, sembradas, copiadas, adoptadas… Ajenas. A mis hermanos y a mí nos tocó enfrentar algo similar a lo que experimentamos cuando nos trasladamos del insufrible Restrepo, en el sur de la ciudad, a Cedritos, en el confortable norte. Subimos un peldaño en la escala social y luego otro. Ya mis viejos habían remontado el primero con mucho esfuerzo. Y a pesar de que el último peldaño que escalamos fue porque nuestros padres adquirieron una cigarrería, esa no era razón suficiente como para que la mayoría de la gente de ese vecindario nos hiciera sentir de tú a tú. A pesar de todo llegamos a tener una buena amistad con quienes vinimos a entablar cierto contacto. De todos modos no dejaban de mirarlo a uno como el tenderito de la familia de la tienda.

Pero en realidad mi viejo era tan o más profesional que los de ellos, como profesor de literatura de la Universidad Nacional y de la Distrital, y mi viejita tenía una licencia de maternidad en la Caja de Previsión, donde se desempañaba como auxiliar de odontología. Sin embargo, esa señora nunca ha podido quedarse quieta. Siempre tiene algo que hacer, sobre todo por los demás. En el embarazo de su cuarto hijo venía en camino mi hermanito Juancho y ella tenía que tener un negocio en el que quería involucrarnos. Para el futuro, o sea hoy. Pero no entendimos bien lo que quería. El hombrecito llegó poniendo problemas y se asfixiaba de vez en cuando, pero porque era el último hermano y mi madrecita ya no estaba de veinte. Mi tía Yoli lo ponía boca abajo, le metía un dedo en la boca y el hombrecito volvía a la vida. Hoy agradezco todo lo que viví, con miedos y todo. En otras ocasiones mi hermano me volvió a asustar. Pero todo a su tiempo.

En ese experimento del ascenso, en lo que sea, hay que demostrar en ocasiones que existen suficientes razones para sustentar que mientras unos ascienden, otros descienden. Es decir que hay que exigirse para estar allí. Nuestros padres nos pusieron en ese barrio y en esa época y cada paso que dimos fue determinante para nuestra formación como personas. Ellos no solamente querían que ascendiéramos en la escala social desde el punto de vista de la educación y la cultura, sino que veían también la manera de llevarnos cada vez más arriba en todos los aspectos de la vida.

Porque da la coincidencia de que donde fueran llegando nuestros padres, íbamos llegando detrás nosotros como cuando a la gallina los pollitos dicen pío, pío, pío: nos da la comida y nos presta abrigo. Llegamos a un barrio mejor. Donde las casas eran más grandes y más hermosas. Lo que tenían por dentro era siempre una inquietud enorme. Una de las cosas que uno más quería hacer de sardino era entrar en las casas de todos los amigos que conocía y brujearla toda. Y no solo de los amigos. A todas las casa lindas que veía. Pero que al menos lo invitaran a uno los amigos, las amigas. Que le abrieran la puerta y le dijeran: siga, bienvenido, y uno entrara y le mostraran la sala, el patio, el invernadero, la cocina, el comedor, el estudio, el baño de emergencia, que a veces era lo único que uno alcanzaba a conocer cuando los papás de la personita eran ogros y uno estaba que se meaba o se cagaba. A veces no lo dejaban entrar a uno porque de pronto la casa no era muy bonita por dentro o estaba desarreglada. O a veces pasaba que los parientes de un amigo o una amiga conservaban una nostalgia toda enfermiza por alguna calamidad familiar. Alguien se había muerto. O estaba muy enfermo. Y moría. Mucha gente muere a diario y la vida sigue como si nada.

A veces pasaba que el papá y la mamá se habían separado. Entonces podían suceder dos cosas. O paila o todo bien. Paila si era el cucho el que se iba y la cucha la que se quedaba. Chimba era cuando el cucho trabajaba todo el día y la mamá era la que se había ido. Era ahí cuando nos destrabábamos la casa. Hacíamos rumbas, parchábamos todo el día. Luego hablamos de ese tema. Por ahora aterricemos en Las Villas de nuevo.

También sucedía que había amigos que vivían con parientes drogadictos o alcohólicos. Guardaba espesura ese ambiente y cierto atractivo para mi mente loca. A veces yo quería entrar en esas atmósferas densas y melancólicas donde se respiraba rumor de cumbia y olor a aguardiente, o donde a veces se escuchaban guitarras que interpretaban tangos, boleros o música de planchar. Entonces hasta ahí. A veces medio abrían la puerta, en caso de que uno ya se viera obligado a timbrar, y había una cadenita dorada que impedía que se abriera toda la puerta. Le llamaban el perro a esa cadenita. La usaban por seguridad. Pero casi siempre las casas eran lindas y lo invitaban a uno a entrar así fuera apenas una sola vez en la vida. Y aquí está el cuarto de la muchacha, el patio, la casita del perro; arriba, mi cuarto, los baños, el zarzo y el cuarto de los papás, donde estaba el televisor más grande de la casa y el betamax. De acuerdo al modelo que tenían, a la dimensión del teve, uno podía hacerse a la idea de la cantidad de dinero que ganaban los papás al mes. Eso era importante determinarlo. Así sabía uno si estaba por encima, igual o por debajo del nivel económico del amigo. Y para entonces eso condicionaba inconscientemente nuestros comportamientos. De todas maneras lo que era más importante de determinar era si los cuchos eran tolerantes. Había que saber si los papás permitían parchar en el cuarto del amigo y si se podía recochar, oír música, joder la vida. Saber cómo era ese cuarto, si lo compartía, cómo lo tenía decorado… Era imprescindible saber qué tipo de personas eran sus hermanos, si tenía hermanas lindas o diablitas, y qué tan tolerantes eran los viejos.

En ese barrio había muchas casas preciosas. Era mucho mayor que en Cedritos la influencia del dinero y la necesidad de ostentar ese modelo de vida que nos estaba ya implantando no solo Hollywood con the american way oy life, sino la cultura del narcotráfico. Donde la gente ganaba más, tenía más y aspiraba a tener más. Ese era el motor de sus vidas. La ansiedad de tener más para ostentar más y parecer que cada día se estaba mejor. Económica y socialmente. Buscando la cúspide de la escala social, de la pirámide de las apariencias. Tener dinero era sinónimo de estar bien. No más con el acto de aparentar tenerlo, yo vi cómo más de una figura empezaba a sentirse mejor en medio del estrés. Un asunto terapéutico ese de aparentar.

Había una competencia feroz por ser el mejor en muchas cosas. Entre ellas la más salvaje era la de tener dinero. O al menos fingir que se tenía. Esa lucha por aparentar, mantenía esclavizado a más de uno, atrapado en un mundo gaseoso. Se la pasaban endeudados por comprar ropa, zapatos, cadenitas, relojes, bicicletas, motos, chucherías, carros… maricadas innecesarias. Papá alguna vez pronunció algo así como que si compras o te endeudas con cosas que no necesitas, luego vas a tener que empeñar o vender las que sí necesitas.

A mí el dinero nunca terminó de deslumbrarme del todo. Siempre se ha escapado como agua en mis manos en forma de todo tipo de golosinas, y de la manera más insensata en dulces venenos que para desgracia de algunos y destrabe de otros, nunca terminaron del todo por matarme intoxicado. Nunca me di cuenta bien del video en el que me monté. Pero aquí estoy desenrollándolo. Y me divierto por primera vez en mi vida contando estas historias, como nunca lo había hecho.

Les decía que llegar a otro barrio es empezar a probar otro tipo de cosas. Toca probar que se juega bien fútbol. Algo para que los de Las Villas eran unos genios. Cala era un zurdo muy buen goleador y Gaetano conocía todas las figuras y las hacía muy bien. Haciendo barras, ni hablar. Era tremenda competencia. Y otra competencia, era la intelectual. Siempre se estaba pontificando hasta de política. Sobre todo de manera apasionada. O se era de derecha o de izquierda. El centro no existía. Ahora todos son de centro. Hasta ya le salió un partido de derecha al centro y lo bautizaron democrático. Una de esas ramas de las competencias intelectuales, era la de la música. Donde yo quería surgir. Para entonces soñaba los aplausos que le daban a Robert Plant cuando terminaba de gritar sus aulliditos todos sospechosos, al final de stairway to heaven.

Me hice conocer con mi guitarra al hombro, entre los parches que por aquella época quedaban cerca de mi casa. Sobre todo Niza, Campania, Córdoba, Las Villas, La Alhambra, Cedritos, Margaritas y pare de contar. La única vez que canté para el parchecito de Pincho, antes de que Esteban muriera, fue un día que nos encontramos en la olla de la ochenta y estaban Pincho, Pirata, Patacón, Minibilli, Juano y Lucas. Eso fue al principio de todo, como en el ochenta y cuatro. No tenían más de trece o catorce años. Nos fuimos a trabar después de haber comprado severas bombas, en el parque de las flores, entre ochenta y seis y ochenta y ocho, y entre la quince y la autopista; que era un parque re pleno antes de que existiera el cai. Pero antes, cuando entramos a comprar en una droguería del Polo unos peches para pegarlo, Lucas metió literalmente medio cuerpo entre el pequeño refrigerador de la droguería, buscando supuestamente la paleta de su sabor preferido, pero cuando salimos del local, empezó ese monito a sacar paletas y platillos y conos de todos los sabores y colores de las mangas de la chaqueta. Lo que hizo superior ese momento, fue algo que me pareció una muestra clara de esa relación tan cercana y solidaria que tenían entre sí los billis y que siempre trataban de compartir. Lucas había sacado las paletas completas y tenía una para mí. Era de agua y de limón. La más barata. Pero era para mí. Si estabas ahí con ellos, siempre había algo para ti.

Cuando yo ya me estoy tratando de hacer conocer con la guitarra, me reencontré con mi amigo Fernando Zanders, que en paz descanse. Se pasó de calidad en las rumbas del tecno comiendo equis y se le fraguó un cáncer en el colon que lo puso a cagar babas y a llorar del dolor. Murió el primero de enero del dos mil. Se fue con el milenio y me dejó una historia tenaz que ya tengo escrita en otra novela. Yo creo que esta entrega puede ser la última de esta novela, pero la primera de la otra. Esperemos a ver qué pasa en el transcurso de estos minutos por el motor de nuestras expectativas. No puedo terminar de contarles todas las historias más relevantes de esta novela sin antes saber que podemos publicar un libro. Sigo siendo un habitante del milenio pasado.

Pero antes de coger para el futuro, hagamos la u hacia mil novecientos ochenta y cuatro. Todo lo que yo quería en la vida era hacer música rock con una banda. Las Villas de entonces no eran solo parches que se la pasaban haciendo barras y todo lo que querían era darse en la jeta. Al cabo de un mes de estar viviendo en Las Villas, ya tocábamos con Omar en la batería, cuya hermana Alma era mi novia; Memo, que tenía toda la pinta del mundo, era el novio de Polilla y el dueño de todos los instrumentos, menos la batería; tocaba el bajo. Su hermano Michín, el que hacía girasoles en la barra y siempre manejaba el nissan, tocaba los teclados, y yo cantaba y tocaba la guitarra epiphone que Memo le había comprado al mayor de los Maderito. Nos llamábamos La traba sonora. Tocamos en un par de murgas de las que organizaba el Saint George School. Algunas de Pink Floyd y otras de Led Zeppelin eran todo nuestro repertorio. Pero con eso bastaba para seguir soñando que algún día podríamos llegar a ser famosos y tener mucho dinero y nenas y chécheres y rumba y todo lo que tenía un traqueto, pero sin arriesgarse tanto. Solo que no nos fue muy bien. Nos sabotearon y quedamos como mal. Ahí terminó el video.

Como yo soñaba en realidad con crecer en la música, en ese camino largo y sinuoso, conocí a los hermanos Madero, que me parecieron fantásticos. Gabriel y José. Tocaban mucho. Bajo y batería. Yo en la guitarra y mis canciones. Severo ego. Eran perfectos para mi sueño. Pero Gabriel quería tocar dizque La chica de Ipanema y un reper todo señoritero ahí para vender dizque en bazares y en centros comerciales. José sí quería lo bueno. Rock, blues, jazz. Pero Gabriel era el líder porque tocaba más y mejor. Sabía leer pentagrama y aunque José también, era menor y menos obsesivo con el control y el mano. Gabo era de esos manes que todo lo quería a su gusto o si no, no jugaba. Ni prestaba el balón. Nos tocó montar La chica de Ipanema y otras bellezas. Yo después me aburrí y me quedé con las ganas de que los Maderito me ayudaran a montar unas canciones con las que yo creía que podríamos triunfar. Entre esas estaba Esa chica da el panema. Yo le puse ese título solo para mortificar a Gabriel. Pero era muy vulgar y se quedó con el título de Esa chica. Yo la compuse para mujeres fatales, como una chica de la que ya no demoro en hablar.

La última vez que vi a José estaba tocando. Fue en la casa de la mamá de Vanessa, la señora que fundó Cañabrava, el grupo de salsa de solo mujeres que tuvo mucho éxito. Tenía una casa grande por allá detrás de la plaza de toros, casi llegando a la Universidad Distrital, en la Macarena. José estaba tocando jazz con uno de los Arnedo. Creo que con el papá. La última vez que vi a Gabriel, fue en la Universidad Nacional vestido de paño. Vendía carros en la autopista con ciento veintisiete. También lo vi después en unas fotos que aparecieron mucho antes en un acetato que grabó con otros dos músicos. Al menos grabó en la época del acetato.

Yo quería rock. Rock duro. Con ellos toqué mejor de lo que llegué a tocar con Mauricio Baquero y el supuesto amigo que le robó la fénder negra que el papá le había traído de Estados Unidos. Severo nivel para mí. Bueno… para mis limitaciones y mis fantasías. El man ese, dizque amigo de Mauricio, tocaba mucho, pero era amigo de lo ajeno. El que daba papaya, perdía en aquel mundo inclemente. Así se tratara de tres parceritos en un universo de paz y amor, como era el que teníamos montado en un huequito, no dejaban de acercarse acechando los eventos feos. Quién sabe por qué se dejó llevar el man. Casi todos los que nos dejábamos llevar por el basuco, hacíamos ese tipo de cagadas.

El asunto es que entre más me acercaba a ese mundo del rock, que era el de mis ilusiones de adolescente, más cosas me pasaban para que yo me alejara. Más obstáculos me salían. Uno de esos inconvenientes que yo quería salvar para poder concentrarme en mis ilusiones, sin mencionarles que ya estaba casado y con un hijo recién nacido a los dieciocho años, era la aparición diaria de mi amigo Fercho Sanders, que en paz descanse. Aparecía sonriendo con su dentadura perfecta y oliendo a Van Cleef o a Cartier y el bolsillo lleno de billetes, y ya a las ocho de la mañana llegaba a mi universo a decirme:

– ¿Para dónde va, marica? ¿Qué va a hacer? ¿Tocar? ¿Usted es que es güevón? La música no le va a dar para comer ni para vivir. Lo que usted tiene que hacer en esta vida, y es ya mismo, es ponerse a hacer billetes, para poder llegar a ese “jardín de rosas, hermosas, son todas para mí”, que espera allá afuera, y tener para poder invitarlas a pasear, a salir, a rumbear, a tomar y después comérselas borrachas, trabadas o embaladas.

Siempre quiso ser narcotraficante y esmeraldero, como alguno de sus parientes. Y lo logró. Se hizo tremendo capo. Tal vez el mejor de Bogotá. Tenía un Toyota célica y un erre cuatro envenenado con motor de doce y toda la vuelta. Y eso que en esa época lejana no había pico y placa. Me llegaba de primeras a la casa. Mi mamá lo odiaba porque a Sanders se le salía la maldad por los poros, por los ojos, por el pelo, por los bolsillos.

– Qué quiere hacer, Fepo?

Yo me levantaba con ganas, lo juro por el cielo azul de esos días, de hacer sonar el ampeto de tubos fénder que el Memo se había comprado en la ochenta y cinco con quince. Trabarme en el parque primero. Hacer una serie de barritas después. Hablar mierda sobre la historia de la música rock, tema en el que eran expertos los hermanos Arzayús, Ike, Juancho Echeverry, Camilo Mejía y otros. Yo no sé de dónde sacaban tanto dato, pero en las barras de Campania fue donde me vine a enterar que Eric Burdon, el blanquito de los Animals, que cantaba como un negro Tobacco Road, fue el man que dejó morir al viejo Jimmy Hendrix por no llamar a tiempo una ambulancia que lo salvara de la sobredosis de heroína que se metió. Bordon lo dejó morir de pura envidia. Porque el negro sí era negro y él no. Según la película que estaba a punto de terminar de ser rodada, antes de que el man falleciera, se decía que Hendrix venía de las estrellas y que era un regalo de Dios. Para cualquier pepo que escuche a Hendrix, eso es cierto. Todos queríamos aportar algo. Como yo no sabía dónde indagar del tema, veía las películas que programaban en el Olimpia y en el Embajador: La Ópera de Tommy, de The Who, con Roger Daltrey y hasta Elton John; The song remains the same, de Led Zepellin, con Jean Paul Jones y Jimmy Page el original; Pompeya y The Wall, con Roger Waters y David Gilmour, de Pink Floyd; AC DC en concierto. Kiss, Deep Purple. Queen. Eran bastantes, pero me falla la memoria y no me acuerdo el nombre de otros que vi. Yo trataba de sacar las canciones y eso ayudaba en la tertulia. Así pasábamos bacano.

Me encantaba tomarme una coca cola para la seca tan horrible que daba un buen bareto. Me gustaba comerme un roscón, una paleta. Más tarde fumarme un marlboro. Y cuando llegara a la casona del Memo, pasar por la nevera antes de subir al cuarto que adecuaron para la banda, tomar algo frío y poner a gritar esa guitarra electroacústica que el mismo Memo me había comprado para que la tocara yo. Ese era el escenario apropiado para que se dieran nuestros sueños. Pero no. Así no iba a ser porque como una exhalación irónica del demonio, aparecía Sanders. Papá holandés, mamá paisa. Tremendas facciones. Un moreno de ojos penetrantes, agudos y con un brillo que parecían de ónix. Las cejas describían un ángulo casi de noventa grados en todo el centro, que caracteriza a las personas incisivas, mordaces e interesadas. Podía levantarse a la que quisiera. La que fuera. Pero era malhablado y él quería hablar bien. Vivía bobo por Toya. Es que Toya era tremenda mujer. Alta y con fabuloso cuerpazo, fue la reina del combo por un tiempo. Tenía piernas largas y era muy atractiva. La única vez que hicieron un reinado de belleza en Cedritos adivinen quién se lo ganó. Toya.

Sanders no podía estar más congestionado esa tarde. Me hizo perseguir la carroza real, que era una zorra tirada por un caballo viejo con un antifaz. Íbamos en el erre cuatro, que era descapotable. Para entonces Sanders no sabía manejar. Yo le enseñé en las callecitas de la universidad nacional. Sudaba de la emoción. Como cualquier traqueto en un reinado de belleza, gritaba como un loco: ¡Toya! ¡Toya! ¡Toya! Lo que era más raro, es que Toya no tenía competidoras. Era la única. A las otras reinas se les arrugó frenear a Toya en sus carrozas. De reales hubieran pasado a fúnebres donde alguna le hubieran ganado. No solo por ella, sino por Sanders. Siempre re a meter miedo, violencia o billete por sus causas. Tenía que ganar su reina o se armaba la hijuepu…

Toya era la mejor amiga de mi hermana, desde que vivíamos en Cedritos, bailaban juntas en Río y donde llegaban se paraba la música. Todos volteaban a mirarlas. Mi hermana también era despampanante. Toya fue novia de muchos por ser tan linda. Casi todos hicieron cola para ser así fuera amigo de Toya. No alcanzo a contar todos los novios que tuvo con los dedos de las manos. Ni siquiera con la ayuda de los de los pies. Como yo tenía tanta cercanía con Toya, la había visto en mi casa desde que teníamos doce años, Sanders no me dejaba en paz todos los días:

– Fepo, camine me acompaña a llevarle un aderezo a La Toya a ver si acepta salir este fin de semana, o el otro, aunque sea. Vamos los tres a comer y a rumbiar, a lo que quieran, a la zona rosa, si quieren. Que invite una amiga para usted.

Como yo conocía a Toya más o menos bien, ya sabía que ella era la que escogía con quién quería estar. Se le declaraban de a tres por semana. Y volvían y lo intentaban. Casi siempre el que quería estar con ella, tenía que esperar o aguantarse todos sus caprichos. Pero en general, era ella la que escogía. Como Toya mide como uno setenta y muchas veces usaba tacones, se veía por ahí de uno ochenta de estatura. Sanders y yo nos veíamos como un par de mocos al lado de ella. Pero eso era lo que le gustaba a Sanders. Él tenía que tener a la mujer más alta, hermosa y llamativa de la rumba. Más o menos lo mismo pensaba Toya. Ella no iba a estar con un man que no estuviera a su altura, a su medida.

Sacaba ese loco diez aderezos, que son conjuntos de joyas súper lindos y costosos. Todos con el mismo motivo, con las mismas piedras, el mismo metal. La cadena para colgarse del cuello; una pulserita con el mismo tejido, pero más angosta. Un anillo y los aretes. Costaban un ojo de la cara. Pero a él le valía güevo.

– Cuál le llevamos -, entonces iba y sacaba una bolsa de terciopelo negra, en donde tenía me mostraba todo tipo de joyas. Me miraba a los ojos cuando me ponía en la cara el de rubíes, que me encantaba; el de esmeraldas, el de diamantes, el de ónix, el de perlas. Tenía aderezos de todas las piedras, oros y platas.

– Cualquiera, güevón, ella ni se los va a poner-. Me daba piedra que estuviera tan enamorado de una amiga que sabíamos que no le iba a dar ni la hora. Ella no quería recibirle nada. Pasearon la carroza real por todo el barrio, y nosotros como unos güevones ahí detrás en el trancón que se armó, pitando y echando maicena. Por el techo corredizo de la nave Sanders tenía medio cuerpo por fuera y eche maicena y grite vulgaridades. Solo le faltó echar plomo. Y tome aguardiente. Los tombos lo veían pasar a uno y no decían nada. Era una chimba. Y Sanders no cabía de la felicidad.

Ya le iba a regalar un aderezo de esmeraldas por ser la reina del barrio y para que aceptara dejar al novio y se cuadrara con él, pero Toya no le quiso recibir nada. Le dijo de una que no se hiciera ilusiones, con esa soberbia tan rejalada que ella manejaba. Pero a él eso no le importaba. No aceptaba un no. Volvía y lo intentaba. Esperaba conquistarla algún día.

– Cómo que no se los va a poner. Tan marica-, me dijo todo rabón. Se quedó mirando el aderezo de oro y esmeraldas y se decidió por otro anillo de oro y esmeralda. El aderezo mejor no. Se lo daría en otra ocasión.

Fueron muchas las aventuras que vivimos con Sanders. Se conseguía pistolas y revólveres a cambio de drogas, con unas amistades que tenía de Villa Luz nada recomendables. Lo que pretendía era que nos tomáramos el comercio de marihuana y perico en Unicentro. Pero había un man que se la pasaba en la bolera y en los billares que no era el cucarrón pederasta del Primo, sino el señor de la rumba. Pero de él hablaremos en otra oportunidad. Por ahora volvamos donde estamos.

Varios querían hasta la mano de Toya, porque a pesar de ser tan guapa, ella en el fondo era sencilla. Era muy linda y representaba exactamente el modelo de la época. Basta mirar las fotos para darse cuenta que parecía sacada de un grupo de música pop del momento. Mostraba esa apariencia de ruda porque era grande y sabía pelear. Aprendió muy bien a dar trompadas y a noquear, pero muy adentro era muy solidaria y humanitaria. Se preocupaba por los demás, exactamente igual que Esteban, y compraba todas las peleas de las amigas o amigos que la conocieran. Reviraba hasta por los manes.

Toya conoció a la princesa de la coca. La que después fue reina. Con su hija estudiaban en el mismo colegio. Una vez Toya se enteró de quién era su compañerita de pupitre y le dijo que le presentara a la mamá. La mamá era una mujer supremamente aguerrida y dura que se hizo en la calle. Salió de la nada y construyó un imperio. Empezó vendiendo dulces en el Luxury, un teatro en el centro de la ciudad donde se exhibían películas triple equis y se hacían bajo cuerda muchas otras cositas más. Un día dio el salto al jibareo de basuco y se inició la senda de su gran fortuna. Puedo estar metiéndome en problemas porque esta historia es única. Se conoce. Pero sigamos.

La señora era bajita, seria, maciza, pesada y con carita de campesina: trenzas, cachetes colorados, sonrisita pendejona y pequitas en las mejillas. Era generosa como las hijas, pero solo con los más allegados. Con Toya fueron unas madres. Para los demás no tenían ni mierda más que malas palabras. A pesar de que compraron tremendo apartamento en la pepe con trece, horrendo mercedes negro con vidrios polarizados y todo tipo de trajes, perfumes, joyas, chucherías, no podían dejar de ser malhabladas.

Cierta vez que ya había entrado en confianza, Toya conoció a la hermana mayor de su compañera de clases. Vamos a llamarla Cindy para evitar más brincos de liebre. Cindy se dedicaba llevar cápsulas de diez gramos de perico en su aparato digestivo. Le cabían alrededor de cien. Exactamente un kilo. En varias oportunidades, cuando llegaba con los catorce mil dólares que le daban por la vuelta, Toya iba a esperarla en un taxi cuando arribaba a Eldorado y esa nena llegaba con maletas repletas de dulces, regalos, ropa y todo tipo de notas. Pero lo más impactante para Toya, fue ver los fardos de billetes que no solamente eran de ella, sino los que tenía que traerle a la mamá.

Durante esas semanas que rodaba todo ese billete, se la pasaban de rumba, comiendo, gastando aquí, despilfarrando allá. Estrenaban tenis, bluyines, camisetas… Era vivir el sueño americano aquí en tabogo. Una noche en La Calera, en medio de una rumba, Cindy le dijo a Toya: Por qué no se carga conmigo, nos vamos y usted se devuelve con sus catorce mil dólares sana y yo me quedo allá voltiando. Toya no lo pensó mucho. Con un plante como ese podía montar cualquier negocito y no tendría que depender de pretendientes como el Sanders, que todo lo que querían era hacerse cargo de una reina como ella para toda la vida, como si fuera la muñequita que baila en las puntas de los pies, dentro de su cajita de joyas musical.

La llevó primero por allá a la Avenida Venecia, la que cada invierno se inunda como la ciudad italiana. Una señora empezó a tratarla con frutas y comida ligera para que el cuerpo se fuera adaptando a la aventura a la que se enfrentaba: tragarse cien cápsulas, haga de cuenta esas génovas que venden en las cigarrerías que no se sabe de qué tipo de carne de gato son, y una por una ir bajándolas con agua. Y luego espere. Y trague, tome agua y espere. Y así por horas hasta que la mula está lista y se ha tragado todas las cápsulas, que eran hechas con los dedos de los guantes de cirugía. Muchas veces olimos perico salidos de esos dedos. Diez gramos exactos.

Toya ya estaba lista para montarse en el avión. El vuelo salía un domingo. Era viernes y a Toya se le ocurrió ir a visitar a la mamá en la casa de Cedritos. Ya llevaba varias semanas por fuera y quería despedirse por si pasaba algo. Una de sus tías más queridas estaba ese día de visita y le dijo que la veía muy flaca, ojerosa, cansada y sin ilusiones. De modo que la obligó a hacerse unos exámenes médicos, que a la hora del té terminaron determinando el destino de Toya. Para su sorpresa, estaba embarazada de Percy, su primer hijo. Toya era la novia oficial de Rin Frankie Short y en nombre de la criatura que acababan de engendrar, tuvieron que casarse. Como muchos de nuestra generación.

Se casaron y Sanders se metió tremenda borrachera para olvidar a Toya. Se vomitó y todo con la noticia de que su reina ya era de otro. De rin, quien fue uno de los fundadores del combo de Unicentro. Uno de los que estuvo desde el principio en el video. En las rumbas, en uniplay, en las discotecas, en la zona rosa, en las ollas, en los disco parties, en la ciclo vía, en todas partes. Si hay miembro emérito de ese parche, ese es Rin. Nunca se bajó de su chichis y siempre anduvo con su perra dóberman Fua o Boni, como quisiéramos llamarla.

Cindy cayó cargada en ese envío. Si Toya hubiera ido, se hubieran caído las dos. Adicta al crack, Cindy murió meses después en esa cárcel donde cayó. Hoy la recordamos como a todos los que cayeron en esta aventura, pero también exaltamos la fuerza del destino, que a veces guarda dentro de algunas, angelitos que salvan sus propias vidas…

Hoy dedico esta entrega a Toya, quien me ha acompañado en las buenas y en las malas en los últimos diecisiete años. Esa chica era ella. Ahora vivimos juntos. En estos momentos me espera. Chao…

A las siete les publicamos fotos y la canción. Por favor, estén atentos que hubo una falla técnica que se salió de nuestras manos. Muchas gracias por su atención.


 

6 Comments

  1. No se como describir lo que acabó de leer, es increible lo que este man cuenta. Lo transporta a uno a esos lugares a esas vueltas a todo. Excelente viejo,una pregunta, hay otro capítulo ?

  2. VAYA VAYA , RECORDE ESA EPOCA YO CONOCI A ESTEBAN ARAQUE Y SU COMBO VIVIA YO EN LA ALHAMBRA MI COMBO ERA PEQUEÑO DE UNOS 25 SE LLAMABA PANBROSO Y NOS ENCONTRAMOS CON LOS BIILIS DE UNICENTRO , LOS ÑATOS DE LAS VIILAS LOS DE PONTEVEDRA, PASADENA , NIZA Y Y OTROS DEL SECTOR SE VIVIO DE TODO , EL MAS POPULAR DE MI GRUPO ROCKY Y MUCHOS MAS. GRANDES ENCUENTROS DE RUMBA Y PELEAS PERO AVECES ERAN DURAS .

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